Eloise.
Nadie debería hacer una luna de miel con seis madres. Es una verdad que descubrí a las 18:40 de aquella tarde, en la cubierta del *Estrella de Poniente*, un crucero blanco y de aire solemne que, según el folleto, era "ideal para parejas que buscan intimidad y silencio".
Lo leí en voz alta mientras un elefante subía por la pasarela.
—*Intimidad y silencio* —repitió Hans, a mi lado, con la carpeta bajo el brazo—. Eloise, el elefante ha pisado el cartel.
—Lo he visto.
—Y el capitán se ha desmayado.
—Eso no lo había visto.
Era cierto. El capitán Anselmo Bonavida, un hombre de barba cuidada y gorra blanca, se había quedado muy quieto al pie de la escalerilla, con el color de un mantel, y dos marineros lo sujetaban por los codos. Había recibido a Baltasar II con una sonrisa de protocolo, hasta que comprendió que no era un invitado de exhibición. Era un pasajero. Con billete. Con camarote asignado.
—¿Camarote? —había murmurado—. ¿Para un elefante?
—Está en la suite presidencial —dijo el cuidador, enseñando un papel—. La reservó alguien que firma "una consuegra".
—¿Cuál?
—No lo sé. Pone "con cariño".
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El barco zarpó a las siete en punto, con Gretchen cronometrándolo desde la baranda y Marguerite agitando un pañuelo hacia nadie, "porque las despedidas hay que hacerlas aunque no haya quien las reciba". En el muelle, Villalobos padre y Villalobos júnior saludaban con la gorra en alto, uno orgulloso y otro llorando. Teodoro, rodeado de siete taxis vacíos, gritaba que cuidaría de la finca y que alguien le mandara una postal. Y sobre un poste, Voltaire repetía "¡zarpamos!" hasta que Baltasar el florista lo metió en una jaula de viaje con una manta, para que no se le escapara hacia el mar.
Éramos veintitantos a bordo. Las cuatro madres, Odilia, Bernadette, Cuquita, Altagracia, Heinrich, Octavio, Itziar y Joaquín, la tía Philomena (su silla, atada con tres cinturones a un mástil), el señor del queso, Fifi, Doña Remedios, Monsieur Lapin con un carrito de postres, la abuela del bizcocho con su cesta, Brunilda (que viajaba en una bañera, por orden del médico) y Napoleón, que no cabía en ninguna parte y dormiría en cubierta con una manta de lentejuelas.
Hans y yo teníamos el camarote 214, con una cama de matrimonio, un ojo de buey y un jarrón con una sola rosa. Nos sentamos en el borde del colchón, con los zapatos puestos, mirando la rosa.
—Eloise.
—Dime.
—Estamos solos.
—Sí.
—Es la primera vez en un mes.
—Lo sé.
—No sé qué hacer.
—Yo tampoco.
—¿Dibujamos?
—Dibujamos.
Saqué el cuaderno. Hans abrió la carpeta. Estuvimos diez minutos, en silencio, él anotando riesgos y yo dibujando un barco con un elefante en cubierta. Fue la mejor luna de miel de mi vida, y duró exactamente diez minutos.
Después llamaron a la puerta. Tres golpes secos, de ritmo exacto.
—¿Quién es? —preguntó Hans.
—Gretchen. Son las 19:30. La cena es a las 19:45. He pensado que podríamos bajar con puntualidad.
—Mamá, estamos de luna de miel.
—Lo sé. Por eso no he entrado.
—Gracias.
—Pero he reservado una mesa para veinticinco.
Hans cerró los ojos.
—Con casco —susurró.
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El comedor del *Estrella de Poniente* era un salón enorme, de techos dorados, con una araña de cristal y una orquesta de cámara que tocaba, con visible angustia, un vals. Había mesas para dos, pensadas para parejas que buscan intimidad. Y en el centro, ocupando la sala entera, una mesa larga de veinticinco cubiertos y dos jarrones, donde ya estaba sentada, por orden de llegada, toda nuestra gente.
El maître, un hombre elegantísimo llamado Evaristo, nos recibió con una inclinación y una gota de sudor.
—Señores Taylor. Bienvenidos. Su mesa.
—Gracias.
—Les adelanto que, a petición de la señora Swift, el menú de esta noche es "sopa del amanecer con coco, a la manera de seis familias".
—¿Es un plato oficial?
—Es un plato *inevitable*.
La cena comenzó con la elegancia habitual. Marguerite y Altagracia habían entrado en la cocina del barco y desalojado al chef con una cortesía irresistible ("es que usted tiene un fuego muy bonito, pero nosotras tenemos práctica"). Gretchen había supervisado el reparto de cucharas. Odilia había aportado pimienta. Cuquita se había encargado del postre, que consistía en un bizcocho de limón con las tres servilletas de lino dobladas encima, a modo de bandera.
Todo iba bien. Y entonces el barco se inclinó.
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Fue un movimiento suave al principio. Un bamboleo, como el de una cuna. Las copas tintinearon. La lámpara de araña se balanceó. En el ventanal, el cielo, que hasta entonces era de un naranja dulce, se había vuelto de un gris pizarra.
—¿Qué es eso? —preguntó Joaquín.
—Una nube —dijo Itziar.
—Es una nube muy grande.
—Y muy negra.
El capitán Bonavida apareció en la puerta del comedor con la gorra torcida y una expresión que ya no tenía color.
—Señoras y señores —dijo—. Les informo de que se acerca una tormenta. Les ruego que mantengan la calma, permanezcan sentados y no intenten alimentar a ningún animal.
—¿Qué animal? —preguntó Hans.
—Cualquiera.
—*¡Constatado!* —graznó Voltaire desde su jaula, que alguien había colocado sobre el aparador.
El barco dio un bandazo. Una bandeja de macarons cruzó la sala deslizándose sobre el suelo. Las sillas se movieron. La tía Philomena, atada a su mástil de comedor (una columna), gritó: "¡Al abordaje!". Fifi se agarró a la lámpara. La orquesta, pálida, pasó del vals a una pieza más rápida. Y la sopa, en las tres soperas, empezó a dibujar olas dentro de sus propios cuencos.
—¡Se mueve! —gritó Úrsula.
—¡Es un barco! —gritó Gretchen.
—¡Pero se mueve *mucho*!
—¡Es su función!
Entonces ocurrió algo que ninguna de nosotras había previsto. Un golpe sordo, desde la cubierta superior. Después otro. Después un barrito aterrado, que atravesó el techo como un trueno.
Editado: 14.10.2026