Hans.
En mi profesión hay un tipo de riesgo que no figura en ningún manual: el riesgo acústico. Nadie asegura un oído. Nadie sabe cuánto vale la paz de un tímpano. Yo lo descubrí esa mañana, en el vestíbulo del Auditorio Municipal Santa Cecilia, con una carpeta azul marino bajo el brazo y un par de tapones de espuma que había comprado la noche anterior en una farmacia de guardia.
—Hans —dijo Eloise, mirándome las orejas—. Pareces un submarinista.
—Es prevención.
—Llevas los tapones desde el coche.
—Es *mucha* prevención.
Eran las 6:58. Hacía un frío limpio, de los que despiertan, y en el aire flotaba esa calma sospechosa que precede a los grandes desastres. A las 6:59, el coche de mi madre aparcó con precisión de cirujano. A las 7:01, el repiqueteo de cascos nos informó de que la carroza venía por la avenida.
Esta vez traía novedades.
Napoleón llevaba cascabeles en las patas. Las seis tías, las gemelas, Fifi y Rosaura se habían puesto el uniforme rojo con un añadido: cada una sujetaba un instrumento. La tía Odette, un trombón. Cora, un triángulo. Dora, unos platillos. Fifi agitaba una pandereta con la varita. Y la tía Philomena, atada a su silla motorizada, llevaba en el regazo un bombo del tamaño de una lavadora.
—¡Buenos días, sinfonía de mi vida! —gritó Marguerite, bajando de la carroza con una batuta de oro—. ¡Hoy hacemos música!
Detrás de la carroza, en fila de a dos, caminaba una multitud vestida con túnicas moradas. Contaban sus pasos con la boca, cantando escalas sin parar.
—¿Y esto? —preguntó mi madre, con un ojo cerrado.
—El Coro del Pentecostés del Barrio. Ciento veinte voces. Ensayan en un sótano. Les he dicho que la acústica del auditorio es un regalo del cielo.
—Ciento veinte —repitió mi madre—. En un edificio con aforo para trescientos.
—Y un hombre que toca la sierra.
Marguerite señaló con la batuta. Del final de la fila avanzaba un señor delgado, de bigote lacio, con una sierra de carpintero en una funda de terciopelo. Hizo una reverencia.
—Eustaquio —se presentó—. Solista.
Mi madre abrió su maletín. Con una calma que me hizo temblar, sacó un metrónomo de madera, un decibelímetro, una partitura encuadernada, dos juegos de tapones industriales y, por último, un silbato.
—Yo traigo un cuarteto de cuerda. Cuatro músicos profesionales, un repertorio clásico de dos horas y una norma: ni un decibelio por encima de setenta.
—Setenta —repitió Marguerite—. ¿Setenta? Eso es un susurro.
—Es una *conversación civilizada*.
—Es un funeral.
—Es una ceremonia.
Eloise y yo nos miramos. Eloise sacó de su bolsillo un cuaderno y dibujó, con trazo rápido, dos aves cantando sobre un cable, una con un metrónomo en el pico y otra con un trombón. Me lo enseñó.
—Se llama "Concierto para dos aves y un tímpano roto" —susurró.
—Me da miedo que sea una predicción.
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Dentro del auditorio olía a madera encerada y a cortinas viejas. Los asientos eran de terciopelo rojo, el techo estaba cubierto de pequeños ángeles de yeso y, en el escenario, brillaba un piano de cola negro con la tapa levantada como la boca de un cocodrilo.
Nos recibió un hombre menudo, de frac y pelo blanco alborotado, con una batuta en la mano y una expresión de cansancio infinito.
—Maestro Ludovico Armonía —se presentó, con una reverencia que le costó visiblemente la espalda—. Director de Los Armónicos. Bienvenidos.
Mi madre y Marguerite lo miraron al mismo tiempo.
—¿Los Armónicos? —dijeron.
—Sí.
—¿Usted es el cuarteto de cuerda? —preguntó mi madre.
—Y también la orquesta —admitió él—. Y también el coro de reserva.
—¡Yo contraté a *su* orquesta! —exclamó Marguerite.
—¡Y yo a *su* cuarteto!
—Verán —dijo el Maestro, quitándose un guante con dedos temblorosos—. Soy un hombre de arte, pero también de hipoteca. Cuando me llamaron las dos el mismo día, pensé: puedo hacerlo. Los músicos son los mismos, solo cambiamos de vestuario.
Se oyó un golpe seco tras la cortina. Un trombón rodó por el escenario. Salieron cuatro músicos en bata, despeinados, con cara de no haber dormido desde 2019.
—Es el primer cambio —murmuró uno—. Nos ha quedado el chaleco a medias.
—¿Y la orquesta de cuarenta músicos? —preguntó mi madre.
—Son los mismos cuatro —dijo el Maestro— más trece sustitutos, un pariente, tres estudiantes y un señor que pasaba por allí.
—¿Y los demás?
—Muñecos de cartón.
Se hizo un silencio. Eloise se agarró a mi brazo.
—Hans, ¿acabamos de contratar una orquesta de cartón?
—Una orquesta *híbrida* —dijo el Maestro, ofendido—. Con mucho potencial acústico.
—Constatado —murmuró mi madre, y escribió.
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Debo explicar lo que sigue con orden, porque el orden fue lo único que se perdió durante las dos horas siguientes.
Mi madre se instaló en la primera fila con su metrónomo, que puso a sesenta pulsaciones por minuto. Tic. Tac. Tic. Tac. Su idea era que cualquier pieza de la ceremonia se interpretara a ese ritmo, sin excepciones, "porque la solemnidad no tiene prisa y los novios no pueden ir corriendo al altar".
Marguerite, en la última fila, ocupó el espacio con el coro. Ciento veinte personas con túnica morada se acomodaron en el patio de butacas, en los palcos y, por falta de sitio, en el escenario, sobre el piano, junto a la sierra de Eustaquio y alrededor del Maestro, que quedó aprisionado como un náufrago.
—Primera prueba —anunció mi madre, con el silbato en los labios—. La marcha nupcial. Cuarteto, a mi señal.
Pitó una vez.
Los cuatro músicos en bata (ya con el frac puesto, tras un cambio relámpago) empezaron a tocar. La melodía era la de siempre: solemne, majestuosa, perfectamente aburrida. Mi madre cerró los ojos, respiró hondo y marcó el compás con un dedo.
—Esto —susurró— es la paz.
Y entonces, desde la última fila, Marguerite alzó la batuta.
Editado: 14.10.2026