Guerra de consuegras.

Capítulo 8: La batalla de la iglesia.

Eloise.

Yo no soy una persona religiosa. Soy una persona que dibuja, que es parecido, pero con menos horario. Aun así, esa mañana, al pie de los escalones de la parroquia de San Eulogio, me santigüé tres veces. La primera por costumbre, la segunda por prudencia y la tercera por Hans, que llevaba una carpeta negra con un pato y un pararrayos en la portada y respiraba como un hombre que va a firmar su propio testamento.

Eran las 7:26. Hacía un viento fresco que olía a incienso lejano y a pan recién hecho. Frente a la fachada de piedra, bajo un rosetón con un santo que parecía tener mucho que decir, nos esperaba el Padre Cipriano, con su sotana, su sombrero de ala corta y su campanilla de latón.

—Buenos días, hijos —dijo con una sonrisa mansa—. Qué puntuales. Y qué pálidos.

—Hemos dormido poco, Padre —respondió Hans.

—Es lo normal. Cuando uno se casa, el cuerpo se prepara con insomnio. Cuando se casan los hijos, con insomnio y ojeras. Y cuando se pelean las madres... —Se detuvo, miró el cielo y se encogió de hombros—. Con la ayuda de Dios.

A las 7:29, con el silencio de una daga, el coche de Gretchen aparcó frente a la puerta. Salió con un traje negro y una mantilla de encaje, también negra, que le caía sobre los hombros como una nube de luto elegante. En una mano llevaba el maletín. En la otra, un misal de tapas de cuero con las pestañas de colores de su libreta. Se había ordenado hasta la fe.

A las 7:30, justo cuando el reloj del campanario marcaba la hora con una campanada ronca, se oyó un tintineo. Y por la esquina asomó la carroza.

No venía nadie en el pescante. Venía Napoleón solo, a paso solemne, con la corona de margaritas y una mantilla blanca por si acaso, tirando de un carruaje vacío. Detrás, a pie, jadeando como una procesión de penitentes, llegaban las seis tías, las gemelas, Fifi, Rosaura y, al final, con la silla motorizada a plena velocidad, la tía Philomena, que gritaba "¡Dejad paso a la Iglesia militante!". Marguerite cerraba el desfile, con un vestido violeta de obispo, un manto de terciopelo y un sombrero que parecía una mitra con plumas.

—¡Buenos días, Padre! —cantó, haciendo una reverencia tan profunda que se le torció la mitra—. ¡Qué mañana más bendita!

—Bendita y limpia —corrigió Gretchen—. Que es lo que debe ser una mañana.

—Yo no veo ninguna diferencia entre una cosa y otra.

—Pues deberías.

El Padre Cipriano levantó la campanilla y la agitó, con un sonido tan pequeño y claro que las dos se callaron al instante. Tengo que anotarlo: es el primer ser humano al que he visto detener a mi madre y a Gretchen Taylor con un instrumento de latón.

—Pasen —dijo—. Y por favor, dejen las armas en el vestíbulo.

—No traemos armas —dijo Gretchen.

—Una regla de acero de cuarenta centímetros sobresale de su bolso.

—Es una herramienta de medición.

—Y una percha de metal, bajo su manto —añadió, mirando a mi madre—. Y un tenedor, en su manga.

—Es un tenedor de gala —se defendió Marguerite.

Entramos. Las dos dejaron sus cosas en una caja de madera que decía *Limosnas*. La caja tembló, como si le pesara.

---

La parroquia de San Eulogio es una iglesia pequeña y hermosa, de piedra gris, con vidrieras de colores y un olor a cera que se queda en el pelo durante días. Tiene doce bancos de madera oscura a cada lado de la nave, un altar con un Cristo sereno, un órgano antiguo en el coro y, a la izquierda, junto a una columna, un confesionario de nogal con dos cortinas de terciopelo granate.

Nada más entrar, el Padre Cipriano nos llevó hasta el primer banco de la derecha y nos señaló una pequeña placa de latón clavada en el respaldo.

—Este banco —dijo— está reservado para la familia de la novia.

Marguerite sonrió, triunfal.

—Y este —añadió, señalando el primer banco de la izquierda— para la familia del novio.

—Excelente —dijo Gretchen.

—Hay un pequeño problema —confesó el sacerdote, dejando caer los hombros—. Mi sacristán, un hombre muy eficiente, recibió ayer dos llamadas. Una a las 8:15 de la mañana, de una señora con voz de metrónomo. Otra a las 8:20, de una señora con voz de orquesta. Las dos reservaron *este* banco. Para sus familias. A la derecha.

—¿Cómo que a la derecha? —preguntó Gretchen—. Yo reservé la izquierda.

—Usted pidió "el lado del corazón".

—Que es la izquierda.

—Según la anatomía, sí. Según el sacristán, el lado derecho del altar es el lado del corazón del sacerdote.

—Eso es un error de interpretación.

—Es un error de *geografía* —dijo Marguerite—. Yo pedí el lado de la luz. Y la luz entra por las vidrieras del sur, que son las de la derecha.

—Yo pedí el lado del orden.

—¡El orden no tiene lado!

—¡Todo tiene lado!

El Padre Cipriano levantó la mano.

—Hay una solución sencilla. Dos familias, una sola iglesia, doce bancos por lado. Basta con sentarse.

—No —dijeron las dos.

—No me siento al lado de ella —dijo Gretchen.

—Ni yo de ella —dijo Marguerite.

—Pero si están sentándose en el mismo banco...

—¡Ese banco es *mío*!

—¡Ese banco es *mío*!

Y se lanzaron las dos, con el misal y la mitra, hacia el primer banco de la derecha, como dos niñas peleando por el asiento delantero de un autobús. Gretchen llegó primero. Se sentó con la espalda recta, las manos sobre el misal y una sonrisa victoriosa. Marguerite se sentó a su lado, pegada a ella, con una sonrisa aún más amplia. Se quedaron las dos así, hombro con hombro, mirando al frente con rigidez, sin ceder un centímetro.

—Ahora —dijo Gretchen, apretando los dientes— apártate.

—Apártate tú.

—Estoy en mi banco.

—Estás en el *mío*.

—Estoy aquí desde las 7:31.

—Yo estoy aquí desde hace *veinte años*, que es cuando soñé con este momento.

—Los sueños no cuentan como reserva.

—¡Claro que cuentan! ¡Los sueños son la reserva más antigua que existe!



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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