Guerra de consuegras.

Capítulo 27: La batalla de la isla.

Hans.

En mi profesión existe un mapa que nadie imprime: el de los lugares que no figuran en ningún mapa. Se llama "zona de exclusión de cobertura", y al lado de cada uno de esos puntos blancos hay una nota a lápiz que dice *aquí ocurren cosas*. Yo siempre pensé que era una broma de cartógrafo. Esa mañana, a las 6:15, descubrí que era una nota técnica.

Estábamos todos en cubierta, en pijama, en bata, en visón o en uniforme de ejército Swift, apoyados en la barandilla del *Estrella de Poniente*, mirando cómo la isla crecía despacio en el horizonte. Una playa blanca. Una colina verde. Tres palmeras inclinadas como tres consuegras cotilleando. Y en lo alto, apagada ya con la luz del día, la lámpara que alguien había encendido para nosotros.

—Es esa —dijo mi padre.

Era la primera vez que hablaba desde que la vimos. Había pasado la noche de pie junto a la proa, con el sombrero de paja entre las manos, sin dormir, sin comer, sin decir una palabra. Mi madre estaba a su lado. No lo tocaba. Pero estaba a su lado, que en ella es una forma de abrazo.

—¿Cómo se llama? —preguntó Eloise.

—No tiene nombre.

—Todas las islas tienen nombre.

—Esta no. Los pescadores le dicen *la Isla de la Silla*. Porque yo sacaba una a la playa cada año.

Un silencio. Mi madre respiró hondo.

—Heinrich.

—Dime.

—¿Cuántas sillas había?

—Una.

—¿Siempre una?

—Siempre una.

—Qué raro —murmuró mi madre—. Yo siempre puse dos.

Mi padre se volvió. Se miraron. Y creo que fue entonces cuando comprendí que lo de los calcetines planchados no era una manía. Era una forma de poner la mesa para alguien que no iba a sentarse.

---

El desembarco fue lo más parecido a una operación militar que hemos conseguido hacer sin discutir. El capitán Bonavida, que se había recuperado de la tormenta y de tres desmayos, anunció que el barco no podía acercarse más a causa de los arrecifes, y que habría que desembarcar en lanchas. Había cuatro. Cada una cabía para diez. Éramos veintiséis, un elefante, un caballo, un cisne en bañera, un loro en jaula y un cocodrilo disecado con casete.

—Es una cuestión de logística —dijo mi madre, sacando la libreta.

—Es una cuestión de *fe* —dijo Marguerite.

—Es una cuestión de flotabilidad —dijo Úrsula, con la regla.

Se resolvió como siempre: con una tómbola. La bola dorada le tocó a Brunilda, que subió la primera, en su bañera, con un graznido solemne y una dignidad de almirante. Después Fifi, que se negó a remar y fue en lo alto de una proa agitando la varita. Después las tías, con sus uniformes empapados de la víspera. Después Octavio, que se aferró al jamón nuevo ("el cuarto del viaje", precisó). Y al fin Baltasar II, que nadó. Directamente. Con la trompa en alto, como un periscopio, escoltado por Napoleón, que se lanzó al agua sin pensarlo y cruzó la bahía a nado con una elegancia sorprendente en un caballo con corona de margaritas.

—Eloise —dije, mientras remábamos—. Estoy viendo a un caballo y a un elefante nadar al lado de una lancha.

—Lo veo.

—Es una de las cosas más hermosas que he visto.

—Y más peligrosas.

—Es lo mismo.

—Anótalo.

—No tengo la carpeta. Se me cayó al mar.

—¿Cuándo?

—Anoche. Con la luna. Sin darme cuenta.

—¿Estás bien?

Lo pensé. Mientras la playa se acercaba, blanca y limpia, sin una huella, me di cuenta de algo extraño: no me importaba. Por primera vez en veintisiete capítulos, no necesitaba un papel donde apuntar lo que podía salir mal.

—Sí —dije—. Creo que estoy empezando a confiar.

---

La playa de la Isla de la Silla es un semicírculo de arena tan blanca que duele mirarla, con palmeras en un extremo y un acantilado pequeño en el otro. En el centro, solitaria, con las patas medio hundidas en la arena, había una silla de madera. Vieja, gris, sin pintura, con un asiento de enea medio deshecho. Estaba orientada hacia el mar.

Mi padre bajó de la lancha y se quedó parado, con el agua hasta los tobillos. Mi madre bajó a su lado. Nadie dijo nada. Hasta Voltaire, en su jaula, guardó un silencio de iglesia.

Heinrich avanzó por la arena. Despacio, con las alpargatas en la mano. Llegó hasta la silla. La tocó con una mano. Después se volvió hacia nosotros.

—Aquí me sentaba —dijo—. El tres de marzo de cada año. Y el día de tu cumpleaños, Hans. Y el de tu madre. Y el de nuestro aniversario. Me sentaba y miraba el mar, y pensaba: hoy estará poniendo la mesa.

—Siempre ponía dos platos —dijo mi madre, con una voz muy baja.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque yo, aquí, también ponía dos. Con dos cocos, uno enfrente de otro. Y a uno le hablaba.

—¿Y al otro?

—Al otro le escuchaba.

Mi madre se llevó una mano a la boca. Sus hombros temblaron. Marguerite, a su lado, le puso un brazo en la espalda sin decir una palabra. Eloise me tomó la mano. Yo no podía hablar.

Y entonces, desde detrás de las palmeras, con un crujido de hojas, apareció una figura.

---

Era una mujer. No era Altagracia (que estaba a mi lado, con los ojos muy abiertos). Era otra: de unos cincuenta años, alta, de piel oscura, con un vestido blanco y una trenza larga que le caía por la espalda. Llevaba en brazos un bulto envuelto en una manta de colores. Se detuvo a diez metros. Miró a Heinrich. Después a mi madre. Después a mí.

—Papá —dijo.

Silencio absoluto.

Heinrich se quedó inmóvil. Altagracia, a mi lado, murmuró:

—Te dije que se lo dijeras antes de desembarcar.

—¿Decirnos qué? —preguntó mi madre, con una calma que daba miedo.

Mi padre se pasó una mano por la cara. Parecía haber envejecido veinte años en veinte segundos.

—Gretchen. Hans. Tengo que contaros algo.

—Empieza.

—Cuando me fui, en 1998, no sabía que... —tragó saliva— ...que Altagracia estaba embarazada.

—¿Embarazada? —dije yo—. Pero tú me escribiste que no tuvisteis hijos.



#771 en Otros
#322 en Humor
#2602 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.