El traqueteo constante del carruaje marcaba el paso del tiempo.
Eira miraba por la ventana, sus pequeños dedos apoyados en el cristal mientras el paisaje cambiaba con cada kilómetro recorrido. Habían viajado durante horas, deteniéndose solo dos veces para tomar aire, pero apenas había tenido tiempo de observar más allá de lo que la ventana le permitía.
En la segunda parada, un destello blanco entre la hierba captó su atención. Un conejito.
Sin pensar, empujó la puerta del carruaje y bajó.
La brisa nocturna la envolvió al instante, y por un momento se sintió libre. Se acercó con pasos cautelosos, pero antes de llegar, sintió una mano firme en su muñeca.
—No es seguro alejarse, su alteza.
Eira alzó la mirada y encontró los ojos serenos de Sasha. Su tono no era duro, pero su agarre era firme.
Un par de aldeanos cercanos las observaban con curiosidad. No dijeron nada, pero sus miradas inquisitivas bastaban para recordarle que ella no pertenecía allí.
Sasha no esperó respuesta. Con suavidad, pero sin darle opción a protestar, la guio de regreso al carruaje.
—No debes distraerte. —Su voz era baja, apenas un susurro entre ellas—. Ya casi llegamos.
Eira bajó la mirada y asintió. Solo miró por la ventana cómo el conejo desaparecía en la maleza mientras el carruaje se ponía en marcha de nuevo.
Cuando llegaron a Velmora, la noche ya había caído, pero las antorchas en la entrada del palacio brillaban con fuerza. La familia real la esperaba.
El rey Edric se mantenía erguido, con la presencia de un hombre acostumbrado al mando, aunque su vestimenta, más sencilla que la de los nobles de la capital, denotaba la diferencia entre un reino vasallo y el esplendor de Valdarys. A su lado, la reina Isolde sonreía con calidez, su porte elegante, pero sin los adornos exagerados de la corte imperial. Pero lo que realmente llamó su atención fueron los dos niños de su edad parados junto a ellos.
Anton, el mayor, la observaba con una expresión seria, como si tratara de analizarla. Selene, en cambio, le dedicó una gran sonrisa y se balanceó sobre sus pies, como si contuviera la emoción de conocer a alguien nuevo.
Cuando Eira bajó, Edric habló primero:
—Su majestad imperial, un honor recibirla en Velmora. Su habitación está lista, la llevaremos enseguida.
Hizo una pausa y luego sonrió con más suavidad.
—Me presento. Soy Edric, el rey de este reino. A mi lado está mi esposa, la reina Isolde, y mis hijos, Anton y Selene.
Eira abrió la boca, pero no supo qué decir. Todo era demasiado nuevo, demasiado desconocido.
Isolde intervino con una voz cálida.
—Si necesitas algo, lo que sea, solo dilo. Queremos que te sientas en casa.
Hubo un breve silencio.
Entonces, Anton frunció el ceño.
—Eres más pequeña de lo que pensé.
Selene le dio un codazo.
—¡Anton!
Pero Eira solo inclinó la cabeza, sin entender si eso era algo bueno o malo.
Selene sonrió de nuevo, inclinándose un poco hacia ella.
—¿Te gustan los pasteles?
Eira parpadeó.
—No… sé.
Selene abrió la boca con asombro.
—¡Eso hay que arreglarlo! —exclamó—. ¡Iremos a la cocina después!
Anton resopló.
—Primero hay que mostrarle el palacio.
—¡Sí! —dijo Selene, aferrándose a la mano de Eira como si ya fueran amigas de toda la vida—. ¡Va a ser divertido!
Cuando llegaron a su habitación, Eira notó al instante la diferencia con sus aposentos en Valdarys, no era lujosa, pero era cálida. La cama tenía gruesas mantas de lana y una gran chimenea iluminaba la estancia.
Sasha, que había permanecido en silencio hasta entonces, sacó un conjunto de ropas de viaje del equipaje.
—Debes cambiarte, su alteza. Aquí hace frío.
Eira tocó su vestido fino, propio de la capital, y sintió un escalofrío recorrer su piel.
—¿Está bien si me quedo con esto?
Isolde sonrió con ternura.
—No queremos que enfermes. He mandado preparar ropa adecuada para ti.
Le entregaron un vestido de lana con un abrigo grueso, cuando se lo puso, se sintió envuelta en una calidez reconfortante. Al salir de su nueva habitación con su nueva prenda Isolde se acercó a ella.
— Su majestad, nos tenemos que retirar a atender algunos asuntos oficiales, Anton y Selene la guiarán en un recorrido por el palacio.
El palacio de Velmora era mucho más modesto que los imponentes edificios de la capital. Los pasillos eran menos adornados, las lámparas de aceite reemplazaban los candelabros de cristales lujosos, y aunque la riqueza aún se notaba en los detalles tallados en madera oscura y las alfombras bordadas, todo tenía un aire más acogedor.
—Aquí es donde se hacen los grandes banquetes —explicó Anton con voz solemne al entrar al comedor principal—. Mi padre dice que un rey debe saber cuándo compartir su mesa y cuándo reservarla solo para su familia.
Selene rodó los ojos.
—Lo que en realidad significa es que solo comemos aquí en ocasiones especiales. Normalmente cenamos en el comedor pequeño, es más acogedor.
Anton cruzó los brazos.
—No puedes decir eso, Selene. Es importante respetar la tradición.
Selene sacó la lengua.
—Apuesto a que prefieres el comedor pequeño también.
Anton desvió la mirada, pero no respondió.
Eira solo los observaba, asimilando el lugar, era grande y espacioso, pero más pequeño que los salones que ella conocía.
El aroma a pan recién horneado los envolvió apenas cruzaron la cocina.
—¡Ah, príncipes! —exclamó una de las cocineras, con las manos en la masa—. ¿Vienen a robarse un dulce otra vez?
—No venimos a robar —protestó Anton, pero Selene ya estaba asintiendo con energía.
—Eira nunca ha probado pasteles.
La cocinera puso una mano en su pecho como si hubiera escuchado la tragedia más grande del mundo.
—Eso no puede ser. Un momento.
En cuestión de segundos, les entregó una rebanada de pastel de frambuesa a cada uno.
Editado: 27.03.2025