Guerra de consuegras.

Capítulo 20: La batalla de la víspera.

Eloise.

Hay una superstición antigua según la cual la novia no debe ver el vestido el día antes de la boda. Yo la rompí a las 6:15 de la mañana, en el salón de mi madre, cuando abrí el armario y lo vi colgado: lino blanco, dos pajaritos en el bajo, un botón de nácar nuevo que brillaba como una lunita.

-Qué bonito -susurré.

-*¡Mala suerte!* -graznó una voz desde la lámpara de araña.

Voltaire, colgado boca abajo entre las lágrimas de cristal, me miraba con un ojo.

-¿Cómo has entrado?

-*¡Víspera!*

-Eso no es una respuesta.

-*¡Constatado!*

Cerré el armario con la dignidad de quien discute con un loro a las seis de la mañana. Hans entró en pijama, con el pelo de punta y una carpeta de color azul eléctrico bajo el brazo, titulada *Riesgo: víspera (todo lo anterior, multiplicado)*.

-Eloise, tengo que decirte una cosa.

-Dime.

-No he dormido nada.

-Yo tampoco.

-Pero esta vez no es por miedo.

-¿Entonces?

-Es porque me he pasado la noche ensayando los votos.

-¿Y cómo van?

-Van por la versión catorce. La trece tenía un chiste sobre el elefante y se me fue de las manos.

-Léeme la catorce.

-No.

-Hans.

-Es mañana.

-Hans.

-Son los votos. No se leen la víspera. Es como el vestido.

-Acabo de ver el vestido.

-Pues estás gafada. Y yo, con los votos, te lo advierto, voy a llorar.

Me reí. Fuera, por la ventana, la ciudad empezaba a desperezarse. Y en ese instante, a las 6:59, sonó el timbre musical. Tres notas ascendentes y un trino.

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Villa Sosiego, el día de la víspera, parecía un teatro de provincias la noche del estreno. Teodoro había trabajado como un mulo, según dijo, "para expiar", aunque yo sospeché que también para que nadie se acordara de lo de los cisnes. Había barrido el jardín, repintado la fuente de los querubines (que seguía con su fuga, pero ahora la llamaban "el surtidor emocional"), colgado farolillos de los chopos y colocado, en el césped del centro, cuarenta sillas desparejadas, un altar de tablones con mantel de lino y una mesa larga bajo el cenador, cubierta de platos, copas y candelabros.

No había carpa. No había orquesta. No había elefante. Baltasar II, según el cuidador, estaba "de retiro espiritual en una dehesa". El león Brutus había vuelto a su circo, con una nota de agradecimiento firmada con una zarpa. Y los siete cisnes, con Brunilda al frente, se paseaban por la orilla del estanque con aire de personal de seguridad.

-Cuidado con ella -me susurró Hans, mirando a Brunilda.

-Dijo "no" en plena batalla. Es una mujer de principios.

-Es un cisne.

-Es un cisne con principios.

A las 7:00 estaban ya todos, y fue entonces cuando entendí la magnitud de lo que habíamos montado. Las cuatro madres con sus chalecos. Octavio con un jamón y una guitarra que nadie le había pedido. Odilia con el bastón. Bernadette con una libreta verde y un lápiz tras la oreja, como yo. Cuquita Montero con una pamela de leopardo. Doña Remedios con una caja de alfileres y el gato Botones en un bolso. Monsieur Lapin con un carrito de postres. Baltasar con un ramo de romero y Voltaire en el hombro (había volado hasta allí antes que nosotros, por supuesto). El Padre Cipriano con la campanilla. La abuela del bizcocho con la cesta de las pastas. El Inspector Villalobos, que se había "pasado por si acaso", con la gorra bajo el brazo y una copa ya en la mano. Joaquín e Itziar, de la mano, con el casco de bicicleta de ella sobre la cabeza de él, por turnos. La tía Philomena, el señor del queso, Rosaura, las gemelas, la tía Pilar, Fifi con las alas recién reparadas por Doña Remedios con hilo de bordar.

-Somos ciento doce -dijo Hans, que los había contado.

-Se suponía que éramos ochenta y dos.

-Se han colado treinta.

-¿Quiénes?

-Los que importan, Eloise. Es lo que dice el título.

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El ensayo duró hasta mediodía y fue, para lo que veníamos acostumbrados, casi un milagro.

El Padre Cipriano había ordenado la ceremonia con un orden sencillo y una autoridad dulce: primero las dos parejas entrarían juntas, cada una por un lado del pasillo, y se encontrarían en el altar. Después, cuatro lecturas. Después, el intercambio de anillos. Después, la nana. Después, el bizcocho. Después, "lo que Dios y los invitados quieran".

-¿Y el beso? -preguntó Marguerite.

-El beso va dentro de "lo que Dios quiera".

-¿Y los discursos?

-Eso, mañana. Hoy solo ensayamos lo importante.

Pero los discursos eran, precisamente, lo importante. Lo supe cuando vi la cara de mi madre al oír esa palabra. Tenía un brillo peligroso, como un faro sobre un acantilado.

-Padre -dijo, levantando un dedo-, creo que cada madre debería tener derecho a unas palabras.

-Y yo -dijo Gretchen.

-Y yo -dijo Úrsula.

-Y yo, que traigo un megáfono -dijo Cándida.

-Y yo, que soy la abuela -dijo Odilia.

-Y yo, que he vuelto de Venezuela -dijo Cuquita.

-Y yo, que soy un padre ausente con jamón -dijo Octavio.

-Y yo, que soy el que paga el cisne -dijo Teodoro, tímidamente.

-Y yo -dijo la tía Philomena- que tengo cuarenta y dos años de experiencia en brindar a gritos.

El Padre Cipriano cerró los ojos. Se llevó la campanilla a la frente.

-Hoy no -dijo, en un hilo de voz-. Mañana. Hoy, ensayo mudo.

Y fue entonces cuando Marguerite, con una gravedad que no le conocía, dijo:

-Padre, ¿y si hacemos hoy una cena de despedida? Sin ensayo. Sin altar. Solo una mesa, comida y gente. Y que cada uno diga lo que tenga que decir.

-Eso es un brindis -dijo el sacerdote.

-Es una *tradición*.

-Es una bomba.

-Es una *cena*.

Gretchen, sin levantar la vista de la libreta, dijo:

-Acepto. Con tres condiciones. Tres minutos por discurso. Nada de megáfonos. Y sal en la mesa.

-Y pimienta -dijo Odilia.



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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