Guerra de consuegras.

Capítulo 16: La batalla del padre ausente.

Eloise.

Tengo un padre desde hace veintiocho años y lo he visto, en total, cuatro veces. Una en una foto de mi bautizo. Otra en una postal de Venecia, sin remite. La tercera en un sueño que nunca conté. Y la cuarta, esa mañana, a las 7:01, bajando de un coche descapotable rojo con una maleta en cada mano y un loro de peluche en la cabeza.

Pero vayamos por orden, que es lo que Gretchen me ha enseñado.

A las 6:15 yo ya estaba sentada en la escalera de la casa de mi madre, con el vestido de lino puesto (nadie me había dicho que me lo quitara) y el cuaderno en las rodillas, sin dibujar. Llevaba cuatro intentos de padre en la hoja. Todos tenían bigote, y ninguno se parecía a nada. Hans se sentó a mi lado con una carpeta negra, titulada con letra muy pequeña: *Riesgo: ausencia con regreso*.

-No sé qué se hace -le dije.

-¿Con qué?

-Con un padre. Nunca he tenido que decidir qué hacer con uno.

-Yo tampoco. Tengo la mitad de uno. Está en las libretas de mi madre.

-¿Y qué haces con esa mitad?

-Le pongo la mesa. Cuando mi madre no mira.

Me apoyé en su hombro. Dentro de la casa se oían pasos, voces y el tintineo de tres mujeres que no habían dormido y se habían puesto de acuerdo en no decirlo. Gretchen había llegado a las 5:50, "para preparar el terreno". Odilia bajó a las 6:05 con el bastón y un abrigo de visón por si el pasado hacía frío. Y mi madre llevaba toda la noche limpiando una casa que ya estaba limpia.

-Hija -dijo, asomando por la puerta con un trapo en la mano-. ¿Tengo cara de abandonada?

-Tienes cara de haber limpiado el mismo plato once veces.

-Es mi forma de pensar.

-¿Y en qué piensas?

-En qué le voy a decir.

-¿Qué le quieres decir?

Mi madre se quedó quieta. Los ojos le brillaron un segundo, con ese brillo de teatro que usa para esconder lo que de verdad siente.

-Quince cosas -dijo-. Y una de ellas es "pasa, que hay sopa".

---

A las 6:59 llegó el coche de Gretchen, con Úrsula y Cándida de acompañantes, las dos con chalecos nuevos y expresión de refuerzos. Detrás venían las tías, uniformadas, las gemelas con sus idénticos sombreros, Fifi con las alas recién planchadas, Rosaura con el bocadillo y la tía Philomena, que aparcó la silla junto a la puerta y declaró, con voz de trueno:

-¡Que pase ese sinvergüenza! ¡Llevo veintiocho años esperando tirarle un zapato!

-Tía, no hay zapatos en el reglamento -dijo Hans.

-Entonces serán dos.

Gretchen entró en el salón. Abrió la libreta. Pasó las pestañas con el dedo hasta llegar a una pestaña que ya estaba preparada, de un color que yo no le había visto: dorado. Escribió en lo alto, con letra firme: *Octavio Swift. Agravios pendientes.* Y debajo, numeró del uno al quince.

-¿Tú ya tienes lista de agravios contra mi padre? -pregunté.

-Desde anoche.

-Pero si no lo conoces.

-Conozco a tu madre. Con eso basta para saber qué se debe.

-Gretchen, ¿tú lo vas a regañar por ella?

-Voy a regañarlo por *todas*. Es una cuestión de eficiencia.

-¡Eso me corresponde a mí! -dijo mi madre, soltando el trapo.

-Y a mí -dijo Odilia, apoyando el bastón con un golpe seco-. Soy su suegra. Tengo precedencia.

-Yo soy su esposa.

-Su ex esposa.

-Su esposa *abandonada*, que es un rango superior.

-Yo soy su consuegra -dijo Gretchen-. Tengo precedencia futura.

-¡Eso no existe!

-Lo acabo de crear.

-¡Constatado! -gritó la tía Philomena, sin saber de qué.

Hans se inclinó hacia mí.

-Eloise, están peleando por el derecho a echarle la bronca primero a tu padre.

-Lo sé.

-Es un conflicto de jurisdicción.

-Anótalo.

-Ya está anotado con una flecha.

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La solución llegó de la mano de Cándida, que sacó la tómbola de su bolso con un gesto de prestidigitadora. Tres bolas de colores. Tres turnos para reñir. Una lotería de reproches.

-¿Con el mismo sistema? -preguntó Odilia, con desconfianza.

-Es imparcial -dijo Cándida.

-Es una tómbola -dijo Úrsula.

-Es lo mismo.

Hans giró la manivela. Cayeron las bolas. La azul fue para Odilia, que protestó por el color y se quedó con el tercer turno. La verde fue para mi madre, que lo celebró con un grito y se quedó con el segundo. Y la dorada, claro, fue para Gretchen.

-Primer turno -dijo, con una sonrisa que habría hecho temblar a un tribunal-. Tres minutos, sin interrupciones.

-No es justo -dijo mi madre-. Tú ni siquiera lo conoces.

-Por eso mismo. Soy objetiva.

-¡Los agravios no son objetivos!

-Los míos, sí. Están numerados.

Y fue entonces cuando, desde el fondo de la calle, llegó el ruido.

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Primero fue un motor, un rugido grave, de coche de otra época, con un tubo de escape que tosía como un fumador valiente. Luego una música, una canción en italiano a todo volumen, con acordeón y una voz de tenor enamorado. Y por último, entre una nube de polvo y confeti, apareció el coche.

Un descapotable rojo, enorme, con cromados y aletas, que parecía haber salido de una película de los cincuenta y haber olvidado volver. Venía conducido por un hombre de unos sesenta y cinco años, alto, con bigote blanco enroscado, gafas de aviador, un pañuelo de seda al cuello y una camisa de flores abierta hasta el tercer botón. Detrás, en el asiento trasero, una montaña de maletas, cajas, bolsas y un jamón.

Sí, un jamón entero, con su pata, atado con una cinta.

El coche frenó delante de la casa con un chirrido digno de un final de película. El hombre se quitó las gafas. Tenía los ojos de mi madre. Los mismos. Grandes, brillantes, teatrales.

-¡Buenos días! -gritó-. ¡Soy Octavio Swift, de regreso del olvido!

El silencio duró exactamente tres segundos.

-¡TRAIDOR! -gritó la tía Philomena, y le lanzó una zapatilla.

La zapatilla le dio en el sombrero. Octavio se la quitó con elegancia, la miró y dijo:



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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