La tarde del jueves nos encontró reunidos en la terraza de una pequeña cafetería cerca de la Iglesia de San Barnaba. Las mesas de hierro forjado y los parasoles de lona beige ofrecían un refugio perfecto contra el calor que empezaba a sentirse en la ciudad. Sin embargo, en nuestra mesa la atmósfera estaba lejos de ser tranquila.
Yo seguía atrapada en el mismo bucle mental que me consumía desde la noche del Baile de Máscaras. Apoyaba la barbilla sobre la palma de mi mano mientras revolvía, por centésima vez, la espuma ya fría de mi capuchino.
-a ver, repasemos
Dijo Mía, inclinándose sobre la mesa con tono de inspectora policial y dando un golpecito con su cuchara contra la taza.
-no omitas ni un solo detalle, Soph. El olor, el ritmo de sus pasos, cómo te sostuvo la cintura... cualquier minucia cuenta si queremos cerrar la investigación antes de la graduación
-Mía, ya te lo he contado todo como veinte veces
Suspiré, dejándome caer contra el respaldo de la silla.
-¿Que hay de los hombros?
Intervino Emerson, tomando un sorbo de mate antes de mirar fijamente a Daniel.
-dijiste que tenía unos hombros que encajan sospechosamente bien con la silueta de cierto muchacho que tenemos acá sentado, que casualmente va al gimnasio de la parroquia y que baila desde que tiene uso de razón
Daniel, que en ese preciso instante estaba dando un tragito largo a su espresso, se atragantó de forma estruendosa. Tuvo un ataque de tos violento que lo puso rojo hasta la nuca, mientras buscaba a tientas una servilleta de papel para cubrirse la boca.
-¿Te sentís bien, Bellini? ¿O la culpa te está tapando las vías respiratorias?
Se burló Emerson con una sonrisa socarrona.
-fue... fue el café, estaba caliente
Balbuceó Daniel, fingiendo demencia con un talento actoral lamentable mientras se concentraba obsesivamente en acomodar el plato de su taza para no cruzar la mirada conmigo.
-por favor, Daniel
Rodó los ojos Jake, que estaba sentado al otro lado con las piernas cruzadas y una postura de absoluta suficiencia.
-si hubieras sido tú, habrías pedido permiso por escrito a sus padres tres días antes de intentar besarla. Sophie necesita a alguien con un poco más de audacia para un momento así
-tú tampoco descartes tu culpabilidad, Thornton
Le espetó Mía.
-has aparecido primero, milagrosamente, en la pista apenas se encendieron las luces
Estaba a punto de protestar y exigir que cambiáramos de tema de una buena vez cuando una sombra se proyectó sobre nuestra mesa.
-ciao... scusami
Dijo una voz suave con un acento italiano marcadamente norteño.
Levantamos la vista al mismo tiempo. De pie junto a nuestra mesa había un chico alto, de cabello castaño rizado, ojos claros y una chaqueta de cuero ligera. Llevaba el uniforme de una preparatoria privada de Cannaregio. Sonreía con una mezcla de timidez y soltura bastante simpática.
-hola
Respondí, un poco sorprendida por la interrupción.
-siento molestar
Continuó el chico, rascándose la nuca con un gesto torpe pero indudablemente tierno.
-te vi desde mi mesa con tus amigos y... bueno, no quería irme sin presentarme. Me llamo Matteo
-Sophie
Dije, devolviéndole una sonrisa amable.
-un placer, Sophie. Sé que es un poco repentino, pero... me preguntaba si querrías... salir alguna vez
El gesto fue tan genuino, educado y directo que sentí un ligero rubor en las mejillas. En una ciudad donde la mayoría de los chicos de nuestra edad intentaban pasarse de listos, la actitud de Matteo resultaba refrescante.
Pero antes de que pudiera articular una sola palabra para responderle, el aire a mi alrededor se volvió gélido en cuestión de un milisegundo.
A mi izquierda, Daniel se erguía en su silla con una lentitud amenazante. Cruzó los brazos sobre el pecho, enderezó la espalda y clavó en Matteo una mirada tan fría y afilada que podría haber congelado la laguna de Venecia en pleno agosto.
A mi derecha, Jake hizo exactamente lo mismo. Abandonó su postura relajada, apoyó los codos sobre la mesa e inclinó el cuerpo hacia adelante, ajustando su chaqueta con un aire de absoluta hostilidad militar.
Por primera vez desde que los conocía, Daniel Bellini y Jake Thornton estaban actuando en perfecta e inquietante sincronía.
-a ver, muchacho
Empezó Jake con una sonrisa helada que no le llegaba a los ojos.
-apreciamos la valentía, de verdad. Pero la señorita aquí presente tiene la agenda completa por los próximos tres años
-bastante completa
Añadió Daniel con voz grave y pausada, usando el tono más protector y autoritario de su repertorio.
-además, no acostumbramos a dejar que desconocidos le pidan el número a Sophie sin antes pasar por un riguroso control de antecedentes
Matteo parpadeó, dando un paso atrás, evidentemente confundido por la repentina pared de metro ochenta que se le había levantado enfrente.
-¿Son... sus hermanos?
Preguntó el italiano, mirando de uno a otro.
-peor
Intervino Jake, señalándose a sí mismo y a Daniel.
-somos sus guardaespaldas. Y los encargados de asegurarnos de que no pierda el tiempo con tipos que pasan por la calle tirando piropos baratos
-no era un piropo barato, era una invitación formal
Se defendió el chico con valentía, aunque la sombra de los dos imponía bastante.
-bueno, la invitación formal queda denegada
Sentenció Daniel, dando un golpe firme con los nudillos sobre la madera de la mesa.
-muchas gracias por participar. Que tengas un buen día
-puedes ir circulando, amigo
Agregó Jake, haciéndole un gesto con la mano como si estuviera espantando a una paloma pesada.
Mía y Emerson miraban la escena con la boca abierta, pasando la vista de Daniel a Jake como si estuvieran presenciando un eclipse solar. Ninguno de los dos podía creer lo que veía: los dos rivales habían firmado una tregua instantánea solo para formar un frente unido de celos territoriales.
Sentí que algo dentro de mí hacía explosión. Un calor hirviente de pura indignación me subió desde el estómago directamente a la garganta.
Ya tenía suficiente con los acertijos del baile de máscaras, las indirectas de Mía, las apuestas del grupo y el estrés de la graduación. Que ellos dos se creyeran con el derecho de actuar como si yo fuera de su propiedad, marcando territorio frente a un desconocido simpático frente a media cafetería, era sencillamente insoportable. Habían cruzado una línea.
Se acabó.
Me puse de pie de golpe. La silla de hierro raspó contra las losas de la terraza con un chillido sordo que hizo que todos en la mesa se sobresaltaran.
Editado: 09.10.2026