—Es solo una historia —dijo una de las niñas cuando la maestra terminó de relatar la historia del bosque donde se encontraban de campamento.
Algunas de sus compañeras soltaron pequeñas risas nerviosas intentando demostrar que no tenían miedo aunque varias de ellas miraban de reojo hacia los árboles. Otras permanecían abrazadas a sus piernas fingiendo estar más interesadas en la fogata que en la historia que acababan de escuchar. La maestra Nohemí las observó durante unos segundos con una pequeña sonrisa, pues conocía perfectamente aquella actitud. Todas querían aparentar valentía, pero ninguna se atrevería a entrar sola en aquel bosque después de escuchar la leyenda de las gemelas Parker.
—S... sí, solo eso... —respondió otra chica con la voz temblorosa.
—Si ustedes dicen eso... —dijo Nohemí mientras se levantaba del tronco donde había estado sentada alrededor de la fogata—. Bueno, niñas, a dormir. Mañana nos iremos de regreso a casa, así que aprovechen para descansar.
—¡Sí, maestra Nohemí! —respondieron todas al unísono.
Las alumnas comenzaron a levantarse y caminar hacia sus respectivas carpas, algunas hablando entre ellas sobre la historia, otras riendo para quitarse el miedo y unas cuantas apresurándose para no quedarse solas. Asa, sin embargo permaneció sentada sobre el tronco mirando fijamente hacia el interior del bosque con curiosidad.
No sabía exactamente qué era lo que llamaba tanto su atención, quizá era la oscuridad, quizá la historia o quizá simplemente le gustaba la sensación de estar frente a algo que no podía comprender.
El bosque se extendía delante de ella como una enorme pared de árboles. Las ramas se entrelazaban unas con otras y las hojas apenas dejaban pasar la luz de la luna. Desde donde estaba podía distinguir algunos troncos viejos, arbustos y pequeños caminos formados por la tierra, pero más allá de unos cuantos metros todo desaparecía en una oscuridad casi absoluta.
Asa había escuchado aquella historia mucho antes de llegar al campamento. Todo el pueblo parecía conocerla. Las gemelas Parker, la madre poseída, la casa abandonada y las personas que desaparecían después de entrar al bosque. Para ella no era más que una leyenda, una de esas historias que los adultos contaban para conseguir que los niños no se alejaran de sus casas.
Sin embargo, había algo en aquella historia que siempre le había provocado curiosidad y una tristeza absoluta, las gemelas, dos niñas pequeñas atrapadas en un lugar que nadie podía encontrar, dos niñas que, según los rumores seguían jugando con cualquiera que entrara a su casa.
—¡Asa!— la voz de la maestra hizo que saliera de sus pensamientos —¿No vas a dormir?
Asa volteó hacia ella y negó ligeramente con la cabeza.
—En un momento.
Nohemí siguió la dirección de su mirada y observó el bosque.
—No tienes permitido que te acerques— dijo ella de inmediato, conocía a la menor y era la más curiosa de todas, Asa sonrió de lado.
—No pensaba hacerlo.
La maestra la miró durante unos segundos como si no estuviera completamente convencida de aquella respuesta.
—Más te vale.
Nohemí finalmente se alejó para asegurarse de que todas sus alumnas estuvieran dentro de sus carpas. Asa volvió a mirar hacia el bosque quedándose completamente sola frente a aquella oscuridad, entonces escuchó algo que la dejó aún más intrigada, Asa se quedó inmóvil.
Era una risa, una risa infantil. No había sido fuerte pero sí lo suficientemente clara como para distinguirla perfectamente.
La joven levantó lentamente la cabeza mirando hacia la dirección de donde había provenido el sonido, no había nada más que árboles.
—¿Escuchó eso, maestra? —preguntó, Nohemí se detuvo y volteó hacia ella.
—¿Escuchar qué?
Asa volvió a mirar el bosque, la risa había desaparecido luego del eco
—Nada...
Nohemí frunció ligeramente el ceño pero continuó caminando mientras que Asa permaneció unos segundos en silencio hasta que volvió a escucharla.
—Ja, ja, ja...
Esta vez parecía venir desde más adentro, la chica se levantó lentamente del tronco y dio un par de pasos hacia el bosque.
No tenía miedo en realidad, eso se repetir, porque la curiosidad era mucho más fuerte, quería saber quién estaba allí. Tal vez alguna de sus compañeras le estaba jugando una brom, tal vez alguien del campamento había decidido esconderse entre los árboles para asustarlas después de la historia.
—Asa, es hora de ir a dormir —la llamó nuevamente la maestra. La joven suspiró y se dio la vuelta.
—Voy, maestra.
Regresó al campamento aunque antes de entrar a su carpa miró una última vez hacia el bosque y por un instante creyó ver algo. Una pequeña figura, parecía una niña que estaba parada entre dos árboles, Asa parpadeó rápidamente y cuando volvió a ver la figura ya no estaba.
—Qué raro..— se frotó los ojos y volvió a mirar, no había nada —Creo que necesito dormir.
Entró en su carpa, apagó la linterna y se metió dentro de su saco de dormir. Durante varios minutos permaneció despierta, escuchando los sonidos del bosque y tratando de ignorar aquella sensación extraña que había quedado en su pecho. Entonces una voz susurró:
—Asa...
Abrió los ojos mientras él corazón le dio un pequeño salto, miró hacia la entrada de la carpa.
—¿Quién está ahí?— pregunto recibiendo del otro lado simplemente silencio, Asa se incorporó un poco dentro de su saco.
—Asa...— la voz volvió a escucharse, esta vez parecía provenir más lejos, en el bosque —Vamos a jugar.
La joven permaneció completamente quieta sin saber qué pensar, aquella voz había dicho su nombre. No había sido una simple risa que despertó su curiosidad, no había sido el viento, alguien la había llamado pero después de unos segundos no volvió a escuchar nada, soltó el aire que había estado conteniendo y se dejó caer nuevamente sobre el saco.