Las extensas llanuras que rodeaban la imponente capital de Aethelgard se abrían paso bajo un cielo plomizo, un techo de nubes densas que parecía aplastar el paisaje. El viento soplaba con una fuerza gélida, arrastrando nubes de polvo árido y hojas secas que golpeaban con aspereza el rostro entumecido de Kaelen. El guardián caminaba arrastrando los pies, mimetizado intencionadamente entre un pequeño grupo de pastores harapientos y viajeros desolados que mantenían una prudente y silenciosa distancia de él, intimidados por su pesada capa andrajosa, su postura encorvada y ese aura de peligro latente que lo acompañaba a donde fuera.
Kaelen llevaba días enteros sin probar una sola comida decente, y la escasa agua que había logrado recolectar apenas bastaba para mantener a raya la fiebre leve de la fatiga. Había entregado lo último de sus provisiones a las semi-humanas en los bosques del sur, y su cuerpo le estaba cobrando una factura implacable por aquel acto de piedad.
A lo lejos, recortada contra el horizonte grisáceo, una silueta familiar comenzó a vislumbrarse avanzando penosamente por los caminos comerciales. Kaelen entrecerró los ojos para enfocar la vista a través del viento. Era la misma caravana mercantil en la que había viajado días atrás, antes de que el brutal ataque de los bandidos destrozara el viaje.
Pero al acercarse un poco más, comprendió que algo andaba terriblemente mal.
Faltaban al menos tres carromatos de la formación original; los toldos de los vehículos restantes estaban desgarrados, manchados de hollín, y las maderas presentaban profundas marcas de hachas y fuego. Los pocos mercaderes y refugiados que caminaban junto a los agotados bueyes cojeaban ostensiblemente, cubiertos con vendajes improvisados y sucios que dejaban ver rastros de sangre seca. Evidentemente, tras haberlo expulsado del grupo por temor a su naturaleza, no habían tenido la suerte de sobrevivir al siguiente tramo del camino sin un protector.
Kaelen se detuvo en seco en medio del sendero embarrado. Apretó los puños con tanta fuerza dentro de sus guantes que las uñas se le clavaron dolorosamente en las palmas. Una oleada de culpa fría y amarga le recorrió el pecho.
Debí quedarme, pensó con la mandíbula tensa, sintiendo el peso de su propia decisión. Si hubiera ignorado su miedo... si me hubiera quedado para asegurar su ruta, no habrían terminado masacrados en la siguiente curva.
Pero el arrepentimiento era un lujo inútil que un fugitivo marcado por la Inquisición no podía permitirse. Tragándose la rabia y la culpa, apartó la mirada de los heridos y continuó su marcha solitaria hacia las grandes puertas de la capital.
La entrada principal a Aethelgard era un coloso arquitectónico de piedra blanca y hierro forjado negro, custodiada por destacamentos de guardias reales con lanzas ceremoniales en alto. Cuando Kaelen llegó finalmente al puesto de control, las piernas apenas le sostenían el peso del cuerpo y su visión parpadeaba, oscureciéndose peligrosamente por los bordes.
—¡Alto ahí, vagabundo! —le ladró un guardia de armadura brillante, interponiendo el asta de su lanza de manera amenazante en el pecho de Kaelen—. Peaje de entrada. Tres monedas de plata contantes y sonantes. Paga ahora o lárgate al foso de los mendigos.
Kaelen parpadeó lentamente, luchando contra el mareo. Su mente, nublada por el agotamiento extremo, apenas procesó la exigencia. Al ver que el joven no respondía ni sacaba dinero, el guardia frunció el ceño con desprecio y lo empujó con brusquedad por el hombro.
—¿Estás sordo, escoria? ¡Dije tres monedas! —insistió el soldado, levantando la voz para llamar la atención de sus compañeros.
Kaelen alzó lentamente la vista. No emitió una sola palabra de súplica, pero en ese segundo de debilidad, la presión de su maná interno palpitó de forma involuntaria bajo su piel. Sus ojos grises adoptaron una frialdade tan absoluta, tan mortal y vacía, que el aire alrededor de sus botas pareció enfriarse de golpe. Era la mirada de un depredador acorralado que no temía llevarse a su verdugo por delante.
El guardia sintió un escalofrío tan visceral que le recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica. Su arrogancia se desvaneció al instante; retrocedió un paso torpe, tragando saliva con pánico puro, y bajó la lanza de inmediato, apartándose del camino.
—P-pasa... —tartamudeó el soldado, con la voz temblorosa, apartándose a un lado—. Adelante... No causes problemas en los distritos.
Kaelen cruzó el umbral del arco de piedra y se adentró en las entrañas de la gran capital.
Si desde la lejanía el Palacio de Cristal brillaba en la cima como un faro de perfección inalcanzable, la realidad del anillo exterior revelaba la cruda y putrefacta podredumbre del reino. Las calles no estaban pavimentadas con adoquines limpios, sino cubiertas de un lodo espeso y maloliente, mezclado con aguas residuales que escurrían de los callejones. Las chozas de madera podrida se apretaban caóticamente unas contra otras, y la pestilencia de la miseria, el hambre y la desesperación lo impregnaba todo.
Kaelen avanzaba arrastrando los pies con esfuerzo, buscando un rincón apartado donde poder descansar sin llamar la atención, cuando un sonido ensordecedor rompió el murmullo de la calle: el galope violento de cascos de caballos golpeando con furia el lodo.
La multitud de mendigos y comerciantes se apartó a empujones despavoridos, arrojándose contra los costados de los edificios para no ser arrollados.
Un carruaje de lujo obsceno, lacado en negro brillante y detalles de oro puro, avanzaba a toda velocidad sin importarle quién estuviera en su trayectoria. Al pasar a pocos centímetros de Kaelen, una de sus ruedas traseras se hundió con violencia en un bache profundo lleno de agua estancada, proyectando una gigantesca salpicadura de lodo negro y fétido que empapó por completo las piernas y la capa gastada de kaelen.