Gritos De Media Noche

03

Las gemelas hablaban animadamente con Asa mientras la llevaban por un pasillo de la casa. La joven todavía intentaba ignorar la extraña sensación que tenía en el cuerpo desde que había conocido a las niñas, especialmente porque ellas parecían saber cosas sobre ella que no deberían saber pero cada vez que intentaba preguntarles algo, ambas desviaban la conversación o comenzaban a reír. Al final Asa decidió dejar de pensar demasiado en ello. Quizá solamente eran niñas extrañas. Quizá la soledad del bosque había hecho que desarrollaran una imaginación demasiado grande que para su mala suerte era demasiado acertiva

—Mejor vamos a jugar —dijo Enna mientras entraba en una habitación.

—Sí, vamos —apoyó Anna.

Asa entró detrás de ellas y se quedó sorprendida al descubrir que aquella era una habitación llena de juguetes. Había muñecas, peluches, pequeños muebles, juegos de mesa y varios juguetes antiguos que parecían pertenecer a otra época. Todo estaba perfectamente acomodado como si alguien hubiera estado jugando allí hacía apenas unos minutos.

—¿Todos estos juguetes son suyos?

—Sí —respondió Anna.

—¿Y siempre juegan aquí?

—Siempre.— asintió mirándola, Asa tomó una pequeña muñeca y la observó.

—¿No tienen otros niños con quienes jugar?

Las gemelas negaron al mismo tiempo.

—No.

—Entonces deben aburrirse mucho

—No realmente, jsjs— Anna sonrió ,Asa soltó una pequeña risa.

—Supongo que no.

Y comenzó el juego.

Al principio todo fue completamente normal para unas niñas de no más de cinco años que estaban felices jugando con muñecas y juegos de té. Las tres se sentaron en el suelo y comenzaron a jugar con las muñecas inventando historias y personajes. Después cambiaron a un juego de escondidas dentro de la casa y luego a otro en el que Asa tenía que adivinar cuál de las dos gemelas estaba detrás de ella. Las niñas reían cada vez que conseguían engañarla y Asa terminó riéndose con ellas.

Por un momento olvidó que estaba perdida, llvidó el bosque, olvidó los gritos, incluso olvidó que había algo extraño en aquellas dos niñas y mo único que parecía importarles era jugar y a Asa no le molestaba.

Después de todo llevaba mucho tiempo sintiéndose sola incluso estando rodeada de personas. Sus compañeras del instituto nunca habían sido precisamente amables con ella y aunque intentaba fingir que no le importaba, las burlas y los comentarios constantes habían conseguido hacerla sentir como una extraña.

Con Anna y Enna era diferente, ellas no se burlaban de ella, no la miraban con desprecio, no le hacían sentir que era menos que las demás y solo querían jugar, quizá por eso Asa no se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado. Cuando finalmente levantó la mirada hacia una de las ventanas el cielo ya estaba oscuro nuevamente, Asa parpadeó.

—¿Qué...?

Se acercó a la ventana sin poder creerlo, había pasado todo el día dentro de aquella casa.

—Tengo que irme.

Anna dejó de jugar, Enna también.

—¿Por qué?

—Porque tengo que regresar al campamento, no me han buscado.

—No— se quejó Enna, Asa frunció el ceño.

—¿Cómo que no?— Anna se levantó lentamente.

—No te irás.

Asa soltó una pequeña risa nerviosa pensando que simplemente estaban jugando.

—Ya fue suficiente por hoy, prometo que marcaré el camino de regreso y vendré junto a adultos para que nos vayamos juntas luego, ir con ustedes en lo oscuro puede ser peligroso..— dijo de inmediato, claro que pensaba volver por ellas. No podía dejarlas solas, sintió su estómago arder por el hambre

—No estamos jugando —respondió Anna, la sonrisa de Asa desapareció.

—Tengo que volver con mis compañeras...— murmuró dando un pasito hacia atrás

—No.

—Mis padres estarán preocupados...— siguió intentando

—No puedes volver.

—Claro que puedo— se quejó, Asa comenzó a sentirse incómoda, se levantó del suelo y caminó hacia la puerta, Anna se colocó frente a ella.

—Esta será tu casa ahora— dijo con una gran sonrisa, Asa la miró confundida.

—¿Qué?

—Te quedarás con nosotras— asintió Enna y se acercó también.

—Sí. Estarás con nosotras.

Asa negó lentamente.

—No puedo, niñas. Mis padres me esperan en casa y seguramente la maestra ya está buscándome.

Las gemelas dejaron de sonreír, el cambio fue tan repentino que Asa sintió un escalofrío, sus rostros infantiles parecían haberse vaciado de toda emoción. Ambas la miraban fijamente con una frialdad que le congelo los huesos.

—Te quedarás con nosotras —repitieron al mismo tiempo, Asa tragó saliva.

—No puedo.

—Sí puedes.

—¡No!

La voz de Asa tembló, retrocedió un paso mientras algo dentro de ella comenzó a gritarle que corriera.

Peligro.

¡Peligro!

¡¡Pe.li.gro!!

—Lo... lo siento, niñas —dijo mientras intentaba mantener la calma—, pero no puedo quedarme— las gemelas no respondieron y Asa dio otro paso hacia atrás —Tengo que irme.

Entonces las dos sonrieron pero aquella sonrisa ya no tenía nada de infantil e inocente.

—No puedes dejarnos solas— dijo Enna con frialdad, Asa sintió que el cuerpo se le helaba.

—¿Qué?

La voz de Enna comenzó a cambiar, seguía siendo la voz de una niña pero ahora parecía venir de varios lugares al mismo tiempo.

—Somos niñas.

—Y estamos solas —añadió Anna, Asa comenzó a llorar.

—No puedo..— retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared —Quiero irme— las gemelas permanecieron frente a ella.

—Te quedarás.

—No.

—Te quedarás.

—¡No!

Asa comenzó a correr, abrió la puerta de la habitación y salió al pasillo pero apenas dio unos pasos, se detuvo en seco, la casa había cambiado, la madera que antes parecía limpia y brillante ahora estaba cubierta de polvo, las paredes estaban deterioradas, las ventanas estaban rotas y las telarañas cubrían las esquinas y algunos muebles estaban completamente podridos. Asa miró alrededor con los ojos llenos de lágrimas.




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