El hotel Favre aparecía entre la bruma mañanera, característica del sur del país, el fenómeno natural le proporcionaba un aspecto lúgubre a la infraestructura.
Sofía lo vio desde el vehículo antes de bajar: enormes ventanales algo oscuros, una fachada de ladrillos antiguos los que albergaban enredaderas y algo como musgo, y un lago detrás de la casa demasiado inmóvil que parecía espejo.
—¿Segura que quiere quedarse aquí, señorita? —le había preguntado el conductor mientras ella alcanzaba la manilla de la puerta dispuesta a bajarse con su bolso en mano.
Ella mintió diciendo que sí. Necesitaba el dinero y esa era su mayor motivante.
El dueño del hotel la esperaba al final de la escalera, en la entrada del hotel que lucía de la misma manera que el resto de la casona. Era alto, vestido completamente de negro, con una expresión serena en el rostro que no lograba ocultar el cansancio bajo sus ojos.
—Sofía Ruiz.
No era una pregunta, claramente. El nombre de Sofía no sonó extraño en la boca de aquel hombre que la observaba con mucho detalle.
—Sí. —afirmó ella mientras que él le quitó el bolso de sus hombros antes de que ella pudiera protestar.
—Adrián Favre.
Su voz era grave, suave. Demasiado suave para un lugar tan frío y para lo que el representaba: alguien distante y calculador.
El interior del hotel olía a madera húmeda y a polvo, pese a que la estufa a leña estuviera prendida. Una especie de sábanas blancas cubrían la mayoría de los muebles y, lo que Sofía asumió que eran cuadros en las paredes mientas lo seguía escaleras arriba, siendo solo acompañados por el eco de sus pasos que rompía el silencio del lugar.
—Las mayorías de las habitaciones están cerradas y disponibles —dijo Adrián—. Puedes trabajar donde quieras, excepto en una.
Se detuvo frente a una puerta color ébano que en el centro tenía una simple placa de bronce antiguo: 16.
La madera tenía unas leves marcas cerca de la manija, como cuando en las películas algo o alguien quiere arrancar desesperadamente. Aquello llamó la atención de Sofía que le sostuvo la mirada a la puerta más tiempo del necesario.
—¿Qué hay ahí dentro? —pregunto ella, sin poder controlar su curiosidad.
—Algo que ya murió hace tiempo y que solo vive entre esas cuatro paredes —Adrián apenas sonrió—. Algo que está prohibido.
*
Los primeros días pasaron lentos. Sofía restaurar algunas de las pinturas en el salón principal ya que era el que más ventanas tenía y le permitía enfocarse en la tarea que más tiempo le tomaría mientras la lluvia típica del sur golpeaba los ventanales. Había dispuesto los lienzos por todas partes: pinturas de mujeres desconocidas, paisajes grises, figuras borrosas frente al lago; todas ellas tenían en común el lugar donde estaba ubicado el hotel y en sus esquinas inferiores tenían una firma ilegible, que por más que Sofía le intentara dar sentido no pudo.
Sin embargo, una pintura llamo su atención; era el retrato de una mujer sentada frente a una chimenea, tenía el mismo cabello oscuro que Sofía, los mismos ojos, la misma boca. Ella sintió un vacío en el estómago.
—¿Quién es ella? —pregunto esa noche. Adrián dejó de observar la pantalla de su computador para levantar la vista y dejar a medio camino el vaso de whisky que se iba a beber, por primera vez pareció incómodo.
—Mi esposa. —el silencio cayó de golpe entre ambos. —Murió hace unos años.
Sofía volvió a observar el cuadro sin poder dejar de pensar en el parecido de ambas.
*
Luego de aquello, comenzó a notar cosas: pasos en el segundo piso a ciertas horas de la madrugada, puertas abriéndose solas, alguien sollozando tras las paredes. Pero lo que más le llamó la atención fue que Adrián siempre aparecía antes de que ella pudiera investigar más allá.
—No deberías deambular por la noche —le había dicho una madrugada al encontrarla en el pasillo. Él estaba demasiado cerca y Sofía podía sentir el olor a amaderado de su perfume y el frío que impregnaba la ropa de él.
—¿Por qué? —susurró ella, a lo que Adrián bajo la mirada hasta sus labios.
—Porque este lugar despierta cosas.
La tensión entre ambos comenzó a crecer desde entonces. Roles accidentales, miradas demasiado largas, conversaciones frente a la chimenea mientras el temporal de invierno se desataba afuera.
Sofía sabía que debía marcharse, pero cada vez que Adrián la miraba sentía algo oscuro y profundo que la arrastraba, algo que le impedía irse. Como si hubiese salido a flote después de haber estado más del tiempo necesario bajo del agua.
*
La noche que entró a la habitación 16 estaba lloviendo y el ambiente tenía un toque eléctrico, de esos que anuncian una posible tormenta eléctrica. Había encontrado la llave dentro de la oficina de Adrián cuando fue a dejar uno de los cuadros que ya estaban listos para ser colgados nuevamente, durante muchos segundos dudó frente a aquella puerta; sin embargo, algo dentro de ella la empujaba a que lo hiciera.
El aire dentro de la habitación 16 estaba helado, demasiado helado que ya podría pasar a congelamiento.
Había retratos apoyados en las paredes, docenas de ellos y todos de la misma mujer: ella, Sofía… o de la mujer muerta.
Sofía avanzó lentamente mientras algo le comprimía el pecho, sobre la cama descansaba un vestido blanco percudido por el polvo y junto a él, fotografías de aspecto antiguo y una caja pequeña de bisutería. Se acercó para ver las fotos que estaban allí, era de Adrián abrazando a la misma mujer. Otra de él besándola, amándola.
En ese momento escuchó la puerta cerrarse tras ella. Adrián.
—No deberías haber entrado aquí —Sofía retrocedió con un respingo,
—¿Quién era ella? —Él permaneció inmóvil bajo la penumbra ante la pregunta de ella.
—Ya te lo dije, mi esposa.
—¿Por qué se parece a mí? —Adrián soltó una grave risa baja que a lo lejos se escuchaba rota.
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Editado: 25.10.2026