Guardianes: El misterio comienza

Capítulo 3: McAvoy

Desperté, me cambié, coloqué mis cosas en la puerta, tomé dinero y, mientras tomaba un té y fumaba, escuché que golpeaban a mi puerta. Abrí rápidamente y pude ver a Ian con sus valijas. Ya estaba todo listo. Me despedí de mi casa, de mis libros y emprendí esta locura, porque eso parecía ser, una locura; pero una locura que me hacía sentir viva de nuevo, una locura que me hizo recuperar la cordura. Era realmente un cuento. 
  Subimos a un taxi que nos llevó al aeropuerto. Allí esperamos por unas cinco horas hasta que, por fin, logramos viajar a Milán en el primer vuelo que encontramos. Llegamos allá el 11 de octubre a las cinco de la mañana. Ian alquiló un auto; cargamos todas las valijas y conducimos hasta Milán, ciudad que quedaba a unos 35km. del aeropuerto. A las seis ya estábamos allá. Comenzamos a buscar algún hotel en donde poder recuperar energía. Una vez que nos ubicamos, dormimos y, a la tardecita, salimos en búsqueda del Instituto con algunas referencias que pudo conseguir Ian. 
  Dimos bastantes vueltas hasta que logramos llegar. Ese lugar me daba escalofríos, todo era muy tenebroso. Al entrar, nos recibió una enfermera que, para acompañar el lúgubre edificio, estaba vestida con un uniforme blanco, el que tenía una mancha roja que parecía ser de sangre. 
– ¿Qué quieren? ¿Qué hacen acá? –dijo la enfermera muy groseramente. 
–Hola, necesitamos hablar con un encargado –dijo Ian. 
–Esperen acá –contestó mirándonos de forma despectiva. 
  Esperamos quince minutos en esa sala de espera, en donde había un cuadro viejo, una planta muerta, un banco que se caía a pedazos y una alfombra sucia.  
–Esto es horrible, parece una película de terror –dijo Ian. 
  De repente, una puerta se abrió y de ella salió un señor grande, muy bien vestido, con bigote y pelo blanco. Llevaba un maletín en su mano y se notaba que estaba muy apurado. 
– ¿Qué necesitan? –preguntó. 
–Hola, venimos a ver a una paciente –contestó Ian. 
–Los horarios de visita son de cuatro a cinco –contestó él – ¿Los puedo ayudar en algo más? 
–No, muchas gracias –le dijo Ian. 
  Ya era tarde para ver a Sophie y, viendo que teníamos la noche libre, Ian me invitó a cenar. Volvimos al hotel, nos separamos en el pasillo, cada uno se fue a su habitación y quedamos en encontrarnos a las nueve de la noche en el hall de entrada para ir a cenar.  
   Mientras bajaba las escaleras, lo pude ver a Ian vestido de traje y corbata, muy galán. Lo tomé del brazo y salimos en búsqueda de algún restaurante. Terminamos en “Il cibo a casa”, pues en el recorrido nos habíamos cruzado unas cuatro sucursales de este mismo restaurante. Fue una noche muy divertida. Él es el típico chico tierno, sensible y divertido. Bebimos de más y nos volvimos caminando, pues el hotel no quedaba lejos de donde estábamos. Me estaba por prender un cigarrillo cuando Ian me lo sacó de las manos, me miró a los ojos, me besó y me lo devolvió. Para ser honesta, cuando éramos chicos, yo estaba súper enamorada de él; pero, a medida que crecíamos, el amor fue esfumándose; él fue cambiando mucho, es más, siempre creí que a él no le gustaban las mujeres. Después de eso, caminamos callados. Al llegar, nos despedimos como “amigos” y cada uno se fue a su habitación. No podía sacarme de la cabeza ese beso. Y así, pensando en eso, me dormí.  
  Esa noche sí que dormí. Me desperté ya cerca del mediodía, me vestí y fui hasta la habitación de Ian en el piso de abajo. Juntos fuimos a almorzar. Luego de eso, volvimos al hotel a buscar el auto para ir nuevamente al Instituto a ver a Sophie. Al llegar, nos atendió la misma enfermera. 
