Guardián del ocaso

El Precio del Camino

El Bosque de los Lamentos ahogaba incluso el viento. Las gigantescas y retorcidas copas de los árboles milenarios tejían un techo perpetuo, un dosel tan espeso que apenas dejaba pasar delgadas cuchillas de luz grisácea hacia el suelo. Para Kaelen, cuyas botas remendadas con tiras de cuero desgastado se hundían en el fango negruzco a cada paso, el verdadero tormento no era el frío húmedo que le calaba los huesos, sino la sed abrasadora.

Llevaba dos días enteros sin probar una sola gota de agua limpia, y su estómago rugía vacío, alimentándose de sus propias reservas.

Guiado por el sutil pero inconfundible rumor de la humedad chocando contra las rocas, el guardián apartó una cortina de zarzas espinosas. Sus manos enguantadas terminaron arañadas, pero el esfuerzo valió la pena. Emergió frente a un río subterráneo que salía a la superficie, un torrente de aguas rápidas y cristalinas que cortaba el bosque en dos.

Kaelen cayó de rodillas en la orilla fangosa. Se quitó un guante con los dientes y sumergió la mano desnuda en la corriente helada, llevándose el agua al rostro y bebiendo con desesperación. El frío líquido le adormeció la garganta, pero alivió el fuego de la deshidratación al instante. Llenó sus pulmones de aire limpio, sintiendo cómo un rastro de vitalidad regresaba a sus músculos agotados.

Estaba a punto de desatar su cantimplora de cuero para llenarla, cuando el constante murmullo del río fue brutalmente cortado por un sonido discordante.

Era el crujido de ramas gruesas siendo pisadas con violencia al otro lado de la orilla, seguido de un jadeo agudo y un sollozo ahogado. Kaelen se quedó completamente inmóvil, mimetizándose con la sombra de un tronco cubierto de musgo. Su respiración se volvió silenciosa. Su primer instinto, forjado en años de supervivencia y soledad, fue claro y frío: dar media vuelta y retomar su camino hacia el norte. Él era un fugitivo, una presa de la Inquisición. No podía permitirse distracciones ni batallas innecesarias. Cerró los ojos, apretó los dientes y se dispuso a ignorarlo.

Pero un grito desgarrador, agudo y cargado de terror puro, cruzó el cauce del agua.

Kaelen soltó una maldición inaudible por lo bajo. Sus nudillos palidecieron al cerrarse instintivamente sobre la empuñadura de su daga. Odiaba esa parte de sí mismo, esa terquedad moral que le impedía simplemente caminar en la otra dirección. Con una agilidad espectral, cruzó el río saltando de piedra en piedra sin hacer el menor ruido, y se fundió con la densa penumbra de los matorrales en la orilla opuesta.

En un pequeño claro rodeado de abetos marchitos, tres soldados con los tabardos carmesí del ejército de Aethelgard tenían arrinconadas a dos jóvenes. No eran humanas. Poseían orejas felinas aplastadas contra sus cabezas por el terror y largas colas que se agitaban frenéticamente por el suelo. Ambas llevaban pesados collares de hierro forjado al cuello, grabados con runas de contención que parpadeaban con una luz rojiza.

Las chicas temblaban incontrolablemente; la mayor intentaba proteger con su propio cuerpo a la menor, que se encogía en el fango llorando, mientras el soldado más joven la pateaba en las costillas y comenzaba a rasgarle la túnica sucia con la punta de su espada.

Kaelen no dudó. Salió de la maleza y se deslizó detrás del soldado más cercano como tinta derramada sobre la hierba húmeda. No hubo gritos de advertencia ni posturas heroicas. Su sombra se solidificó en una estaca letal que brotó desde el suelo, atravesando la espina dorsal del hombre y perforando su corazón antes de que pudiera emitir un solo sonido. El soldado se desplomó como un saco vacío.

—¿Qué demonios...? —exclamó el segundo soldado, girando sobre sus talones al escuchar el golpe sordo del cuerpo contra el lodo.

Antes de que sus dedos rozaran siquiera el pomo de su sable, gruesos zarcillos oscuros brotaron de la propia sombra del guardia, enroscándose como serpientes alrededor de sus tobillos y rodillas. El hombre fue inmovilizado en el acto. Kaelen emergió de la oscuridad a su lado y, con una fría eficiencia, dejó que una cuchilla de umbría condensada en su antebrazo le cortara la garganta de lado a lado.

El tercer soldado, un veterano corpulento con una gruesa cicatriz cruzándole el rostro, no entró en pánico. Pateó a la chica mayor para apartarla de su camino y desenvainó una pesada espada ancha. Al instante, la hoja de acero zumbó, desprendiendo un calor sofocante y emitiendo un brillo anaranjado. Su bendición de Fuego evaporó la humedad del aire a su alrededor.

—¿Vienes a hacerte el héroe con estas gatas de callejón, escoria? —escupió el veterano, escudriñando a Kaelen bajo la capucha gris—. ¡Son ganado propiedad de la corona! ¡Ponerles un dedo encima te convierte en un traidor al reino!

Sin decir una palabra, Kaelen materializó una pica de sombra pura en su mano derecha y embistió.

El soldado bloqueó el ataque con un potente tajo ardiente. El choque de la oscuridad contra el fuego generó una violenta explosión de chispas y humo negro que asfixió el claro. El veterano era físicamente más fuerte, y cada intercambio de golpes hacía temblar los huesos de los brazos de Kaelen. La magia de fuego secaba el maná oscuro, obligando al guardián a retroceder un paso.

—¡Muere, engendro! —rugió el soldado, aprovechando la apertura. Alzó su espada en llamas con ambas manos, preparado para descargar un golpe vertical que pretendía partir a Kaelen desde el cráneo hasta la pelvis.

Kaelen no retrocedió más. Calculó el peso de la hoja descendente y pivotó sobre su pie izquierdo, dejando que el acero incandescente pasara a milímetros de su hombro, chamuscando la tela de su capa. En ese instante de vulnerabilidad enemiga, Kaelen clavó su mirada no en el hombre, sino en el suelo abrasado. Canalizó su maná directamente hacia la sombra negra y alargada que el propio fuego del soldado estaba proyectando detrás de él.

—Velo Nocturno —susurró el guardián.



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En el texto hay: fantasia, aventuras, love

Editado: 18.10.2026

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