Asa permaneció frente a la casa durante varios segundos sin atreverse a dar un solo paso. La voz que había escuchado continuaba repitiéndose una y otra vez aunque ahora el bosque había vuelto a quedar completamente en silencio. Miró hacia atrás intentando encontrar el camino por el que había llegado, pero solo encontró árboles y oscuridad. El campamento había desaparecido por completo de su vista y aunque sabía que no podía estar demasiado lejos, ya no tenía idea de hacia dónde debía caminar.
La cabaña en cambio estaba justo delante de ella y la notaba más segura que estar vagando en medio del bosque gritando como una desquiciada peligrando que algo o alguien la encontrará.
Elevo la mirada de vuelta, ñarecía pequeña aunque lo suficientemente grande como para que alguien pudiera vivir allí. Las paredes tenían un aspecto antiguo y algunas partes estaban cubiertas por plantas que habían crecido alrededor de la madera. Desde afuera parecía abandonada, pero había algo extraño en ella que no lograba explicar. No se veía tan destruida como debería estar una casa que llevaba años abandonada en medio de un bosque, Asa tragó saliva.
—Tal vez alguien vive aquí...
La idea de encontrar a una persona le devolvió un poco de tranquilidad. Si había alguien dentro podría pedirle ayuda, llamar a sus profesores o simplemente preguntarle cómo regresar al campamento. Quizá incluso podría quedarse allí hasta que amaneciera.
Se acercó a la puerta y extendió lentamente la mano, dl pomo estaba frío y Asa lo giró con cuidado. La puerta se abrió acompañada por un largo chirrido de las bisagras oxidadas, la joven asomó primero la cabeza.
—¿Hola?
Nadie respondió así que decidió entrar, se quedó completamente sorprendida porque el interior no se parecía en absoluto al exterior, la casa estaba en perfecto estado, no había polvo acumulado sobre los muebles, no había telarañas cubriendo las esquinas y el suelo de madera no parecía llevar años abandonado. Incluso algunos juguetes podían verse acomodados sobre una pequeña mesa al fondo de la habitación, Asa cerró lentamente la puerta detrás de ella.
Una sensación de alivio la inundó nuevamente y miró a su alrededor. Había una pequeña sala con algunos muebles antiguos y varias fotografías colgadas en las paredes, aunque desde donde estaba no podía distinguir los rostros de las personas que aparecían en ellas.
La casa estaba fría, pero no tanto como el exterior, Asa soltó un suspiro de alivio porque al menos podría descansar y esperar ahí a qué se dieran cuenta que no estaba y salieran a buscarla, caminó unos pasos más hasta que encontró una chimenea. Sus ojos se iluminaron.
—Perfecto.
Se acercó rápidamente y se arrodilló frente a ella. Había algunos trozos de madera junto a la chimenea como si alguien los hubiera dejado allí no hace mucho, Asa los acomodó cuidadosamente y comenzó a buscar algo con lo que pudiera encenderlos.
Pasó las manos por el suelo no encontrando nada realmente con éxito pero continuó buscando, fue entonces sus dedos tocaron una pequeña caja de cartón. La tomó, la sacudió ligeramente entre sus manos y el sonido de varios fósforos chocando dentro de la caja hizo que sonriera aún más
—Gracias a Dios.
Sacó un par de cerillos y encendió uno mirandl ma pequeña llama que iluminó su rostro durante unos segundos antes de acercarla a la madera.
Al principio no ocurrió nada, pero después apareció una pequeña llama, luego otra y poco a poco la madera comenzó a arder, Asa se sentó frente a la chimenea y extendió las manos hacia el fuego. El calor comenzó a devolverle lentamente la sensibilidad a los dedos y después de unos minutos, sintió que todo su cuerpo dejaba de temblar.
—Mucho mejor...
Se quitó la sudadera y la dobló para utilizarla como almohada, suspiro apenas , desde que había entrado al bosque sintió que podía respirar tranquila.
Quizá había tenido suerte, quizá había encontrado aquella casa justo cuando más la necesitaba, no podía evitar pensar que todo había salido demasiado bien pero estaba demasiado cansada, como si hubiera caminado por horas y horas en lugar de unos cuentos minutos, realmente no tenía energías para seguir preocupándose, cerró los ojos y cayó profundamente dormida.
***
No supo cuánto tiempo había pasado, podrían haber sido minutos, podrían haber sido horas pero lo único que sintió fue algo tocando su pie.
—Asa...— la joven frunció el ceño sin abrir los ojos —Asa, despierta...
Algo volvió a sacudir suavemente su pie, Asa abrió los ojos con pesadez y se los restregó con sueño.
—¿Qué...?
Se incorporó lentamente, la chimenea estaba frente a ella, la madera ya se había consumido por completo y solo quedaban algunas cenizas acompañadas por una pequeña columna de humo que indicaba que el fuego se había extinguido hacía poco, Asa miró hacia una de las ventanas, el cielo comenzaba a aclararse.
—¿Ya amaneció?
Se llevó una mano al rostro para cubrir su bostezi y entonces recordó el campamento. La maestra, sus compañeras. Tenía que regresar, se levantó lentamente del suelo y comenzó a mirar alrededor buscando algo, la casa seguía igual. Todo estaba en orden.
—¿Hola?
No recibió respuesta, Asa caminó hasta la puerta pero antes de tocarla escuchó aquella voz.
—Asa...
Se giró de inmediato, frente a ella había una niña provocando que la joven diera un pequeño respingo del susto. La pequeña tenía la piel trigueña, el cabello rojo y unos enormes ojos de color casi naranja. Llevaba un vestido sencillo y permanecía observándola con una expresión curiosa.
—Huy, ni que fuéramos tan feas —dijo la niña al notar la expresión de ella, Asa parpadeó.
—¿Qué?
—Te asustaste— la pequeña pelirroja soltó una risita, Asa miró detrás de ella.
Otra niña apareció, era prácticamente idéntica a la primerabaunque tenía el cabello completamente blanco y los ojos grises. Las dos eran pequeñas, no debían tener más de cinco años.