Guerra de consuegras.

Capítulo 10: La batalla de las dos bodas.

Eloise.

Hay un momento, al dibujar, en que te das cuenta de que el papel se te ha quedado pequeño. Empiezas con una escena sencilla, dos aves en un lago, y de pronto necesitas cuatro aves, cuatro libretas, un caballo, un pato y una iglesia. Entonces pegas otra hoja con celo. Y otra. Y otra. Esa mañana, a las 6:50, yo tenía ya siete hojas pegadas sobre la mesa de mi cocina y no cabía ni una tía más.

—Hans —dije por teléfono—. Necesito un mapa.

—Tengo uno. Es un diagrama de fuerzas.

—¿Cuántas flechas?

—Treinta y una. Y una nube que he llamado "Napoleón".

—Perfecto. Tráelo.

Llegó a las 6:58 con la carpeta nueva, de color rojo sangre, titulada con una caligrafía temblorosa: *Conflicto multilateral: Taylor, Swift, Montalbán y Pérez*. Se sentó en mi cocina, desplegó el diagrama sobre mis hojas pegadas y los dos nos quedamos mirando aquel nudo de flechas como quien contempla una tela de araña tejida por una araña con insomnio.

—Es un desastre —dije.

—Es un desastre *organizado*.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que este tiene leyenda.

A las 6:59 sonó el timbre musical de mi madre: tres notas ascendentes y un trino. A las 7:00, el timbre de otra marca, que yo no conocía: un *ding* seco, metálico, como un cronómetro. Abrí la puerta.

En el rellano esperaban cuatro mujeres.

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Gretchen, con su traje azul marino y la libreta azul. Úrsula, con su jersey de lana y la libreta roja. Marguerite, con un vestido de general napoleónico de color malva. Y Cándida, con un sombrero de plumas violetas, un chaleco de lentejuelas y un megáfono.

Las cuatro entraron con el paso decidido de quien ocupa un territorio. Pero mi cocina es pequeña, y por un momento hubo un atasco en la puerta, cuatro mujeres con cuatro bolsos y cuatro dignidades intentando pasar a la vez, cada una convencida de que le correspondía el primer turno.

—Después de ti —dijo Gretchen.

—No, después de ti —dijo Úrsula.

—Qué cortesía tan sospechosa —dijo Marguerite.

—Es una cortesía *táctica* —admitió Cándida.

Resolvió la situación Hans, que se plantó junto al marco, extendió los brazos y dijo con voz de portero de discoteca:

—Una a una, por orden de llegada. Gretchen, a las 6:59. Úrsula, a las 7:00:03. Marguerite, a las 7:00:05. Cándida, a las 7:00:06.

—¿Cómo sabes los segundos? —preguntó Cándida, impresionada.

—Los he cronometrado desde la mirilla.

Gretchen levantó una ceja con orgullo evidente. Entraron las cuatro, se acomodaron alrededor de la mesa y, por inercia, abrieron las libretas. Yo serví café en seis tazas, una por cabeza, más una para Hans y una para mí. Sobre el diagrama puse una jirafa de cartón, que usé de pisapapeles.

—Muy bien —dije—. Tenemos un problema: una iglesia, un día, una hora, dos bodas.

—Tres —corrigió Úrsula.

—Dos.

—Tres. La de ellos, la de ustedes y la de mi sobrina, que se casa el mismo día por lo civil, al lado, en el ayuntamiento.

—Eso no es una boda de iglesia.

—Pero hace ruido.

—Constatado —dijo Gretchen, de mala gana.

Hans levantó la mano como en el colegio.

—Propongo un método. Cuatro madres, cuatro propuestas. Cada una la expone en cinco minutos. Después votamos.

—Eso ya lo intentamos —dije yo—. Salió un queso.

—Este es otro sistema —dijo Hans—. No hay papeletas. Hay *sorteo*.

—¿Sorteo? —preguntó Marguerite, con ojos brillantes—. ¡Me encantan los sorteos!

—Es la manera más imparcial.

—¡Con bolas de colores!

—Con bolas de colores.

—¿Y con tómbola?

—No tengo una tómbola.

—Yo sí —dijo Cándida, con un gesto de prestidigitadora, y sacó de su bolso una tómbola de metal, con manivela y todo.

Las miré. Eran cuatro mujeres adultas, con carrera, con hijos, con hipoteca, mirando una tómbola con el brillo en los ojos de una niña en una feria. Y entonces me di cuenta, con un escalofrío cálido, de que en realidad esa guerra era también, en gran parte, un juego. Un juego muy serio, con reglas, trofeos y adversarios. Y que a las cuatro les estaba salvando de algo que ninguna se atrevía a nombrar.

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El sorteo tuvo cuatro bolas: una roja, una azul, una verde y una dorada. Cada bola representaba un turno para elegir la hora en la iglesia. Quien sacara la dorada elegiría primero, y así sucesivamente.

Hans hizo girar la manivela con solemnidad. La tómbola crujió. Cuatro bolas rebotaron dentro, tintineando. Las cuatro madres se inclinaron sobre ella como quien espera el parto de una vaca.

—Rojo —dijo Hans, y sacó la primera bola—. Úrsula.

—Cuarto turno —suspiró ella.

—Azul. Cándida. Tercer turno.

—Podría ser peor.

—Verde. Marguerite. Segundo turno.

—¡Segundo! ¡Qué suerte! ¡Qué bien!

Gretchen miró la tómbola. Se quedó muy quieta. En el fondo del cilindro rodaba una sola bola dorada.

—La dorada es mía —dijo.

—Es el primer turno —dijo Hans.

—Lo sé.

—Eliges tú la hora.

—Lo sé.

—Entonces, Gretchen... ¿a qué hora?

Se hizo un silencio. Gretchen se humedeció el bolígrafo. Escribió algo en la libreta. Lo tachó. Escribió otra cosa. La miré con curiosidad. Siempre había creído que mi futura suegra elegiría las diez de la mañana sin dudar. Pero había una duda real en sus ojos.

—Las seis de la tarde —dijo al fin.

—¿Las seis? —repitió Marguerite—. ¿Por qué las seis?

—Porque... a las seis hay luz, pero ya no hace calor. Y los invitados llegan descansados. Y la comida se sirve a tiempo. Y...

—Y se pone el sol —dijo Marguerite, con un hilo de voz.

—Eso también.

—Es la hora del cielo naranja.

—No lo había pensado así.

—Pues lo has elegido bien.

Gretchen frunció el ceño. Estaba descolocada. Era la segunda vez en dos días que Marguerite le decía algo amable y no sabía dónde archivarlo.

—Es el primer turno —murmuró—. No tiene mérito.



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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