Guardián del ocaso

El Camino de las Sombras

El lodo se aferraba a las botas de Kaelen con la terquedad de un perro hambriento. Viajaba en la parte trasera de una carreta mercante, rodeado de campesinos de mirada vacía y comerciantes de bajo rango que buscaban vender sus escasas cosechas en los anillos exteriores de Aethelgard. Hacía un frío húmedo que calaba hasta los huesos, muy distinto al clima perfectamente regulado del Palacio de Cristal, cuyas torres brillaban a lo lejos como un espejismo cruel.

La caravana se detuvo con un chirrido de madera vieja ante un puesto de control del ejército real. Un capitán gordo, con una armadura que apenas le cerraba, se acercó al líder de la caravana escupiendo en el barro.

—Inspección de peaje —anunció con aburrimiento—. Quince monedas de plata por carreta. Tres por cada persona a pie.

El anciano líder, con las manos curtidas por el trabajo, se quitó el sombrero y tartamudeó que la tarifa de la semana pasada era de solo cinco monedas de cobre, suplicando que toda su cosecha de repollos no valía esa cantidad.

—Las amenazas en la frontera crecen, anciano. El ejército necesita fondos para proteger a escoria como ustedes —se burló el capitán, apoyando la mano en el pomo de su espada, cuyo núcleo brillaba con maná de Fuego—. Paguen, o confiscamos la mercancía.

Kaelen observó en silencio cómo los soldados reían mientras arrebataban los ahorros más profundos y los sacos de comida extra de los viajeros. Sabía que si mataba a esos guardias, enviarían a un batallón a masacrar a los mercaderes por traición. Bajó la cabeza, ocultando sus ojos grises bajo la capucha, y dejó que pagaran el peaje.

El viaje continuó bajo un ambiente fúnebre hacia el Desfiladero del Eco, una zona flanqueada por acantilados rocosos y densos pinares donde la luz del sol rara vez tocaba el suelo.

Fue allí donde estalló la tensión. No hubo cuernos de batalla ni gritos de guerra; solo el silbido agudo de una flecha que se clavó en el pecho del conductor delantero, derribándolo sin hacer ruido.

Desde las laderas, dos docenas de hombres armados con hachas oxidadas y espadas melladas descendieron como una avalancha. Eran desertores y campesinos desesperados, bestias acorraladas dispuestas a no dejar testigos. Los cuatro mercenarios baratos de la caravana fueron masacrados en treinta segundos.

El anciano líder cayó de rodillas frente a un bandido inmenso, suplicando por la vida de su nieta. El atacante alzó su hacha con una sonrisa cruel.

Kaelen dejó caer su pesada capa gris.

El metal nunca tocó la carne del anciano. Un sonido sordo resonó en el desfiladero. El bandido miró su propia sombra proyectada en el suelo; de repente, se había levantado. Una pica de oscuridad sólida surgió a una velocidad vertiginosa, atravesándole el hombro y clavándolo contra la pared de roca.

El campo de batalla quedó en un silencio sepulcral.

Kaelen caminó hacia el centro del camino. El aire a su alrededor descendió diez grados de golpe y la escasa luz del sol pareció huir de él. No desenvainó ningún arma metálica; activó su bendición.

Zarcillos de pura oscuridad surgieron del barro, atrapando los tobillos de los bandidos y desarmándolos con precisión quirúrgica. Kaelen se movió entre ellos como un fantasma. Dejó que la oscuridad formara una cuchilla en su antebrazo, cortó los tendones de un agresor antes de disolverse en el siguiente charco de sombra, reapareciendo a diez metros de distancia para neutralizar a tres hombres más. Era eficiente. Letal. Aterrador.

En menos de dos minutos, los sobrevivientes soltaron sus armas y huyeron despavoridos hacia las montañas, gritando maldiciones a los dioses.

Kaelen se sacudió un poco de polvo de los hombros mientras la cuchilla de sombra se evaporaba en el viento. Se giró hacia los refugiados, esperando ver alivio en sus rostros.

En su lugar, encontró pánico primitivo y absoluto.

El anciano al que acababa de salvar arrastraba a su nieta por el barro, alejándose de Kaelen como si fuera la mismísima encarnación del Rey Demonio.

—Tú... —susurró una mujer, persignándose con el símbolo de la Diosa de la Luz, temblando incontrolablemente—. Eres un Portador de la Noche. Un maldito.

—¡Tú los atrajiste! —le gritó un mercader, retrocediendo hacia su carreta y agarrando una horca—. ¡La Sombra solo atrae a la muerte y la desgracia! ¡Lárgate!

—¡Si pagamos ese peaje fue por tu culpa, tu aura corrompió nuestra suerte! —escupió otro, envalentonado por el miedo.

Kaelen los miró en silencio durante largos segundos. Sabía que el miedo era una armadura mucho más dura que el acero. Sin decir una sola palabra, recogió su capa y su humilde fardo de provisiones. Los viajeros se apartaron a empujones, aterrorizados de rozar siquiera la tela de su ropa.

Kaelen les dio la espalda, ajustó la correa de su mochila y comenzó a caminar por la interminable carretera de lodo hacia la capital. Solo. Como siempre lo había estado.



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En el texto hay: fantasia, aventuras, love

Editado: 18.10.2026

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