Góndolas, caos y otros clichés

Diario de Sophie

Venecia, 24 de junio

Todavía me tiemblan las manos al escribir. Mi libreta de notas se ha convertido en un expediente de investigación forense que ni la policía de Venecia podría descifrar, pero esta noche siento que las sombras por fin empiezan a disiparse. Pasé cuarenta y ocho horas al borde de la paranoia. Mía juraba que era Jake por la colonia importada y sus supuestas clases de baile; Emerson aseguraba que era Daniel, prometiendo que lo vio buscándome con la máscara blanca y negra en la mano tras años de clases de baile de salón obligadas por su abuela. Pero esta tarde, en la cafetería cerca de San Barnaba, las piezas terminaron de encajar. Fui a tomar un chocolate con Daniel y Bianca. Le conté la historia del enmascarado para probar su reacción, observando cada uno de sus gestos. Vi sus nudillos tensarse con la jarra de leche, lo vi atragantarse con el café cuando le dije que estuvimos a punto de besarnos, y vi cómo doblaba obsesivamente una servilleta de papel en cuatro partes perfectas —ese tic compulsivo que solo usa cuando se muere de nervios o guarda un secreto enorme. Cuando le dije que el chico olía idéntico a él, Daniel se congeló por completo y me sostuvo la mirada con un destello de vulnerabilidad tan profundo que mi corazón dio un vuelco salvaje.

Y entonces Bianca soltó la bomba definitiva entre migas de croissant: "Daniel huele a la colonia de mamá... y el viernes estuvo practicando pasos de baile en el salón con una escoba". Ver a Daniel cubrirse la cara con ambas manos, absolutamente rojo de la vergüenza mientras regañaba a su hermana, fue la prueba más dulce y reveladora de mi vida.




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