La ceremonia de sucesión continuó como estaba previsto. La corte imperial, vestida con sus mejores galas, celebraba al heredero con copas en alto y sonrisas perfectamente ensayadas. Incluso Eira, sin comprender del todo lo ocurrido la noche anterior, disfrutó del banquete y los dulces que le ofrecían.
Sin embargo, entre los brindis y las danzas, algunos nobles recibieron discretamente un mensaje: una reunión de urgencia en la corte al amanecer.
Al día siguiente, en el gran salón del consejo, los duques y altos dignatarios aguardaban en silencio.
El emperador Lukas Zalessky habló con voz grave:
—En la víspera de la ceremonia de sucesión, la princesa Eira tocó la Esfera del Poder… —su mirada recorrió la sala—. Y despertó una magia nunca antes vista. Parece que controla el hielo.
Los murmullos estallaron de inmediato.
—¿El hielo? —preguntó el duque Falken, de la Casa Ignivar, con escepticismo—. No es posible.
—Es imposible —agregó el duque Vesper, de la Casa Aetheris—. Ninguna línea de sangre dentro del Imperio ha manifestado semejante habilidad.
—Sin embargo, sucedió —intervino el canciller August Volk, con voz neutra—. Y eso lo cambia todo.
La emperatriz Dahlia entrecerró los ojos.
—No veo por qué —su tono fue cortante—. Es mi hija. Sigue siendo una Zalessky.
—No si su existencia pone en peligro la estabilidad del Imperio —respondió el emperador.
El duque Nacht, de la Casa Tenebris, cruzó los brazos.
—El pueblo cree que el linaje imperial hereda un único don. Si la princesa Eira no comparte el mismo poder… pueden cuestionar la legitimidad del trono.
—Los otros reinos también podrían ver esto como un signo de debilidad —añadió el duque Beaumont, de la Casa Luxen—. Si el linaje imperial cambia, la autoridad de Valdarys podría tambalearse.
La emperatriz exhaló, sintiendo un peso en el pecho.
—Es solo una niña…
—¿Y si crece con resentimiento? —la voz de Nikolai, su propio hijo, sonó dura—. ¿Y si busca un lugar que este Imperio no puede darle?
Dagna, la archiduquesa, habló por primera vez:
—Si debe partir… que lo haga con dignidad.
Los presentes la miraron.
—No podemos matarla —continuó—. Sería una deshonra. Pero tampoco puede quedarse en Valdarys. Velmora es el mejor lugar.
Los duques asintieron.
El emperador inclinó la cabeza.
—Velmora… —repitió—. Es un reino vasallo. No pueden negarse.
Miró a August Volk.
—Redacta la carta. Se lo ordenaremos al rey Edric.
El canciller se levantó de inmediato.
—Como ordene, Majestad.
Dahlia bajó la mirada.
—Entonces… ¿la daremos por muerta?
—Un funeral vacío es la mejor opción —dijo Dagna.
—Así evitaremos sospechas —coincidió August Volk—. Pero necesitaremos tiempo para organizarlo.
—Tendrán 15 días —determinó el emperador—. En ese tiempo, nadie podrá verla. El pretexto será una enfermedad grave.
El emperador no añadió nada más. La decisión había sido tomada.
Esa tarde, August Volk escribió la misiva.
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A Su Majestad Edric Beliáyev, Rey de Velmora,
Su Majestad Imperial, el Emperador Lukas Zalessky, ordena que reciba en su corte a Lady Eira von Beliáyev, quien residirá bajo la identidad de una pariente lejana.
Dentro de 15 días, la princesa partirá de Valdarys. Su permanencia en Velmora debe mantenerse en la más estricta reserva. Esperamos que se le brinde la protección adecuada, con la seguridad de que este acto será recordado en futuras decisiones del Imperio.
Con el sello del Imperio de Valdarys,
August Volk, Gran Canciller del Imperio
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La carta fue sellada y enviada con urgencia.
Desde la reunión del consejo, Eira notó los cambios. Antes, los pasillos del palacio estaban llenos de risas y saludos. Ahora, los sirvientes desviaban la mirada cuando pasaba. Nadie se atrevía a hablarle. Las puertas que solían estar abiertas ahora permanecían cerradas.
Ya no podía salir de su habitación sin ser reprendida.
Su hermano, que solía jugar con ella, dejó de visitarla.
Su madre apenas le dirigía la palabra.
Su padre ya no la recibía en su despacho.
Se sentía sola. Abandonada.
Su único refugio era su tía Dagna. Una noche, mientras Eira se acurrucaba junto a ella, susurró:
—Tía… ¿hice algo malo?
Dagna acarició su cabello con ternura.
—No, Lara… tú no eres mala. Ni tu magia es mala. Pero lo desconocido asusta. Y cuando algo asusta… la gente lo quiere lejos.
Eira apretó los labios. No entendía por qué su familia la alejaba.
El día de su partida, Dagna entró en su habitación con un collar en la mano. Era una pequeña flor de cristal azul.
—Guárdalo siempre contigo —dijo mientras lo colocaba en su cuello—. No importa lo que pase, eres la princesa imperial de Valdarys.
Al mismo tiempo, le entregó una carta.
—Léela cuando estés en camino —le susurró, deslizando el sobre en sus manos—. Y recuerda… en el carruaje te espera una acompañante. Será tu aliada. Yo la escogí para ti.
Eira no comprendía el peso de esas palabras, pero asintió.
Esa noche, la familia imperial entró a su habitación. Su madre se inclinó y la besó en la frente.
—Partirás a Velmora. Te cuidarán los reyes. No vuelvas nunca.
El emperador se acercó y le habló con dureza.
—Oculta tu magia. No se lo digas a nadie.
Su hermano Nikolai fue el último en hablar.
—Pequeña… no vuelvas.
Dagna fue quien la vistió y la peinó. Ningún sirviente debía verla partir.
A la 1:00 a. m. del 23 de agosto del año 518 del Imperio, Eira subió a un carruaje sin estandartes.
No iba sola. Junto a ella, una joven de escasos recursos, elegida deliberadamente para servirle, se sentó con nerviosismo. A partir de ahora, sería la dama de compañía de la princesa muerta.
Eira la miró con incertidumbre.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Eira.
Editado: 27.03.2025