Hans.
Los seguros tienen una cláusula famosa que se llama "fuerza mayor". Cubre terremotos, inundaciones, guerras e invasiones extranjeras. Nunca ha cubierto un elefante pequeño. Lo comprobé esa mañana a las 6:45, en la cocina de mi apartamento, releyendo mi póliza personal con una taza de café temblando en la mano.
Quedan excluidos los daños causados por animales de gran tamaño en el contexto de celebraciones.
-Qué casualidad -murmuré.
Había dormido dos horas. Soñé que el elefante me pedía la mano de Eloise y yo, en vez de negarme, le pedía el seguro. Me vestí, cogí la carpeta nueva (marrón, con una huella de elefante dibujada a mano por Eloise y el título *Riesgo: paquidermo*) y salí hacia la finca.
La finca del primo Teodoro queda a cuarenta minutos de la ciudad, al final de un camino de tierra flanqueado de chopos. Se llama *Villa Sosiego*, y es lo menos sosegado que he visto en mi vida. Un portón de hierro forjado con dos cisnes de bronce. Un jardín enorme, con setos recortados en forma de animales (algunos reconocibles). Una casa señorial de piedra rosada, un cenador blanco, una fuente con querubines y, al fondo, un estanque grande, de agua oscura, donde flotaban, con aire de aristócratas descontentos, siete cisnes.
Siete cisnes de verdad. Vivos. Mirándome.
A las 6:59 llegó el coche de mi madre. Aparcó en la entrada, junto a una estatua de Diana cazadora a la que alguien había puesto un sombrero. Bajó con botas de campo impecables, un chaleco de pesca con cuarenta bolsillos y unos prismáticos al cuello. Detrás aparcó Úrsula, con idéntico chaleco, pero en rojo.
-¿Habéis quedado para vestiros igual? -pregunté.
-Es casualidad -dijo mi madre.
-Es afinidad -dijo Úrsula.
-Es *uniformidad* -dijeron las dos, y se miraron con una satisfacción culpable.
A las 7:01 sonó el estruendo. Primero un trompeteo grave, de los que hacen vibrar el suelo. Después, un tintineo de cascabeles. Y por el camino de chopos, a paso majestuoso, apareció el desfile.
Tres carrozas. La primera, dorada, tirada por Napoleón, con Marguerite en el pescante, vestida de emperatriz. La segunda, plateada, conducida por Cándida con su megáfono. La tercera, de madera pintada de verde, con el escudo de los Montalbán. Y detrás, cerrando la comitiva, balanceándose con una dignidad infinita, un elefante.
Era pequeño, sí. Del tamaño de una furgoneta. Llevaba una manta bordada, una corona de flores y una plataforma sobre el lomo con barandilla, donde iban la tía Philomena, el señor del queso y, de pie con los brazos abiertos, Fifi el hada madrina, gritando "¡Soy la reina del mundo!".
-Hans -dijo Eloise, que acababa de llegar corriendo, con el pelo revuelto y el cuaderno en la mano-. Dime que es un sueño.
-Es una póliza excluida.
-¿Tiene nombre?
-Se llama Baltasar II.
-¿Como el florista?
-Es su sobrino. Digo, su elefante. Es una larga historia que me ha contado el cuidador mientras bajaba.
-¿Qué cuidador?
Señalé. Detrás del elefante caminaba un hombre diminuto con sombrero de safari, una vara y cara de querer ser invisible.
-Me ha pedido que no lo mire a los ojos -susurré-. Dice que lleva tres semanas sin cobrar.
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Teodoro nos recibió en el porche. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, rechoncho, de bigote engominado y bata de seda con dragones. Tenía las manos llenas de anillos y la mirada de un hombre que ha invertido todo su dinero en una finca y ahora necesita que alguien la use.
-¡Mis queridos primos! -exclamó, abriendo los brazos-. ¡Mi querida Marguerite! ¡Mi estimada Gretchen!
-Yo no soy su prima -dijo mi madre.
-Es una cuestión de espíritu.
-Eso no es un parentesco legal.
-En mi finca, sí.
-Pues será una finca muy permisiva.
-Lo es. Pasen, pasen. He preparado un recorrido.
Nos llevó por el jardín como un guía de museo. Nos mostró el cenador ("capacidad: ciento cincuenta personas, o doscientas si se quieren mucho"), los setos con forma de animal ("un oso, un pavo real y algo que creo que es un perro"), la fuente de los querubines ("tienen una fuga, pero le da carácter") y un campo de césped enorme, llano y verde, donde mi mente de analista de riesgos vio instantáneamente un banquete de mil doscientos comensales y siete accidentes graves.
-Aquí -dijo Teodoro, extendiendo un brazo- pueden montar la carpa. Quinientos metros cuadrados. Con pista de baile.
-¿Y los baños? -preguntó mi madre.
-Hay tres.
-Para mil doscientos.
-Son muy grandes.
-Teodoro, ¿cuánto tarda una persona en usar un baño?
-No lo sé. Soy un hombre de naturaleza.
-Cuatro minutos de media. Mil doscientos por cuatro, entre tres cabinas...
-Mil seiscientos minutos -murmuré yo, calculando-. Veintiséis horas y media.
-¡Pues que se turnen! -dijo Marguerite.
-La boda dura seis horas.
-Pues que se *aguanten*.
-Constatado -dijo mi madre-. Pero con horario.
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La prueba del banquete empezó a las ocho. Teodoro había contratado a un cocinero, Remigio, un hombre enorme de cara roja y delantal con quemaduras, que se presentó con un cucharón en alto y un acento indefinible.
-¡Yo cocino para el pueblo! -rugió-. ¡Para mil, para dos mil, para el mundo entero!
-Qué entusiasmo -murmuró Úrsula.
-Qué volumen -murmuró Cándida.
Remigio había dispuesto, en el cenador, una mesa larga con cuarenta platos de prueba: sopas, asados, ensaladas, pescados, postres, un cordero entero girando sobre un espetón y una olla de paella del tamaño de una piscina infantil.
-Prueben, prueben -dijo-. Y díganme qué piensan.
Mi madre tomó un plato. Cuchara. Probó. Cerró los ojos. Abrió la libreta.
-Falta sal -dijo.
El silencio fue inmediato. Marguerite dejó de masticar. Úrsula alzó la vista. Cándida, por reflejo, se tapó la boca con la mano.
-Es una observación -aclaró mi madre, con cautela.
Editado: 14.10.2026