Guardián del ocaso

La mirada de la muerte

La fría brisa de la tarde mecía los cabellos dorados de la Princesa Lyssandra mientras caminaba por el puente elevado que conectaba las dos grandes estructuras del castillo. Bajo sus pies, la sólida piedra blanca de la arquitectura real contrastaba con el abismo que se extendía más abajo. A lo largo del pasillo abierto, una sucesión de arcos de medio punto dejaba ver el paisaje exterior: el vasto horizonte de las llanuras de Aethelgard. Sin embargo, solo era posible distinguir el primer anillo de la ciudad; la imponente muralla exterior, el muro más gigantesco y cercano al complejo del castillo, sealzaba tan alta que ocultaba por completo los distritos inferiores y la miseria que en ellos habitaba.

A su lado caminaba el rey, su padre, con el rostro surcado por la preocupación y envuelto en los pesados pliegues de su manto real.

—Te insisto, padre, no necesito que ningún niñero me siga los pasos por los pasillos —replicó Lyssandra con voz firme, deteniéndose de golpe y girándose para encararlo—. Mi entrenamiento con la Luz es impecable. Puedo defenderme sola de cualquier amenaza dentro y fuera de estos muros. No soy una niña frágil a la que deban encerrar en una vitrina.

El rey la miró con una mezcla de cansancio y profunda protección.

—No entiendes el peligro que se cierne sobre nosotros, Lyssandra. Las cosas en el consejo ya no son como antes; hay serpientes moviéndose en la oscuridad —respondió él, con voz suave pero inflexible.

Lyssandra dio un paso al frente y, en un gesto poco habitual en ella, tomó con suavidad la mano de su padre, buscando conectar con el hombre detrás de la corona.

—Déjame demostrarlo —suplicó, con los ojos brillando de convicción—. Si de verdad me dejaras intentarlo, si me dieras la oportunidad de marchar a la frontera y liderar a los escudos, te aseguro que podría marcar una diferencia real para este reino.

El monarca sacudió lentamente la cabeza, apartando la mirada hacia el vacío del abismo.

—Aún no estás lista. El mundo exterior es demasiado cruel, y la carga de la corona aplasta a quienes se apresuran a llevarla.

La frustración y el dolor estallaron en el pecho de la princesa. Soltó la mano de su padre con brusquedad, dando un paso atrás.

—¡Siempre es la misma excusa! —exclamó, con la voz quebrándose ligeramente—. Si mi madre estuviera aquí... ella me habría entendido. Ella me habría impulsado a cumplir mi misión, en lugar de cortarme las alas por miedo.

Sin esperar respuesta, Lyssandra giró sobre sus talones. Las lágrimas amenazaban con desbordarse de sus ojos, pero se tragó el llanto con orgullo, acelerando el paso mientras cruzaba de regreso el puente hacia la primera torre, donde se encontraba su habitación.

El rey se quedó inmóvil en medio del puente, observando la diminuta silueta de su hija alejarse hasta perderse tras los arcos de piedra. Giró lentamente la cabeza, con una punzada de dolor atravesándole el pecho. Sabía que las palabras de la princesa eran ciertas, pero el recuerdo seguía vivo: esa misma libertad indomable, esa audacia sin límites, era exactamente lo que le había arrebatado a su esposa. No soportaría perder a su hija de la misma forma.

Lentamente, el rey sacó una mano de por debajo de los pliegues de su capa de seda. Sostenía con torpeza un pequeño muñeco de tela desgastada, un juguete viejo al que se quedó contemplando en silencio, perdido en los fantasmas del pasado.

—Su majestad.

La voz seca del capitán de la guardia interrumpió su momento de vulnerabilidad. El rey guardó el muñeco de inmediato, recuperando la fría compostura de monarca, y asintió para seguirlo hacia la segunda torre.

Al entrar en la sala de reuniones, una pesada mesa circular de roble oscuro ya ocupaba el centro de la estancia. Alrededor de ella se encontraban el general del ejército, el Papa, el primer ministro, el ministro de finanzas y, frente a ellos, un asiento que permanecía vacío. El rey avanzó con paso firme y tomó su lugar, justo al lado de la silla desocupada.

Sin perder un segundo, el capitán de la guardia tomó la palabra para dar el informe.

—Excelencias, anoche se detectó una intrusión en el perímetro interior. Un grupo de bandidos logró infiltrarse hasta el gran salón antes de ser neutralizados —informó el capitán—. Lo alarmante es que portaban insignias y estandartes del reino vecino.

La noticia cayó como una piedra sobre la mesa. El murmullo de la preocupación no tardó en estallar.

—¡Es una afrenta intolerable! —exclamó el primer ministro, golpeando ligeramente la mesa con los dedos—. Esos bastardos claramente quieren invadirnos. Sugiero que nos movamos primero; una ofensiva preventiva pondrá fin a sus ambiciones.

—No seas necio —replicó el ministro de finanzas, ajustándose los anillos con frialdad—. Una guerra en este momento vaciaría las arcas, pero si nos movemos con inteligencia, una campaña nos ayudaría a apoderarnos de sus reservas. El invierno se acerca y necesitaremos sus campos de cultivo y comida.

El Papa intervino con su habitual tono pausado, alzando una mano con falsa serenidad.

—La prudencia dicta que debemos esperar, pero la Santa Madre Iglesia no tolerará que unos infieles insulten nuestra soberanía de esta manera. La Diosa está de nuestro lado, pero la paciencia tiene un límite.

El único que mantuvo la calma fue el general del ejército. Se cruzó de brazos, frunciendo el ceño con desconfianza.

—Calma todos. Antes de hablar de invadir o defendernos, deberíamos investigar a fondo qué ocurrió realmente anoche. Capitán, tráigame a los prisioneros para interrogarlos. Quiero saber cómo cruzaron las murallas.

El capitán de la guardia desvió la mirada incómodo, carraspeando antes de hablar.

—Lamento informarles, mi general, que... ya no hay prisioneros. Fueron trasladados bajo las órdenes directas del primer ministro, quien dictó su ejecución sumaria esta madrugada.

Un golpe seco hizo temblar la mesa. El general se puso de pie de un salto, con el rostro encendido de furia, señalando directamente al primer ministro.



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En el texto hay: fantasia, aventuras, love

Editado: 18.10.2026

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