Eloise.
Hay gente que cuenta ovejas para dormir. Yo dibujo.
Esa noche, después del flan, del cisne y de la declaración de guerra, me quedé despierta en la cama con el cuaderno de bocetos sobre las rodillas. Dibujé a mi madre como un flamenco con delantal, de pie sobre una pata y con gesto de diva ofendida. Dibujé a la madre de Hans como una garza gris con gafas y una libretita bajo el ala. Entre las dos dibujé un cisne de hielo derritiéndose, porque es lo que habría hecho cualquier ilustradora con un mínimo de respeto por el simbolismo.
Lo titulé *La guerra de las aves*, y pensé que, si me salía bien, quizá lo publicaría como libro infantil. Después comprendí que ningún niño aguantaría el final.
Dormí cuatro horas. A las 6:58 de la mañana me despertó un golpe en la puerta. Dos golpes secos, precisos, con el ritmo exacto de alguien que lleva toda la vida golpeando puertas a la hora acordada.
Me puse la bata, me hice un moño con el lápiz y abrí.
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Gretchen Taylor estaba en mi felpudo.
Llevaba una blusa blanca impecable, una falda gris sin una sola arruga (la arruga estaba muy presente en su ánimo, supongo) y, a sus pies, un cubo de plástico lleno de productos de limpieza. Una escoba. Un plumero. Una caja con la etiqueta *Kit de Emergencia Doméstica*. Y la libreta, nueva, de tapas negras, con las pestañas aún sin estrenar.
—Buenos días, Eloise. Son las 7:00.
Miré el reloj de la pared. Eran las 6:59.
—Gretchen, ¿qué haces aquí?
—He pensado que, como somos familia, podría ayudarte con la casa. —Entró sin esperar invitación, con el paso de un general que ocupa una ciudad—. Y de paso hacer un reconocimiento del terreno.
—¿Del terreno?
—De las condiciones en las que vivirá mi hijo.
Se detuvo en medio de mi salón. Giró lentamente sobre sus talones, como un faro, inspeccionándolo todo. Mi salón era un lugar al que yo llamaba "creativo" y otras personas llamaban "un incendio de lápices". Había papeles por el suelo, acuarelas abiertas sobre el sofá, un caballete con una jirafa a medio pintar y una pila de libros que ya no se tenía en pie.
—Qué... —murmuró—. Qué *vida* tiene tu casa.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé. Pero voy a fingir que sí.
Sacó la libreta. Escribió. Yo, por pura curiosidad, me asomé por encima de su hombro y leí una sola palabra, subrayada dos veces: *Jirafa*.
—¿Qué tiene de malo la jirafa?
—Nada. Es el único elemento ordenado de la habitación. Lo dejo constatado como mérito.
Resultó que la libreta de Gretchen no solo registraba agravios. También registraba méritos, aunque en proporción de uno a cuarenta. Tomé nota mental: era un dato clave.
Estaba a punto de ofrecerle un café cuando sonó el timbre. Sonó de una manera muy particular, con una melodía, tres notas ascendentes y un trino final. Mi madre había instalado en mi casa un timbre musical "porque la vida es demasiado breve para un *ding-dong*".
Gretchen levantó la vista.
—Dime que no es lo que estoy pensando.
—Mamá nunca avisa —suspiré.
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Abrí la puerta. Marguerite Swift entró como entra el sol en una habitación oscura: sin pedir permiso y deslumbrando a todo el mundo.
Llevaba un traje de safari color mostaza, un sombrero de ala ancha con una pluma de pavo real y, colgada del brazo, una cesta de mimbre enorme de la que sobresalían servilletas de encaje, un termo del tamaño de un extintor y, por supuesto, un número escandaloso de empanadas.
—¡Cariño! —exclamó, abrazándome con las dos manos y un sombrero—. Te he traído el desayuno de la resistencia.
Y justo detrás de ella, desfilando por el pasillo en fila india, aparecieron las tías.
Seis. Contadas.
La tía Odette, que mide metro y medio y tiene la voz de un barítono. La tía Pilar, que ve fantasmas y se lo cuenta a todo el mundo. La tía Bernadette, que no habla nunca pero lo observa todo con una intensidad inquietante. Las gemelas Cora y Dora, de setenta y dos años, que visten igual desde 1958. Y la tía abuela Philomena, noventa y un años, en silla de ruedas motorizada, que entró embistiendo el marco de la puerta con un golpe seco.
—¡Sitio, sitio! —dijo la tía Philomena—. ¡Que pasa la artillería!
Y detrás de ellas, con un chaleco reflectante y unas llaves de coche en la mano, estaba la vecina. Se llamaba Rosaura. Tenía carnet de conducir. Era, literalmente, el único dato que yo conocía sobre ella.
Mi casa tiene cuarenta y cinco metros cuadrados. En menos de un minuto había ocho mujeres dentro, además de un cubo de limpieza, una silla motorizada y una cesta de empanadas con vida propia.
Gretchen y Marguerite se miraron.
—Vaya —dijo Gretchen—. Veo que has traído a tu ejército.
—Y veo que tú has traído una escoba.
—Es un arma limpia.
—Es una *declaración de intenciones*.
—Señoras —intervine, levantando las dos manos—, antes de que alguien mate a alguien, ¿podemos hacer un café?
Nadie me contestó. Gretchen abrió la nevera y empezó a reorganizar mis yogures por fecha de caducidad. Marguerite instaló un mantel de encaje sobre mi mesa de trabajo, justo encima de la jirafa. La tía Pilar se puso a oler las esquinas del salón, murmurando que había "una presencia en el sofá". Las gemelas Cora y Dora se sentaron en una alfombra, cada una con una galleta, y empezaron a repartirse comentarios en estéreo.
—Qué cuadros más... abstractos.
—Es una jirafa, Cora.
—Ah, ya. Pues nadie lo diría, Dora.
—Una jirafa sin cuello es un pasillo, Eloise —sentenció la tía Philomena, pasándome por encima de un pie con la silla.
Eran las 7:23 de la mañana de un domingo. Yo tenía el moño torcido, el lápiz fuera de lugar y una bata con dibujos de patitos. Y ocho mujeres me estaban reorganizando la vida.
Llamé a Hans.
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Hans llegó a las 7:40, con una carpeta bajo el brazo y los ojos de un hombre que ha pasado la noche mirando el techo.
Editado: 14.10.2026