–Hola, buenas tardes, venimos a visitar a Sophie McAvoy –dijo Ian. 
–A las cuatro es el horario de visita –contestó ella y se dio vuelta para retirarse. 
–Pero si ya son las tres y cincuenta y nueve –le dijo Ian enojado. 
–Dije a las cuatro. Además, yo no me encargo de las visitas, ya les mando a mi compañera –dijo ella mientras se iba. 
–Vieja grosera. 
–Los italianos tienen un carácter fuerte. 
  Esperamos unos instantes hasta que apareció por el pasillo una señora muy bien vestida, de unos cuarenta años, pelo negro, ojos marrones y labios pintados de rojo. 
–Buenas tardes, soy Kathy y estoy encargada de las visitas –dijo ella. 
–Hola, venimos a ver a Sophie McAvoy –contestó Ian. 
– ¿Parentesco?  
–Es prima lejana de ella –contestó Ian mientras me señalaba. 
–Mmm… dejáme ver… –decía ella mientras se fijaba en una carpeta que sostenía en sus manos –La persona que paga su internación nos dejó reglas estrictas sobre las visitas. Únicamente él puede entrar a verla. 
– ¿Él? ¿Quién es él? –dije yo. 
–Esa información es confidencial. 
–Por favor, hace tiempo que la estamos buscando. Viajamos desde muy lejos para verla. Denos unos minutos nada más –dijo Ian. 
–Está bien, solo por esta vez voy a hacer una excepción, pero que quede entre nosotros –dijo ella. 
  Subimos al tercer piso, caminamos hasta el fondo de un pasillo largo que parecía no terminar más. Y allí estábamos, en la habitación número 78. Detrás de esa puerta estaría la dominante del aire. Nos abrió la puerta y entramos a un cuarto separado por un vidrio; de un lado estábamos nosotros y al otro lado estaba ella, sentada en el piso, con el chaleco anti-fuerza, pelo largo, negro y ondulado, ojos claros y una paz inexplicable. Yo no podía entender por qué era una de las más peligrosas. 
– ¿Por qué está internada? –Preguntó Ian. 
–La separación de sus padres fue lo que desató esto. Su madre volvió a casarse con un policía. Este era un alcohólico, la violaba, le pegaba a ella y a su madre. Una noche, al igual que todas, llegó ebrio a la casa y, en una discusión fuerte con su mujer, le partió una botella en la cabeza quitándole la vida. Ella se mudó con su padre. Vivió con él un par de años hasta que él también falleció por un paro cardiorespiratorio que le ocurrió mientras estaba en trabajo. Fue ahí cuando comenzó a tener ataques y, según ella, visiones que la ponen muy violenta. Negada totalmente a vivir con su padrastro, pues era la única familia que le quedaba, Sophie tomó el arma de su padre y lo mató de doce disparos en la cabeza. Eso es lo que decía su expediente –contó ella. 
– ¿Nos daría un momento por favor? –dijo Ian. 
–Claro –contestó Kathy mientras se retiraba. 
–Esa es la historia que decía la carta –dije yo 
–Menuda historia, como para no enloquecer pobre chica –me dijo Ian. 
–Hola Sophie –le dije yo 
  Ella giró su cabeza y me miró a los ojos por unos instantes.  
– ¿Quién sos? –me dijo. 
–No me conocés. Yo sé mucho de vos y de tu madre, ella era amiga de mi padre. 
–Todos creen conocerme. Todos creen ayudarme y me tienen encerrada acá, me tienen harta –dijo a los gritos mientras se paraba y se acercaba al vidrio – ¿Quién sos, eh? ¿La nueva psicóloga? Mejor andate, no pienso hablar con vos ni con nadie. 
–Yo te puedo ayudar Sophie. Yo te puedo sacar de acá, solo necesito que me escuches, que hablemos –le dije. 
– ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! –gritaba mientras golpeaba su cabeza contra el vidrio –Voy hablar con vos y te voy a escuchar, ¿sabés cuándo? cuando me saques de acá. Fin de la conversación. 
