Guardián del ocaso

Ambiciones en la Sombra y Cartas de Palacio

El aire en el salón privado del Duque Valerius era denso, casi sólido. Olía a una mezcla asfixiante de vino de granada añejado, cera derretida, perfumes florales demasiado dulces y el inconfundible sudor frío del terror.

La opulencia de la estancia era abrumadora. Tapices bordados con hilos de oro y plata cubrían las paredes de piedra oscura, representando antiguas victorias militares de la Casa Valerius. Sin embargo, el verdadero reflejo del poder del duque no estaba en los tapices, sino en el suelo. Sobre las inmensas alfombras persas de tonos carmesí, varias jóvenes semi-humanas yacían acurrucadas y desnudas, con collares de hierro frío rozando sus gargantas. Temblaban en un silencio absoluto bajo la atenta y depredadora mirada de los guardias personales del duque. Para el patriarca de los Valerius, las criaturas traídas de los territorios exteriores no eran sirvientes ni seres vivos; eran simples trofeos, objetos decorativos que demostraban su desprecio absoluto por las frágiles leyes morales del rey.

La pesada puerta de roble macizo del salón se abrió de golpe, golpeando contra la pared con un estruendo que hizo saltar a las esclavas.

Un joven alto, de facciones afiladas como navajas y cabello rubio platino perfectamente peinado hacia atrás, entró en la estancia. Sus botas de cuero negro y pulido resonaron con autoridad sobre el mármol desnudo antes de pisar la alfombra. Llevaba una chaqueta de terciopelo oscuro bordada en plata, y una espada ropera de empuñadura enjoyada colgaba de su cadera. Era Julian Valerius, y lucía una sonrisa tan perfectamente elegante como gélida.

—Padre —saludó Julian. Hizo una leve inclinación de cabeza, una reverencia superficial, desprovista de cualquier atisbo de respeto genuino.

El duque, un hombre de hombros anchos pero cuyo vientre comenzaba a delatar años de excesos, estaba recostado en un sillón de terciopelo. Sostenía perezosamente una copa de cristal tallado entre sus dedos cargados de gruesos anillos de rubíes. Al mínimo movimiento de su pesada bota, una de las esclavas en el suelo se apartó arrastrándose hacia atrás por instinto, conteniendo la respiración hasta que sus pulmones ardieron.

—Llegas tarde, Julian —murmuró el duque con voz ronca, arrastrando las palabras—. Espero que tengas una buena razón para interrumpir mi descanso.

—Tengo la mejor de las razones —respondió el joven, acortando la distancia con zancadas seguras—. Ha llegado la convocatoria oficial de la capital. Los jinetes acaban de cruzar nuestras puertas.

El Duque Valerius arqueó una ceja y, lentamente, dejó su copa sobre la mesa de mármol. —¿De verdad? Muéstrame.

Julian metió la mano bajo su capa y arrojó un pesado rollo de pergamino sobre la mesa. El sello de cera dorada con el emblema de la corona real, un sol resplandeciente, ya había sido roto por él.

—El edicto confirma nuestros rumores —explicó Julian, apoyando ambas manos sobre la mesa y asomándose hacia su padre con los ojos brillando de ambición—. Detalla la inminente crisis en la frontera norte y anuncia un torneo de selección militar en la capital. Buscan elegir a nuevos protectores, campeones y emisarios de la alta nobleza para rodear a la familia real de "sangre fuerte". El rey está asustado.

El duque desenrolló el pergamino, sus ojos oscuros recorriendo velozmente las líneas de tinta. Un segundo después, una carcajada seca, áspera y cargada de una malicia ancestral brotó de su garganta.

—¡Magnífico! —exclamó Valerius, apretando el pergamino entre sus puños con tanta fuerza que casi lo rasga—. Los idiotas idealistas que se sientan en el trono creen que están convocando escudos humanos. No se dan cuenta de que nos están entregando las llaves de sus propios aposentos en bandeja de plata. Tienes que participar en este torneo, Julian. Y no solo participar; tienes que arrasar con la escoria de las demás casas nobles.

El duque se puso en pie abruptamente. Su imponente figura proyectó una larga y oscura sombra sobre las esclavas, que cerraron los ojos con fuerza, rezando por volverse invisibles.

—Si logras infiltrarte en el círculo íntimo del rey como su protector personal —continuó el anciano, acercándose al rostro de su hijo—, conocerás los turnos de la guardia, la disposición de sus defensas mágicas y las debilidades de sus inquisidores. Estaremos un paso más cerca de la corona... y cuando llegue el momento, cuando la frontera caiga, podremos derrocarlos y tomar el control absoluto. Este reino débil nos pertenece por derecho.

Julian no parpadeó. Sonrió con una suficiencia absoluta, ajustándose con parsimonia los puños de encaje de su chaqueta.

—No te decepcionaré, padre. De hecho... tengo planeado algo mucho más entretenido que simplemente usurpar un pedazo de metal con joyas. —La sonrisa de Julian se torció, revelando a la bestia sedienta de sangre que habitaba bajo su fachada de nobleza—. No me conformaré solo con el trono. Quiero a la Princesa Lyssandra para mí.

El duque soltó una leve exhalación de sorpresa, pero no lo interrumpió.

—Dicen que su belleza es tan helada como intocable, que su magia de Luz pura es un faro de esperanza para el pueblo —murmuró Julian, saboreando las palabras como si fueran un vino exquisito—. Será un verdadero placer quebrar ese hielo. Quiero destrozar a su amado campeón en la arena frente a sus ojos, tomarla como mi premio y hacer que esa luz suplique bajo mi mando. La convertiré en mi esclava personal.

Padre e hijo compartieron una risa siniestra, grave y gutural, que retumbó en las húmedas paredes de piedra de la mansión Valerius. A sus pies, las semi-humanas enterraron aún más los rostros en la alfombra, sintiendo que un frío glacial les recorría la espina dorsal.

Triunfal, henchido de orgullo y con la mente ya saboreando la masacre de la arena de combate, Julian dio media vuelta y salió de la habitación, dejando que las pesadas puertas se cerraran a sus espaldas.



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En el texto hay: fantasia, aventuras, love

Editado: 18.10.2026

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