Gritarás para mí

Capítulo 4

Para cuando llegué a casa, ya empezaba a amanecer y casi no sentía los dedos de los pies. Caminé toda la noche con el uniforme de mesera, abrazándome a mí misma, porque estaba empapada y temblaba con cada ráfaga de viento. La falda se me pegaba a los muslos, los zapatos me rozaban los talones, y las últimas cuadras las recorrí por pura terquedad.

Subí a nuestro piso y logré meter la llave en la cerradura al tercer intento. Dios, solo quería llegar a la cama y olvidar por un rato la cara de Diego Moretti, que seguía grabada frente a mis ojos.

—¡Por fin! ¿Hablaste con él? —se oyó la voz de mamá desde la cocina en cuanto crucé la puerta.

Ni siquiera alcancé a quitarme los zapatos. Mamá estaba sentada frente a la máquina de coser, acomodando las piezas de algún vestido, pero en cuanto me vio dejó las tijeras a un lado. Me miraba con impaciencia, como si me hubiera entretenido en la tienda y no acabara de traerle el cambio.

—¿Qué dijo Moretti del dinero? ¿Aceptó esperar?

—No —logré decir, apoyándome en el marco de la puerta—. Mamá, de verdad intenté llegar a un acuerdo con él, pero ni siquiera quiso escucharme. Cree que yo choqué el auto, no Sandra.

—¡¿Y qué más da?! —quitó de la mesa un carrete de hilo, irritada—. Son gemelas, ¿tan difícil es explicarlo? ¿Al menos pensaste lo que le decías?

Solo negué con la cabeza. Ese desgraciado había prometido hacerme pedazos, y después del incendio nada lo haría cambiar de opinión. Pero mamá, al notar las huellas mojadas en el piso, me exigió que me quitara los zapatos y no ensuciara todo.

Me los saqué de un tirón y fui hacia la tetera. Con solo pensar en agua caliente se me retorcía el estómago, pero mamá se apresuró a acercarse la taza de té que ya tenía preparada.

—Este es para Sandra. Se quedó dormida apenas al amanecer; se pasó toda la noche temblando de los nervios. En un rato se despierta y hay que darle su té en cuanto abra los ojos. Tú hazte el tuyo después.

—Ni pensaba tomarme su té —murmuré, sacando del estante una taza con el asa astillada—. ¿Dónde está papá?

—En el cuarto. Por todo este asunto no pegó el ojo, para que sepas. Y todavía no me dices qué te propuso Moretti exactamente.

—Nada. Solo amenazó con avisarles a las autoridades que vivimos sin el registro en regla.

Se oyeron pasos pesados en el pasillo. Papá apareció en la cocina con una camiseta toda estirada y el celular en la mano, y al oír mis últimas palabras se detuvo en seco.

—¿Qué le fuiste a contar? —la cara se le descompuso de rabia—. ¿Cómo sabe lo de los papeles?

—¡Yo no le dije nada! Lo averiguó él solo. Dijo que se había pasado un mes entero buscando a Sandra, y luego empezó a amenazar con que nos iban a desalojar.

—Carajo... —papá tiró el celular sobre la mesa—. Si en la oficina revisan los datos, nos van a poner una multa que no vamos a terminar de pagar en toda la vida. ¿Por lo menos entiendes eso?

Claro que lo entendía. Papá había perdido la casa en apuestas, y nos mudamos al Distrito Gris conservando el registro anterior. Mis padres seguían cobrando la ayuda que me correspondía por ser omega, aunque ese dinero se iba en los gastos de la casa. Si el engaño salía a la luz, nos mandarían a las Catacumbas del Norte.

—Por eso fui —repliqué, aferrándome al borde de la mesa—. Le pedí aunque fuera un año para pagar. Pero ¿por qué tengo que responder yo por un auto que chocó Sandra?

—¡Baja la voz! —mamá miró asustada hacia el pasillo—. Vas a despertar a tu hermana. ¡Ya bastante mal está!

Como si hubiera oído su nombre, Sandra llamó desde su cuarto:

—Mamá, tráeme el té, por favor. Y ya se me acabó...

—Ya voy, mi cielo —mamá tomó la taza al instante y, de paso, un plato de galletas—. Tú quédate acostada, no te levantes, yo te llevo todo.

La seguí con la mirada. La tetera seguía sin hervir, y mientras tanto papá se sentó a la mesa y extendió frente a él un montón de recibos.

—Mañana vuelves con Moretti y hablas con él como se debe. Sin berrinches ni excusas. Que nos dé un plazo, o vamos a terminar en la calle.

—No voy a ir —al recordar sus manos, un escalofrío desagradable me recorrió el cuerpo—. Papá, me amenazó con matarme. ¿Entiendes? Apenas logré salir de ahí.

—Si de verdad hubiera querido matarte, no estarías aquí parada frente a mí. O sea que no se lo pediste bien —papá ni siquiera levantó la vista de sus papeles—. Con esa clase de gente hay que saber hablar.

Lo dijo con toda calma, haciendo cuentas en el reverso de un recibo. Y yo no lograba creer que le diera absolutamente igual lo mucho que me había asustado Moretti.

—¿Y por qué Sandra no puede ir a disculparse ella misma? —se me escapó—. ¡Ella era la que manejaba, no yo!

—¡La niña no es la misma desde el accidente! —papá apartó los papeles, molesto—. ¿Qué, no tienes corazón? ¿Quieres mandarla con ese psicópata para que le dé un ataque de nervios?

¿Y a mí sí se me puede mandar? Apreté los dientes, porque otra vez compadecían a Sandra por lo que ella misma había hecho, y a mí me tocaba arreglarlo todo. Éramos gemelas. Yo nací apenas dos minutos antes que ella, pero me cargaron con responsabilidades como si le llevara diez años.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.