Guardianes del velo

Capitulo 10: El accidente

Rosaura se llevó la mano al pecho, dónde sentía un calor extraño, casi reconfortante. En ese momento comprendió que nada volvería a ser igual.

Esta vez, el tiempo pasó más rápido de lo que esperaba. Las semanas parecían deslizarse entre los dedos como agua tibia, llenando su corazón de alegría y una sensación de esperanza renovada. Pronto cumpliría catorce años, y a pesar de las dificultades, algo dentro de ella sentía que estaba cambiando, fortaleciéndose.

A menudo subía a la azotea del edificio para practicar sus nuevos poderes. Desde allí podía ver los techos grises de la ciudad y, en días despejados, el horizonte lejano cubierto por una capa de neblina. Pero no todo era ideal: el bullicio constante de Nueva York la irritaba profundamente. El rugido de los autos, las sirenas lejanas, los gritos y bocinazos la sobreestimulaban, especialmente ahora que su audición era mucho más sensible.

Cansada del dolor de cabeza que le provocaba ese caos urbano, decidió organizarse: solo practicaría su audición dos veces por semana, en los momentos más tranquilos del día, y el resto del tiempo lo dedicaría a aprender a controlar el poder que le había entregado Yucahú. Concentrarse en su conexión con el espíritu taíno le resultaba más reconfortante, como si fuera una forma de regresar a casa sin moverse del lugar.

Sin embargo, la escuela seguía siendo una pesadilla. Desde la pelea que tuvo meses atrás, los chicos no dejaban de molestarla. Parecía que el castigo que recibió les había dado permiso tácito para seguir provocándola, sabiendo que, si ella se atrevía a responder, la culpa caería solo sobre sus hombros. Y Rosaura lo sabía. Por eso, tragaba su rabia día tras día, apretando los puños con fuerza, deseando gritar pero obligándose a guardar silencio.

Hasta que un día, algo dentro de ella se quebró.

Caminaba sola por los pasillos, apurada por llegar a clase, cuando un grupo de chicos la rodeó. Eran los mismos de siempre. No le dieron espacio para pasar, se burlaban sin disimulo, lanzando comentarios hirientes no solo hacia ella, sino también hacia su familia y su país. Se rieron de su acento, de su piel morena, de sus rizos. Uno de ellos incluso imitó su voz con exageración, provocando carcajadas entre los demás.

Rosaura sintió cómo algo ardía dentro de su pecho. Su respiración se volvió pesada, el corazón le latía con fuerza en los oídos. Cerró los ojos un segundo y tomó una bocanada de aire. Lo soltó lentamente, tratando de calmarse, de contener la furia. Pero al abrirlos de nuevo, su mirada se clavó en uno de los chicos con tal intensidad que él cayó al suelo de golpe, como si algo invisible lo hubiese empujado con violencia. El golpe resonó en el pasillo.

Ella se rió. No pudo evitarlo. Una risa seca y fuerte le escapó de los labios. No por maldad, sino por liberación. Pero su reacción enfureció aún más al grupo.

Uno de ellos la sujetó con fuerza del brazo. Rosaura bufó de frustración, y cuando vio a un profesor a lo lejos, intentó gritar para pedir ayuda... pero su voz no salió.

Se llevó la mano libre a la garganta, confundida, asustada. Intentó otra vez, con más fuerza, pero ni un murmullo emergió de su boca. El pánico la envolvió. Las risas de los chicos se mezclaban con su impotencia. ¿Qué le estaba pasando?

La ira, el miedo y la desesperación se fusionaron en su interior como una tormenta a punto de estallar. Con un empujón liberó su brazo, retrocedió unos pasos y lo intentó una vez más.

Y entonces ocurrió.

Todo lo que estaba dentro de un radio de al menos veinte metros -vidrios, lámparas, teléfonos, relojes, pantallas- explotó en pedazos. Un estruendo de cristales rotos llenó el aire. El sonido fue ensordecedor, y los gritos de decenas de alumnos y profesores no hicieron más que intensificar su dolor.

Una alarma comenzó a sonar en toda la escuela, y ella sintió como si una aguja gigante le taladrara el cráneo. La sangre comenzó a brotar de sus oídos. Tropezando entre el caos, aprovechó el pánico del grupo y echó a correr, empujando puertas y esquivando gente. No miraba atrás. Solo quería escapar.

Al llegar al exterior, sus piernas la traicionaron. Cayó de rodillas sobre el pavimento frío y se llevó ambas manos a los oídos con desesperación. El dolor era insoportable. La sensación de que todo vibraba en su cabeza la dejaba al borde del colapso. Quería gritar, pero no tenía voz. Solo deseaba que todo ese ruido desapareciera, que el mundo se apagara.

Y fue entonces cuando ocurrió lo más extraño de todo.

El mundo... se detuvo.

No en el sentido literal. Pero el tiempo pareció congelarse. Los sonidos se desvanecieron. Ni el viento, ni el murmullo lejano de la ciudad, ni los gritos, ni la alarma. Silencio total. Un silencio profundo, espeso, casi sagrado. Era como si la realidad hubiera pulsado un botón de pausa.

Rosaura respiró con dificultad, aliviada. El dolor aún estaba allí, pero al menos sus oídos descansaban. Cerró los ojos por un momento, sintiéndose suspendida en ese vacío sereno.

El caos volvería pronto, lo sabía. Pero por ahora, estaba en calma.




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