Guerra de consuegras.

Capítulo 18: La batalla de la novia fugitiva.

Eloise.

Cuando una novia desaparece, la gente imagina lo peor: un novio con un mal pasado, una suegra con un mal presente, un vestido con un mal corte. Nadie piensa en lo más probable, que es una mujer sentada en un banco de estación comiéndose un bocadillo de tortilla y preguntándose si no será ella la rara.

Pero eso lo supe después. A las 6:30 de la mañana yo solo sabía que llevaba el vestido de lino puesto otra vez (había dormido con él, por superstición), que Hans conducía con una carpeta verde botella sobre el salpicadero titulada *Riesgo: novia en paradero desconocido* y que Joaquín, el novio de los Montalbán, iba en el asiento de atrás con las gafas torcidas y los ojos de un cachorro abandonado en una gasolinera.

—Anoche cenamos juntos —decía, por quinta vez—. Hablamos de las flores. Me dijo "Joaquín, ¿tú crees que somos nosotros?". Yo dije "claro". Ella dijo "vale". Y esta mañana la cama estaba vacía y en la almohada había un pato.

—¿Un pato? —preguntó Hans.

—De goma. Con un casco.

Hans y yo nos miramos por el retrovisor.

—Es nuestro pato —dije.

—¿El de la carpeta?

—Se lo regalé yo el día del parque. Le dije: "Si alguna vez te sientes sola, aprieta al pato".

—Qué mensaje tan inquietante.

—Era un detalle bonito.

—Eloise, un pato con casco que aparece en una almohada vacía es una nota de rescate.

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A las 7:00 en punto, junto a la fuente de los querubines de una plaza cualquiera, nos esperaba el comité de crisis. Era la reunión más variopinta que he visto jamás: las cuatro madres con chalecos de color distinto, un padre ausente con gafas de aviador y un jamón bajo el brazo, Odilia con el bastón, la tía Bernadette con una libreta propia (nueva, de tapas verdes, que Gretchen le había regalado), el señor del queso con un mapa de carreteras de 1974 y, en el centro, de pie sobre un banco, Cándida con el megáfono, desencajada.

—¡Mi niña! —gritaba—. ¡Mi niña! ¡Mi pequeña Itziar!

—Cándida, baja el megáfono —pidió Úrsula—. Estás a un palmo.

—¡Es que no sé gritar de otra manera!

—Entonces grita hacia arriba.

Gretchen había montado una oficina de campaña sobre el capó de su coche. Un mapa de la ciudad, chinchetas de colores, un termo de manzanilla y una lista con tres columnas: *Sospechosos, Lugares, Posibles motivos*. En la primera columna solo ponía "Teodoro (descartado: está cuidando cisnes)".

—Procedamos con método —dijo—. Primero, ¿cuándo fue vista por última vez?

—Anoche, a las diez —dijo Joaquín.

—¿Dónde?

—En mi piso.

—¿Qué llevaba puesto?

—Un pijama de pollitos.

—¿Y hoy?

—Falta su abrigo verde y la maleta pequeña.

—Una maleta pequeña —anotó Gretchen—. Eso indica viaje corto o miedo largo.

—O tren —dijo el señor del queso.

Todos nos volvimos hacia él. No había abierto la boca en toda la mañana.

—¿Por qué dice tren?

—Porque yo, cuando me asusto, voy a la estación. Es un sitio donde nadie pregunta qué haces.

Gretchen levantó una ceja. Marguerite aplaudió. Octavio, con el jamón, murmuró:

—Eso lo he hecho yo veintiocho años.

—Cállate, Octavio —dijeron tres mujeres.

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La estación central de la ciudad es un edificio enorme, de hierro y cristal, con un reloj gigante, un techo abovedado lleno de palomas y un olor mezclado de café, ruedas y despedidas. Entramos en tropel, con la formación de un ejército de teatro: delante, Gretchen con el mapa; detrás, las madres; después Octavio con el jamón; y cerrando, la silla de la tía Philomena, que cruzó las puertas automáticas diciendo "¡Abran paso a la Justicia Rodante!".

Nos repartimos por andenes. Hans y yo recorrimos el cuatro. Gretchen y Úrsula, el cinco. Marguerite y Cándida, la cafetería. Odilia y Bernadette, la sala de espera, "porque las dos tenemos mucha experiencia en esperar". Octavio, la consigna, "por si ha dejado un pato".

A las 7:40, Hans me agarró del brazo.

—Eloise. Mira.

Al fondo del andén siete, sentada en un banco de madera, con el abrigo verde y una maleta pequeña a los pies, estaba Itziar. Tenía un bocadillo en una mano y, en la otra, un billete de tren. A su lado, apoyado en el respaldo, había un pato de goma.

No llevaba casco. Se lo había puesto ella. Un casco de bicicleta, azul, ligeramente torcido.

Me acerqué despacio. Hans se quedó atrás, con instinto de analista: hay personas a las que solo se llega de una en una.

—Hola —dije.

—Hola.

—¿Es de tortilla?

—Con cebolla.

—Qué bien.

—Está muy buena.

Me senté a su lado. Ella siguió mirando las vías. Un tren pasó sin pararse y nos despeinó a las dos.

—Joaquín está preocupado —dije.

—Ya lo sé.

—Cándida va a quemar el megáfono.

—Ya lo sé.

—Tu madre ha traído un ejército.

—Lo sé. Siempre lo hace. —Dio un mordisco—. Por eso me he ido.

—¿Por eso?

—No por Joaquín. Lo quiero. Es el hombre más bueno que conozco. Es que... —Se le quebró la voz—. Eloise, todo el mundo tiene un plan para mi boda. Mi madre, la de Joaquín, las tías, el cura, el concejal, el de la carpa. Y yo me miro al espejo y no sé qué quiero. Llevo seis meses diciendo "lo que digáis" y de repente me he dado cuenta de que ni siquiera sé qué flor me gusta.

Me quedé callada. Un nudo caliente me subió por la garganta. Conocía esa sensación. La conocía muy bien. Había estado a punto de vivirla yo en cada capítulo anterior.

—A mí me gusta el romero —dije, al fin.

—¿El romero?

—Huele a cocina de abuela. Y no da alergia.

—Qué específico.

—Se descubre así. A golpes de tarta, de vestido, de iglesia. Vas rechazando cosas hasta que te queda una que no has rechazado. Esa eres tú.

Itziar sonrió un poco. Dio otro mordisco.

—¿Y si lo que me queda es nada?

—Entonces te quedas tú, que no es poco.

—Eso es muy bonito.

—Lo he leído en la servilleta de un bizcocho.



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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