Eloise.
Dibujar un león es fácil. Dibujar un león que se ha tumbado a los pies de un señor con un Camembert, mientras un elefante bosteza y siete cisnes te miran con odio profesional, requiere una pericia que no figura en ningún curso de ilustración. Esa mañana, detrás de un seto con forma de pavo real, intenté capturarlo todo en mi cuaderno y fracasé estrepitosamente. El lápiz me temblaba. El león, no. Brutus bostezó con la elegancia de un duque y se lamió una pata.
—Eloise —susurró Hans a mi lado—. Está haciendo lo que hacen los gatos.
—Es un gato grande.
—Es un gato grande con una cinta azul.
—Hans, deja de analizar.
—No puedo. Es mi única defensa.
El hombre de las gafas de sol, que según su tarjeta se llamaba Ramiro Colosal, director general de Bodas Colosales S.L., caminaba alrededor del camión con una carpeta y el aplomo de quien jamás ha pagado una multa.
—No se preocupen —dijo—. Brutus es un profesional. Ha trabajado en tres circos, dos anuncios de coches y una boda en Marbella.
—¿Qué pasó en la boda de Marbella? —preguntó Hans.
—Nada que consten los tribunales.
—¿Y los anuncios?
—Muy buenos. Pero nos pidieron que no repitiéramos.
Mi madre y Gretchen se acercaron a él con el paso de dos fiscales. Gretchen ya había sacado la libreta. Mi madre había sacado, no sé de dónde, un mazo de abanico de plumas con el que se daba aire para no desmayarse.
—Caballero —dijo Gretchen—. ¿Quién le ha contratado?
—Una señora con megáfono.
—¿Y quién ha autorizado un león?
—El león viene incluido en el paquete Oro Imperial.
—Nosotros no hemos contratado ningún Oro Imperial.
—Pues se lo han cobrado a su consuegra.
—¡Cándida! —gritaron las tres a la vez.
Cándida, que seguía con el sombrero cubierto de salsa y la cara de una niña pillada con la mano en el bote, abrió los brazos.
—Era una oferta. Venía con fuegos artificiales y un mago.
—¿Un mago? —preguntó Úrsula, con un ojo temblando.
—Un mago que corta a su ayudante en dos.
—¿Y lo vuelve a juntar?
—Depende del día.
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La primera consecuencia fue que nadie se quiso ir. Eso fue lo más desconcertante. Con un león, un elefante y siete cisnes en el jardín, lo razonable habría sido llamar a protección civil, a los bomberos, a la policía y a un exorcista. Pero Marguerite, con una resolución repentina, declaró que aquella finca era *territorio neutral* y que de allí no salía nadie sin haber celebrado "un ensayo general de la ceremonia conjunta".
—¿Un ensayo? —dijo Gretchen—. ¿Con un león?
—Con todos. Será nuestro último gran acto antes de la boda.
—Marguerite, hace diez minutos decías que no querías mil doscientos invitados.
—Y no los quiero. Pero esta gente ya está aquí, y esta finca ya está pagada, y ese camión ya ha llegado. Y yo soy una mujer de recursos. ¿Quién dice que no podemos hacer un ensayo pequeño... pero con mucho público?
—No es un ensayo pequeño —dije yo—. Es un caos con pretensiones.
—¡Por eso mismo! —exclamó Marguerite, y alzó la batuta de oro—. ¡A formar!
Nadie la obedeció, naturalmente. Pero tampoco nadie se marchó. Y a las once menos cuarto, por una combinación de curiosidad, resignación y pereza, estábamos todos formados en el césped en una especie de fila indescifrable, mientras Ramiro Colosal repartía carpetas con el nombre de cada uno.
—Aquí tienen sus papeles —decía—. Usted, la madre del novio. Usted, la madre de la novia. Usted, la otra madre del novio. Usted, la otra madre de la novia. Usted, el señor del queso, ¿qué papel prefiere?
—El de queso —dijo el señor.
—No existe ese papel.
—Pues será un papel de apoyo.
—Perfecto. Apoyo con queso.
A mí me tocó el papel de "novia principal". A Hans, el de "novio principal". A Joaquín e Itziar, el de "novios auxiliares". Y a la tía Philomena, sin que nadie supiera por qué, el de "dama de honor honoraria con derecho a embestir". Ella lo aceptó con una lágrima de emoción.
—Siempre soñé con ser honoraria —dijo.
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Los operarios de Bodas Colosales levantaron en media hora una carpa que, según el folleto, "se despliega sola". Y era verdad. Tiraron de una cuerda, sonó un chasquido y una lona blanca del tamaño de un campo de fútbol se extendió por el césped con un zumbido neumático, inflándose como un globo gigantesco. En el interior había mesas redondas, sillas doradas, un escenario con focos y un arco floral de plástico que Gretchen miró con un desdén de calas.
—Qué horror —murmuró—. Es una boda de catálogo.
—Es una boda *eficiente* —dijo Ramiro.
—Es una boda sin alma.
—Tiene una atracción sorpresa.
—Ya la he visto. Se está comiendo mi Camembert.
—Es mío —dijo el señor del queso, con serenidad.
Brutus, ahora, estaba tendido sobre la pista de baile, con el hocico apoyado en las zapatillas del señor y un trozo de queso entre las zarpas. Había dejado de ser un león y se había convertido en un cojín gigante con dientes.
—Eloise —me susurró Hans—. ¿Te das cuenta de que todo sucede porque alguien nos mira?
—¿Cómo?
—Que cada vez que aparece una criatura gigantesca, hay un señor con queso que la domestica.
—¿Y?
—Que quizás la solución a todas las guerras sea el queso.
—Hans, ¿te has golpeado la cabeza?
—Con un cisne. Hace una hora.
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El ensayo comenzó a las doce. El orden del día era sencillo: procesión de novios, entrada de madres, palabras del oficiante, intercambio de anillos, beso, música y salida. Ramiro Colosal, con un micrófono en la oreja, dirigía desde una torre de andamio, con una voz que parecía la de un controlador aéreo.
—Atención, atención. Madres de los novios, a la posición uno. Cisnes, a la posición dos. Elefante, a la posición tres.
—¿Los cisnes forman parte del ensayo? —preguntó Hans.
—Son el coro natural.
Editado: 14.10.2026