Guardián del ocaso

La Ilusión del Esfuerzo

El despacho del General Oryn olía a pergamino viejo, cera de abeja y al tabaco caro que los altos mandos se permitían mientras el resto del reino sobrevivía a base de migajas.

Lyssandra estaba de pie frente al gran mapa de relieve que ocupaba el centro de la habitación. Sus manos, habitualmente dedicadas a esculpir figuras frágiles de hielo en los salones climatizados del palacio, señalaban con firmeza una ruta que cruzaba las fronteras del imperio hacia las tierras inexploradas del oeste.

—Si salimos de Aethelgard antes de que termine la luna de invierno, no podemos seguir la ruta comercial principal —explicaba la princesa, con los ojos brillando de una determinación que apenas lograba contener—. Los espías de la corona y los inquisidores de la Luz nos atraparán en el primer puesto de control. Mi plan es atravesar el desfiladero del Eco, rodear las montañas de ceniza y llegar directamente al dominio del Rey Demonio. Si logramos derrotarlo, la guerra terminará y la mentira de las fronteras se desmoronará.

El General Oryn se acarició la poblada barba gris, ocultando una sonrisa condescendiente tras una fachada de solemne respeto militar. Para él, Lyssandra seguía siendo la misma niña consentida que jugaba a ser heroína de los cuentos de hadas que le leían antes de dormir. Creer que una princesa mimada por los cristales del palacio iba a caminar por los páramos devastados y mucho menos enfrentar al mismísimo azote de la humanidad era, en su mente, un delirio tierno pero estéril. «Déjala soñar un poco; la realidad se encargará de romperla en cuanto cruce los muros», pensó.

—Un plan audaz, Su Alteza —respondió Oryn con voz ronca, adoptando el tono solemne que usaba para dar el avión a la realeza—. Una estrategia digna de los grandes comandantes de la antigüedad. Pero el valor y el ingenio táctico no sirven de nada si el cuerpo y el espíritu no están templados en el crisol del sufrimiento.

Lyssandra enderezó la espalda, sintiendo un calor de orgullo en el pecho. —¿Qué debo hacer?

—Para soportar el peso de una campaña de tal magnitud, su maná y su físico deben alcanzar el límite absoluto de la perfección humana —mintió Oryn con total naturalidad, cruzando los brazos—. Comenzaremos con el método secreto de los Caballeros de Élite. Ejercicios de máxima concentración y resistencia física extrema.

Durante las siguientes dos semanas, la rutina de Lyssandra cambió por completo, aunque no de la manera que ella imaginaba.

Cada mañana, en un patio secundario protegido de las miradas de la corte, el general le asignaba pruebas que él describía como "rigurosos castigos físicos del norte". Lyssandra se esforzaba hasta el agotamiento, sosteniendo posturas estáticas durante apenas un par de minutos, levantando pesas de madera ligera que Oryn bautizó como “los lingotes de hierro oscuro de los ancestros”, y haciendo una veintena de sentadillas mientras visualizaba flujos de maná elemental.

—Excelente postura, Su Alteza —mentía el general con una seriedad imperturbable, mientras veía a la princesa sudar gota a gota por algo que cualquier recluta campesino consideraría un calentamiento de cinco minutos—. La forma en que canaliza su energía es impecable. Su cuerpo ya se está convirtiendo en el arma que este reino necesita.

Convencida por las palabras del veterano, Lyssandra terminaba cada sesión con los músculos adoloridos pero con una profunda sonrisa de autosatisfacción. Se miraba al espejo por las noches, sintiéndose más fuerte, más capaz, creyendo ilusoriamente que estaba lista para conquistar el mundo exterior.

Por las tardes, con la excusa de investigar los antecedentes tácticos de su inminente viaje, Lyssandra se refugiaba en las silenciosas y vastas naves de la Gran Biblioteca Real.

Bajo la luz dorada que filtraban los vitrales consagrados a la Diosa de la Luz, pasaba horas recorriendo los estantes de roble antiguo. Buscaba los tomos históricos sobre los reinos vecinos, los mapas de los territorios perdidos y las crónicas del primer cataclismo.

Sin embargo, lo que le parecía un archivo de sabiduría infinito no era más que una gigantesca obra de ficción institucional.

Abrió un tomo encuadernado en cuero blanco titulado «Atlas de las Tierras Bárbaras y el Dominio del Mal». Las páginas describían a los reinos del sur como páramos habitados por tribus salvajes y desalmadas, incapaces de gobernarse a sí mismas, que rendían culto voluntario al caos.

— "Los hombres y mujeres fuera de las fronteras de Aethelgard han renunciado a la bendición de la luz, entregando sus almas a la depravación y al egoísmo, convirtiéndose en monstruos con rostro humano..." —leyó Lyssandra en voz baja, frunciendo el ceño ligeramente.

En otro de los libros, dedicado a la cronología de las guerras antiguas, se explicaba con lujo de detalle cómo el Rey Demonio había surgido de la nada, un ente de pura maldad cuyo único propósito era la destrucción de la civilización y la belleza. Todo estaba perfectamente ordenado para culpar al enemigo exterior y justificar el control absoluto de la corona.

Lyssandra pasaba los dedos por la tinta pulida, absorbiendo cada mentira con la confianza ciega de quien nunca ha tenido que dudar de sus libros de texto. Creía saber a qué se enfrentaba. Creía que el mundo exterior era una prueba de moralidad y fuerza que ella, con sus "rigurosos entrenamientos" y su nobleza, sabría superar con facilidad.

Ignoraba por completo que el verdadero mundo la esperaba allá afuera, dispuesto a destruir cada una de sus certezas en el preciso instante en que pusiera un pie fuera de los muros de cristal.



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En el texto hay: fantasia, aventuras, love

Editado: 18.10.2026

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