–Te prometo que te voy a sacar de acá Sophie, solo ten paciencia. 
–Paciencia tengo de sobra, gracias -dijo mientras se sentaba nuevamente en el piso, dándonos la espalda. 
  Salimos de la habitación, fuera nos esperaba Kathy. 
–Queremos sacarla de acá, llevarla a otro establecimiento más cerca de nuestra casa –dijo  
Ian. 
–La única forma de sacarla de acá es siendo pariente directo, y lamentablemente la persona que está pagando por su internación es la que tiene total derecho sobre ella. 
–Está bien Kathy, muchas gracias por dejarnos verla –dijo Ian. 
  Al salir de ahí me prendí un cigarrillo, me quedé unos minutos callada, pensando, y le dije a Ian: 
–No nos queda otra que abrir su caja, ver si podemos averiguar algo más sobre ella o sobre el siguiente elemento. 
–No, Emily, eso es de ella. No podemos meter nuestras manos en algo que no nos pertenece. Además ¿te olvidás que dominamos la tierra? Busquemos la forma de irrumpir en ese lugar y llevarla por la fuerza. Le colocamos el collar, le explicamos todo y vamos por el próximo elemento. 
–No Ian, todavía no sabemos cómo controlarlo. Tenemos que aprender bien a dominarlo. Además, las personas no nos pueden ver mientras hacemos esto, nos tomarían como algo malo, como alienígenas, no sé, no es una buena idea. Abrimos su caja, sacamos la próxima pista que nos lleve al próximo elemento mientras buscamos la forma de sacarla de acá. 
–No creo que sea lo correcto, pero tenés suerte, te digo que sí a todo –dijo Ian y me dio un beso. 
  Subimos al auto y volvimos al hotel. Una vez ahí, en mi habitación, abrimos el paquete de color madera y dentro de este estaba la caja diamante. Por encima, decía lo mismo que la caja de Ian, “Esmeralda solo abre”, y dentro había otra esquina de papel –la que encajaba con la mía y la de Ian– una llave de plata, un cuaderno viejo que estaba totalmente vacío y una foto de una mansión que en la parte de atrás decía “Le Blank”. Tallado sobre la tapa, estaba mi collar con otros dos metidos en los orificios. No teníamos ningún dato de en dónde podríamos encontrar al próximo elemento. Estábamos totalmente desorientados.  
–Vamos a caminar, despejemos la mente, luego seguimos con esto –dijo Ian mientras me extendía la mano. 
–Bueno, vamos. 
  Dimos un largo paseo. Mientras volvíamos, vimos pasar a toda velocidad el camión de los bomberos. Cuando llegamos el hotel donde parábamos, este se estaba incendiado. Corrí muy rápido. Ian intentó detenerme, pero no pudo. Entré al lugar, subí al segundo piso, entré a mi habitación y saqué las tres cajas, el amuleto de Sophie, el dinero y me fui. Quise bajar por las escaleras, pero estaban totalmente prendidas fuego. De repente, vi que Ian, utilizando su amuleto, logró aplacar el fuego con tierra. Bajé rápidamente y ambos corrimos hacia fuera y dejamos a los bomberos hacer su trabajo. 
  Mientras guardaba las cosas en el auto, se me cayó sobre un charco de agua la foto de la mansión que estaba dentro de la caja de Sophie. La alcé rápidamente y la abaniqué para  secarla y no arruinarla. Al secarse, pude ver cómo una parte de esta se comenzaba a tornar más oscura y, al ponerla a contraluz, vi cómo se formaba una frase: “De Cheville 32, séptimo distrito, Paris, Francia”. Lo llamé a Ian e hice que también observara. 
– ¡Oh, no! –dijo con voz desganada. 
– ¿Qué pasa? 
–Tenemos que viajar de nuevo –dijo mientras se reía. 
–No nos queda otra Ian, tenemos que encontrar a otro de los nuestros. 
  Decidimos devolver el auto y, una vez en París, alquilar otro. Tomamos un taxi hasta el aeropuerto y viajamos esa misma noche a Paris en el primer vuelo disponible.  

 




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