Góndolas, caos y otros clichés

Diario de Sophie

Venecia, 26 de junio

Todavía me tiemblan los dedos al sostener la lapicera. La luz del sol matutino entra por mi ventana, iluminando los rastros de humedad en el balcón y el desastre de mantas que quedó en la sala. El viento feroz de anoche se fue, pero el terremoto que ocurrió adentro de este departamento cambió absolutamente todo. La tarde de ayer había empezado con la misma pesadilla de siempre en la cafetería cerca de San Barnaba. Mía y Emerson seguían jugando a los detectives, analizando los hombros del enmascarado y haciendo que Daniel casi se ahogara con su espresso del puro bochorno. Pero todo se descontroló cuando un chico llamado Matteo se acercó a hablarme de forma súper educada. Antes de que pudiera responderle, Daniel y Jake se levantaron como dos muros de metro ochenta en perfecta e insoportable sincronía militar para ahuyentarlo, marcando territorio como dos cavernícolas. Me dio tanta rabia e indignación que les dejé la mesa plantada y me fui a mi casa sin decirles una palabra. Estaba harta de las competencias absurdas.

Pero Venecia tenía preparado el remate de la historia para la noche. Alrededor de las nueve, un trueno helado retumbó sobre Cannaregio y la luz se cortó en todo el distrito. Me quedé sola a oscuras, iluminando la sala con una vela de vainilla, cuando escuché un golpe en el balcón. Daniel cruzó desde su departamento entre la lluvia solo para asegurarse de que estuviera bien. Intenté echarlo tres veces con mi mejor cara de enojada, pero él no se movió un solo centímetro. Se quitó la campera mojada y me dijo con una firmeza serena que no me iba a dejar sola a oscuras. Y entonces, sentados en el sofá a la luz de la vela, la armadura de Daniel se rompió por completo. Me pidió perdón por lo de la cafetería, admitió que el tiempo se nos acaba con la graduación y, con la voz quebrada de emoción, me confesó la verdad: fue él. Él fue el chico de la máscara cerca de las columnas del Palacio Pisani. Se acercó, me tomó de la mejilla con los dedos cálidos y rozó la curva de mis labios. Sentí que el universo entero se reducía a esa vela y a la respiración de Daniel. Estábamos a un milímetro de besarnos cuando el timbre de la puerta retumbó en todo el departamento, rompiendo la magia en mil pedazos. Del otro lado estaban Mía y Jake, empapados hasta los huesos porque la calle se había inundado por el acqua alta. La sala se transformó en un campamento improvisado a la luz de las velas. Mía, con esa perspicacia felina que la caracteriza, registró de inmediato la tensión entre Daniel y yo, la vela de vainilla y la forma en que nos mirábamos; vi en sus ojos la chispa de quien acaba de entender que la meta número diez de la libreta ya tiene dueño. Jake intentó llamar mi atención regalándome una libreta hermosa que me compró en la librería del puente, pero la verdad es que mi cabeza estaba en otro lado. Horas más tarde, cuando la lluvia repiqueteaba contra los cristales y Mía y Jake ya dormían en sus colchonetas, sentí un roce tibio debajo de las mantas. En medio de la penumbra, Daniel buscó mi mano a oscuras. Entrelazó sus dedos con los míos con una firmeza delicada, envolviendo mi mano por completo en el espacio que nos separaba. Le devolví el apretón con la misma convicción. No hicieron falta palabras ni máscaras; por primera vez en todo el verano, ya no hay dudas sobre de quién estoy enamorada.




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