Guardián del ocaso

La Sombra de la Duda y el Sorteo de la Arena

El aire en la taberna de los distritos exteriores era denso, impregnado a rancio tabaco de hoja, sudor y el aroma agrio de la cerveza barata. En una mesa esquinada, envuelto en la penumbra que arrojaba una vela titilante, Kaelen daba largos tragos a su jarra mientras escuchaba de reojo las fanfarronadas de los mercenarios sentados en la mesa de al lado.

—Vine desde las colinas del este solo para asegurar un contrato con la guardia real —presumía uno de ellos, un sujeto de hombros mastodónticos que limpiaba el filo de su espada con un trapo sucio—. El trabajo de simple guardián en las caravanas ya no paga nada. Si destaco en el torneo del coliseo, la Orden de Caballeros tendrá que aceptarme.

—No te creas tanto, Garm —se burló su compañero, dando un golpe en la mesa—. Hay rumores de que los nobles mandarán a sus mejores pupilos, y se dice por ahí que incluso participa un aristócrata con afinidad al elemento fuego. Nos van a hacer cenizas si nos descuidamos.

Kaelen apartó la mirada con indiferencia. Sabía perfectamente a lo que se enfrentaba. Días atrás, al cruzar la plaza principal, se había detenido a observar los majestuosos templos y las estatuas esculpidas en mármol blanco de la Diosa. Los textos eclesiásticos eran claros y despiadados: aquellos que nacían con afinidad al elemento sombra no eran considerados humanos, sino abominaciones y sirvientes directos de los demonios, condenados a la purificación en la hoguera. Si quería sobrevivir en Aethelgard, jamás podría mostrar su verdadera magia a plena luz del día.

—Tendré que ganar únicamente con fuerza física y astucia— pensó, analizando de reojo la complexión de los fanfarrones de al lado. —Conozco los puntos débiles de los cuerpos; si muevo las sombras en sus puntos ciegos, creerán que es pura velocidad y ráfagas de viento.

Los mercenarios notaron de pronto que los observaba en silencio. El que se hacía llamar Garm frunció el ceño, sintiéndose ofendido por la fría y delgada figura de Kaelen.

—¿Qué tanto miras, idiota? —le espetó Garm con desprecio, soltando una carcajada burlona respaldada por los suyos—. Si pensabas inscribirte al torneo con ese cuerpito, será mejor que compres una tumba de una vez. Aquí no durarías ni un segundo contra alguien como nosotros... aunque a decir verdad, ni siquiera somos los más fuertes del lugar. ¡Largo de aquí antes de que te rompamos los huesos por diversión!

Kaelen no dijo una sola palabra. Su rostro permaneció impassible. Con total calma, dejó un par de monedas de cobre sobre la madera pegajosa de la mesa y se levantó para abandonar el local.

Afuera, la noche soplaba con fuerza. Necesitaba equiparse mejor. Caminó por los angostos callejones hasta encontrar una armería de fachada humilde que aún permanecía abierta. Tras revisar el reglamento provisional que le habían entregado al registrarse, recordó la norma oficial "se permite el uso de todo tipo de armas, pero está estrictamente prohibido quitarle la vida al oponente". Kaelen esbozó una sonrisa amarga. Esas eran las reglas sobre el papel; sabía muy bien que en la arena de verdad, la muerte siempre encontraba la manera de colarse.

Compró varias tiras de lino grueso para vendarse los nudillos hasta las muñecas, una pechera de cuero rígido diseñada para proteger únicamente lo indispensable —su corazón—, permitiéndole conservar absoluta agilidad en los brazos, y un par de dagas de hoja oxidada pero afiladas en el borde interior.

Al salir de la tienda, emprendió el regreso hacia su posada. La inmensa capital se extendía ante sus ojos como un monstruo de mil luces parpadeantes; torres gigantescas de piedra blanca, mansiones adornadas con flores que encantarían a cualquier incauto, y calles pavimentadas que contrastaban violentamente con la miseria de los callejones oscuros por donde caminaba.

Casi al llegar al umbral de su posada, un grito ahogado rasgó el silencio de la noche.

Kaelen se detuvo en seco, aguzando el oído para triangular el sonido. El grito se repitió, proveniente de un callejón sin salida cercano. Sin dudarlo, dio media vuelta y se adentró en la oscuridad.

A pocos metros, los mismos mercenarios borrachos de la taberna tenían acorralada a una joven aterrorizada que abrazaba contra su pecho una bolsa de pan.

—Vaya, vaya, parece que la noche nos sigue regalando sorpresas —decía Garm con una sonrisa sádica, bloqueando la salida de la chica.

—¡Déjenla en paz! —gritó una voz juvenil desde la entrada del callejón.

Un joven delgado, de cabello desordenado y respiración agitada, se interpuso valientemente entre los rufianes y la muchacha. Los hombres soltaron una carcajada generalizada.

El enfrentamiento estalló de inmediato. Para sorpresa de Kaelen, que observaba desde las sombras, el joven poseía una agilidad notable y ráfagas rudimentarias de magia de aire; con un par de movimientos bien calculados y golpes secos, logró derribar a dos de los agresores al suelo. Sin embargo, en un descuido fatal, el joven se giró preocupado para verificar que la chica estuviera bien, bajando la guardia.

Los otros dos mercenarios aprovecharon la distracción para abalanzarse sobre él por la espalda, derribándolo a golpes certeros y comenzando a patearlo sin piedad. Uno de ellos desenvainó una daga oxidada, alzándola con intenciones letales para clavársela en el pecho.

Antes de que el metal descendiera, una mano fría como el hielo apresó la muñeca del agresor con una fuerza descomunal.

—¡Argh! —gritó el mercenario, sintiendo cómo los huesos de su brazo cedían y se astillaban bajo el agarre.

El último atacante giró aterrorizado al escuchar el crujido, pero apenas tuvo tiempo de reaccionar: una patada seca y devastadora de Kaelen conectó directo en su mandíbula, mandándolo a dormir al instante sobre el lodo.

La joven, temblando de pies a cabeza, se puso de pie y les agradeció con la voz quebrada. Explicó que los hombres la venían siguiendo desde el mercado y le habían quitado el pan que llevaba para su familia, sin saber qué hacer para detenerlos. Kaelen la miró apenas de reojo y, con tono cortante, le dijo que el agradecimiento debía ser para el muchacho en el suelo, ya que él había hecho la mayor parte del trabajo.



#1305 en Fantasía
#178 en Ciencia ficción

En el texto hay: fantasia, aventuras, love

Editado: 18.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.