Guerra de consuegras.

Capítulo 3: La batalla del calendario.

Hans.

En mi trabajo existe una regla de oro: nunca fijes una fecha en una habitación donde haya más de una persona con opiniones. Se llama "el principio de la fecha envenenada". Yo mismo lo inventé, hace años, en una reunión sobre una póliza de inundaciones, y desde entonces lo he visto cumplirse con una precisión casi científica.

Entré en el salón de Eloise con el casco imaginario puesto y comprobé que el principio seguía vigente.

Había diecinueve personas, una silla motorizada, un acordeón y un señor sin identificar con un queso del tamaño de una rueda de coche. El ambiente olía a café, a jazmín y a pólvora emocional. En el centro, de pie a ambos lados de la mesa de dibujo de Eloise, mi madre y Marguerite se miraban con la serenidad de dos pistoleros a mediodía.

Sobre la mesa había tres objetos. Un calendario de pared con las semanas marcadas en azul, propiedad de mi madre. Un almanaque lunar con dibujos de hadas, propiedad de Marguerite. Y, entre ambos, aplastada bajo un tarro de lápices como un prisionero de guerra, la jirafa de Eloise.

—Hans —dijo mi madre sin apartar la vista de su rival—. Dile a tu futura suegra que el catorce de junio es una fecha excelente.

—Hans, cariño —dijo Marguerite, igualmente inmóvil—. Dile a tu futura suegra que el catorce de junio es un martes sin alma.

—Es sábado.

—Es un sábado sin alma.

—Los sábados no tienen alma, Marguerite. Tienen horario.

—¡Por eso mismo!

Eloise y yo nos quedamos junto a la puerta, como dos testigos de un accidente. Ella llevaba todavía la bata de patitos, y creo que en ese momento envidié a los patitos, porque ellos al menos no tenían que opinar.

—A ver —dije, levantando las manos—. Antes de nada: ¿alguien puede explicarme por qué hay que fijar la fecha hoy, a las once y cuarto de la mañana, en un piso de cuarenta y cinco metros cuadrados, con un hada madrina presente?

—Porque yo ya tengo la iglesia reservada —dijo mi madre.

—¿Ya? ¿Desde cuándo?

—Desde las 8:15. Llamé al párroco desde el balcón mientras vosotros dibujabais pajaritos.

—¡Mamá!

—Nunca es pronto para tener una iglesia.

—¡Pues yo ya tengo el jardín! —exclamó Marguerite, levantando el mentón—. Desde las 8:20. Llamé a mi primo Teodoro, que tiene una finca con un estanque y un cenador. Es el lugar más romántico de la comarca. Hay una fuente. Hay cisnes.

—Cisnes *vivos* —preguntó Eloise, con un terror justificado.

—Por supuesto, cariño. Los de hielo ya no podemos usarlos, gracias a cierta persona.

Mi madre sacó la libreta y escribió algo con un golpe seco.

—Constatado.

—¡Y esto también! —Marguerite agitó el almanaque lunar sobre su cabeza—. La noche de luna llena, la mejor para casarse, según el calendario de las hadas.

—¿Y cuándo hay luna llena? —pregunté, porque el instinto profesional me obligaba a pedir datos.

Marguerite abrió el almanaque con un gesto trágico y recorrió con un dedo la hilera de lunitas dibujadas.

—Pues... a ver... la próxima luna llena de junio cae... —Frunció el ceño—. El trece.

Se hizo un silencio muy interesante.

—El trece —repitió mi madre, con una ceja arqueada—. Mi fecha es el catorce.

—Ya lo sé.

—Es decir, que tu luna llena y mi día son consecutivos.

—Ya lo sé, Gretchen.

—Por lo tanto, tu luna llena queda un día antes.

—¡No me hables de matemáticas, que me da migraña!

—No son matemáticas. Es el orden natural de los días.

—¡El orden natural es lo que tú *conviertes* en cuadrícula!

Y ahí, justo ahí, ocurrió lo que los analistas de riesgo llamamos "pérdida de control del escenario". Mi madre dio un paso adelante. Marguerite dio otro. Las dos quedaron frente a frente, a un palmo de distancia, con las narices casi tocándose, y todos en la habitación contuvimos la respiración.

Lo rompió la tía Philomena, que arrancó la silla y avanzó dos metros con un zumbido eléctrico.

—¡Votación! —bramó—. ¡Que esto se resuelve votando, como en los buenos tiempos!

Todo el mundo se volvió hacia ella.

—Hace sesenta años —continuó— en mi pueblo hubo un conflicto por el tamaño de una calabaza. Se resolvió con una votación. Hubo tres muertos.

—¿Tres muertos? —pregunté.

—De risa. Pero fue una votación muy limpia.

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Mi experiencia con las votaciones es que nunca las gana quien tiene razón, sino quien tiene mejor organizada la logística. Y esa mañana, la logística era un desastre.

Primero hubo que decidir quién podía votar.

—Los novios, no —dijo mi madre—. Artículo 3 de la Convención: no pueden ser tomados como rehenes ni obligados a elegir bando.

—Y las que ya han firmado como testigos sí pueden —añadió Marguerite—. Tengo seis tías, una vecina...

—Y yo tengo un tío, una hermana y una prima.

—Más los primos del acordeón.

—Y Fifi, el hada madrina.

—¿Cuenta como persona o como símbolo? —preguntó la tía Brunhilde, con una voz que hizo vibrar los vasos.

—Cuenta como persona *disfrazada* —sentenció Fifi con dignidad, ajustándose las alitas—. Y como tal, tiene derecho a voto.

—¿Y el señor del queso?

Todos lo miramos. El señor seguía en el sofá, con las manos sobre el queso, sin decir nada. Tenía el aire apacible de un hombre que ha encontrado su lugar en el mundo, aunque nadie sepa cuál.

—¿Usted de qué lado viene? —le preguntó mi madre.

El hombre pensó un instante.

—Del queso —contestó.

Hubo un murmullo de aprobación. Aquello, aparentemente, era una respuesta válida.

Eloise me susurró al oído:

—Hans, tú que eres el de los protocolos. Esto es una locura. ¿No puedes intervenir?

—Estoy recopilando información.

—Estás escondido detrás de la puerta.

—Es una posición estratégica de observación.

Mientras tanto, mi madre había sacado una caja de zapatos, que Dios sabe de dónde salió, y la forró de papel de regalo en menos de cuarenta segundos. Con una regla recortó papeletas idénticas. Las repartió. Le dio a cada votante un lápiz del tarro de Eloise (que, por cierto, tenía contados).



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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