Guerra de consuegras.

Capítulo 29: La batalla del desembarco final.

Hans.

En mi profesión hay un principio que se enseña el primer día y se olvida el segundo: el último siniestro de un expediente siempre es el más grande. Se llama "el principio de la gota final", y lo inventó, creo, un hombre que acababa de ver llegar una flotilla de barcas con farolillos, un megáfono y un león a una isla de veintiséis habitantes.

Eran las 5:45 de la madrugada. Yo estaba en la playa, descalzo, sin carpeta, con una aceituna seca en el bolsillo y un título provisional grabado en el pecho: Jefe de Riesgos de la Isla de la Silla. Mi primera medida oficial había sido prohibir los desembarcos nocturnos. Mi segunda, comprobar que nadie me hacía caso.

—Hans —dijo Eloise, a mi lado, con el pelo revuelto y un lápiz en cada oreja—. Cuenta las barcas.

—Catorce.

—¿Y cuánta gente?

—Según el megáfono, "toda".

—¿Y el león?

—El león viene en la barca número nueve, sentado, con un chaleco salvavidas y cara de señor al que han sacado de la cama.

—Brutus.

—Brutus.

—¿Es peligroso?

—Es un gato grande con una cinta azul. Pero hay que tratarlo con respeto, como a todos los jubilados.

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La flotilla varó en la arena con un estruendo de remos, risas, maletas y gritos. Bajaron primero los primos de Marguerite, con el acordeón; después Adela la peluquera, con las tijeras en alto "por si había que arreglar algo"; después los de Albacete, que seguían sin decir nada pero habían traído una tortilla; después Gervasio, el del bigote de manubrio, con el álbum entero; después Nieves, con el perro disfrazado de torero, que esta vez iba de marinero. Después Joaquín y Cándida abrazadas a Úrsula, que lloraba sin pudor y había perdido la libreta roja en el trayecto.

Y detrás, una a una, todas las caras del libro. Teodoro, con los siete taxis convertidos en siete barcas de remo y una expresión de reo redimido. Villalobos padre, con la gorra puesta del derecho por primera vez. El Padre Cipriano, con la campanilla y una bolsa de hostias "por si acaso". Baltasar el florista, con mil macetas de romero. El tío Walter, el del pavo, que apareció con un pavo vivo bajo el brazo y dijo: "Este, jugoso".

Ramiro Colosal saltó de la última barca con sus gafas de sol y una sonrisa de tiburón en vacaciones. Tras él, atado a una cuerda y con paso majestuoso, bajó Brutus. Se sacudió el agua, miró la playa y bostezó con elegancia de duque.

El señor del queso se le acercó con un Camembert.

—Buenos días, Brutus.

El león olió el queso. Lo probó. Y se tumbó a sus pies con un ronroneo que hizo vibrar las palmeras. Baltasar II, desde la laguna, levantó la trompa para saludarlo. Brunilda, en su bañera, inclinó la cabeza con respeto de oficial a oficial.

—Esto —murmuré— se nos va a ir de las manos.

—Hans —dijo Eloise—. Llevas veintinueve capítulos diciendo eso.

—Y nunca me equivoco.

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La guerra empezó, cómo no, por una cuestión de espacio.

Ciento sesenta personas, un león, un pavo, un perro marinero y un cocodrilo con casete no caben en una isla con cuatro cabañas, por muy hospitalaria que sea. Gretchen lo calculó en medio minuto: "Seis metros cuadrados por cabeza, menos los animales, más el margen de error de Marguerite".

—Yo no tengo margen de error —protestó Marguerite.

—Tienes un margen *poético*.

—Es el mejor.

—Es el más caro.

Cándida, que se creía responsable de la invasión, propuso una solución con megáfono: "¡Construyamos un pueblo!". Úrsula, sin libreta, propuso un plano. Odilia, una votación. Octavio, un jamón. La tía Philomena, una carga de caballería. Cuquita, un cigarrillo. Y el Padre Cipriano, que ya había visto demasiadas veces cómo acababan esas propuestas, dio un paso adelante, levantó la campanilla y dijo con voz mansa:

—Hijos míos. Propongo que, por una vez, hagamos algo sin discutir.

Nadie respondió. Era la frase más peligrosa que podía haber pronunciado.

—¿Sin discutir? —repitió Marguerite, con los ojos entornados.

—¿Sin *opinar*? —dijo Gretchen.

—¿Sin *anotar*? —dijo Altagracia.

—¡Imposible! —gritaron todos.

Y se desató la última guerra de consuegras.

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Fue, debo decirlo, magnífica. Una guerra de campanario, de hoguera y de playa, con todas las armas de los treinta capítulos reunidas en una sola mañana. Gretchen desplegó un plano de urbanismo dibujado a escala sobre una hoja de palmera. Marguerite desplegó una maqueta de merengue con casitas de colores. Altagracia propuso casas de caña, Odilia casas de piedra, Úrsula casas prefabricadas y Cándida una carpa. Cuquita propuso un bar. Cada propuesta tenía defensores, detractores y una tía que votaba dos veces.

Las zapatillas volaron. Las servilletas de lino se convirtieron en banderas. El megáfono dio órdenes contradictorias. Voltaire, Ministro de Constataciones, declaró nula la sesión tres veces. Los cangrejos huyeron. Fifi se subió a una palmera y gritó: "¡Voy a arreglarlo!", y nadie se lo permitió. El león bostezó. El elefante se echó agua por encima. El pavo del tío Walter se atragantó con un trozo de bizcocho y fue salvado por Baltasar II con un soplido milimétrico.

En el centro, de pie sobre una caja de naranjas, Gretchen y Marguerite se miraban con las libretas en alto, rojas, despeinadas, magníficas. Dos mujeres que llevaban veintinueve capítulos ensayando esa pelea sin saberlo.

—¡Esto es una cuestión de principios! —gritó Gretchen.

—¡Esto es una cuestión de *tejados*! —gritó Marguerite.

—¡Primero los cimientos!

—¡Primero las lentejuelas!

—¡Constatado!

—¡Constatado doble!

—¡Existe la constancia doble!

—¡Y la *triple*!

Y entonces, sin avisar, Gretchen se detuvo. Bajó la libreta. Miró a Marguerite con una expresión que no le había visto nunca, a medio camino entre la risa y el llanto.

—Marguerite.

—Dime.

—Tengo que confesarte algo.

—¿Ahora?



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En el texto hay: romance, amor, guerra

Editado: 14.10.2026

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