Guardianes del velo

Capitulo 11: el duelo

Sus padres recordaron perfectamente aquella llamada que los dejó helados a ambos. Fue en mitad del vuelo de regreso, cuando el murmullo de los motores era casi un arrullo que los adormecía. El teléfono sonó con insistencia, un sonido tan discordante que hizo que la madre de Rosaura lo atendiera con un mal presentimiento clavado en el estómago.

La noticia cayó como un relámpago: la abuela de Rosaura había fallecido. Había partido mientras ellos estaban lejos, demasiado lejos para despedirse.

Se miraron, incapaces de decir una palabra. No sabían cómo confesarle a su hija que su mundo iba a romperse apenas llegaran a casa. No allí, no en un aeropuerto, no con tanto ruido y tanto cansancio encima. Así que guardaron silencio, apretando los labios, convenciéndose de que un día más de ignorancia tal vez sería un último regalo de paz para Rosaura.

Cuando llegaron al hogar, con las maletas todavía sin abrir, la llamaron al salón. Rosaura acudió con una sonrisa cansada, aún con el recuerdo de Kailani brillando en su pecho. Fue entonces cuando vio el rostro de su madre, la voz temblorosa de su padre. Y comprendió, incluso antes de escuchar las palabras.

—Rosaura... tu abuela... —comenzó su madre, la voz hecha jirones—. Ella... ya no está con nosotros.

El mundo se le partió en mil fragmentos.

Sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que algo se desgarraba en su interior con un dolor tan profundo que ni siquiera pudo llorar al principio. Solo un silencio sordo, como si el aire se hubiese vuelto líquido y no pudiera respirar. Cuando por fin las lágrimas salieron, fue un llanto convulso, interminable.

Sus padres la dejaron desahogarse, conociendo su dolor, solo la abrazados en un intento de consolarla con el corazón roto al ver a su pequeña hija dan destrozada.

Rosaura lloro hasta quedarse dormida ese día. Ni siquiera pudo ir a despedirse del cuerpo sin vida de su quería abuela. Respetando su decisión de no asistir, acordaron llevarla cuando estuviera lista al cementerio.

La pena se quedó con ella como una sombra. Días después, Rosaura seguía sintiéndose hueca, incapaz de recordar la última vez que se había sentido feliz sin que le doliera el pecho.

Una noche fría, Rosaura sin decirle nada a sus padres, se fue a casa de su abuela. Al llegar a la puerta dudo en entrar mientras lágrimas amenazaban por escapar de sus ojos otra vez.

Soltó un suspiro tembloroso y finalmente entró a la casa. Recorrió el lugar a paso lento mirando cada rincón, las fotos enmarcadas, los muebles aunque viejos, si abuela nunca quiso cambiarlos, la cocina impecable y justo detrás un fogón y justo al lado bajo planchas de cin un montón de madera.

Sonrió con lágrimas callendo por sus mejillas al recordad como su abuela siempre la animaba a mirar para que aprendiera a cocinar allí también. Cerro la puerta y regresó al interior de la casa, yendo está vez a la vieja habitación.

Tomo un álbum de fotos que estaba sobre la mesita de noche y se sentó sobre su cama, viendo foto por foto hasta llegar a una donde estaba su abuela cargándola de bebé con una amplia sonrisa y sus ojos se empañaron por las lágrimas. Sollozos comenzaron a escucharse en toda la habitación.

Rosaura entre llantos y hipidos se acostó sobre las cama abrazando con fuerza una de las almohadas en posición fetal, quedándose así hasta quedar completamente dormida.

Pasó el tiempo —no tanto como para sanar, pero sí lo suficiente para que el dolor se convirtiera en una herida latente—.

Una tarde, se encontraba tirada en el sofá, mirando la televisión con absoluto desinterés. Cambiaba de canal sin prestar atención hasta que algo atrapó su mirada: un noticiero mostraba imágenes de un museo de su país que estaba siendo remodelado. La cámara enfocaba los vitrales antiguos que habían sido desmontados para su restauración, y un presentador hablaba con solemnidad sobre la importancia de preservar la memoria histórica.

Rosaura ladeó un poco la cabeza. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios cuando la voz de Yucahú se hizo presente, vibrando en su mente con esa calma antigua que a veces le parecía más poderosa que todo lo que conocía.

"A veces los lugares necesitan ser purificados para renacer..."

El reloj de la pared marcaba las 4:16. Cuando volvió a mirar, después de un silencio largo, ya eran las 6:22. Y Rosaura seguía en la misma posición, abrazada a un tarro de helado, con la cuchara medio enterrada en la vainilla derretida. Una película cualquiera llenaba la sala de diálogos que no escuchaba.

Por un momento, el recuerdo de Kailani se mezcló con la pena, y sintió un leve cosquilleo en el pecho, como un recuerdo de alegría que se resistía a marcharse del todo.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba con la televisión encendida, la noticia la encontró sin previo aviso:

"Las autoridades quedaron atónitos está mañana al descubrir que los cristales puestos recientemente en el recién remodelado museo del hombre dominicano tenía unos extraños símbolos plasmados, al revisar las cámaras más cercanas para saber cómo llegaron ahí descubrieron que estás estuvieron apagadas. Pero lo que más les impacto fue lo que lograron ver antes de que se cortaran las grabaciones..."

Un vídeo comenzó a reproducirse, al principio solo eran los caminos de piedra liza frente al museo, hasta que una figura encapuchada se acercó caminando y lo último que se vio fue como está levantaba una de sus manos y el video se detenía por completo.

Rosaura observó todo en silencio. Durante unos segundos, su expresión fue neutra, casi ausente. Después, sin un ápice de remordimiento, sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña y satisfecha.

Se llevó otra cucharada de helado a la boca mientras los reporteros hablaban de los símbolos que habían en todo el lugar y como era posible que una persona fuera capaz de hacer algo así sin dejar ningún rastro.




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