Hasta el último respiro

Nos convertimos en piñatas

Las cosas no habían mejorado en lo absoluto. Diría que todo lo contrario, de hecho.

Empezando con que a Sarah le había parecido buena idea fugarse y no solo eso...

Se fugó con todas nuestras provisiones.

Sí, todas: La poca comida enlatada, las botellas de agua, el arma e incluso el estúpido mazo de cartas de Henry.

Una semana atrás, tras la muerte de Jackson, Sarah se aisló por completo: apenas comía, no hablaba ni dormía. Nosotros la comprendimos e intentamos animarla pero nada parecía funcionar. Hoy en la mañana nos dimos con la sorpresa de que se había ido, sin dejar un solo rastro y llevándose todo lo que necesitábamos.

La habíamos buscado por varias horas hasta que aceptamos que era inútil.

Me costaba entender cómo es que se había marchado así, sin más, sin decir una sola maldita palabra... Pero, si lo pensaba bien, es algo que no me sorprendía del todo. Desde la muerte de su hermano se había apagado, como si ya no le importara nada ni nadie.

Al menos algo había salido bien hoy, en la búsqueda de Sarah encontramos unos afiches en los cuales anunciaban algo sobre una zona segura y debajo un mapa colorido de dónde se encontraban.

Como no teníamos muchas opciones, decidimos creer en el pedazo de papel y dirigirnos hacia dicho lugar.

—¿Dónde tenemos que ir ahora? —le preguntó Steph a Josh que era quién sostenía el mapa.

—Tenemos que cruzar la estación de tren, supuestamente.

—¿Qué tan lejos está eso? —pregunté, asomandome sobre su hombro.

—Caminando a paso de Henry, es probable que tardemos dos horas o más. Tal vez más si se queja.

—Voy al baño —interrumpió Marie antes de que Henry pudiera defenderse—. Ustedes adelántense, ahora los alcanzo.

Cuando volteé para preguntarle si quería que la acompañemos, ya se estaba alejando hacia los baños de un grifo cercano.

—¿Creen que en esa tienda pueda haber algo útil? —preguntó Steph señalando un pequeño local en la misma calle.

—Espero que algo de comida, al menos. Me muero de hambre.

—Deja de pensar en comer, Henry —su hermano le dio un codazo para fastidiarlo.

—No puedo dejar de pensar en comer si mi barriguita está sonando tanto —resopló después de mirarlo mal y comenzó a arrastrar sus pies hacia la tienda—. Me conformaría incluso con una barrita de cereal.

Dimos unos pasos más, por un segundo sentí algo extraño en el piso, como una leve tensión bajo mis zapatos, pero antes de que pudiera decir algo...

—¡Con cuidado con las...!

Y cuando pensamos que nada más podía empeorar este día...

El suelo debajo de nosotros pareció desaparecer por un segundo, y antes de que pudiera procesar lo que ocurría, sentí una cuerda gruesa enrollándose en mis tobillos. Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Un tirón brusco y, de repente, el mundo estaba de cabeza.

—...cuerdas —murmuró Josh, terminando su frase.

—Ehh... ¿Me pueden explicar qué acaba de pasar? —dijo Henry con una voz aguda.

Miré alrededor; éramos cuatro personas balanceándonos de cabeza en una trampa improvisada. La tienda parecía aún más lejana desde esta nueva y humillante perspectiva.

—Creo que nos convertimos en piñatas —balbuceó Steph, con voz temblorosa mientras giraba levemente en el aire.

—¿Qué? Agh... ¿Alguno tiene un cuchillo o algo? —preguntó Josh exasperado.

Y como respuesta y burla del universo hacia nosotros, la daga se deslizó de mi bolsillo y cayó en el piso con un sonido seco.

—Nop.

—No.

—Negativo.

El viento parecía jugar con nosotros, meciéndonos de un lado a otro como si fuera parte de algún macabro espectáculo.

—¿Y si llamamos a Marie? —sugirió Henry, moviéndose lo suficiente para intentar mirar hacia la gasolinera—. ¡Marie! ¡Marie!

—Cállate baboso, vas a hacer que nos maten.

—¡Nos vamos a morir así de todas maneras, Josh! —aunque no lo podía ver, podía imaginarme la cara de estrés de Josh, tanto así que de no haber estado colgada me hubiese reído.

Estar de cabeza te hizo más tonta.

Estuvimos así por un buen rato, intentando forcejear con las cuerdas pero no logramos absolutamente nada.

—¿Qué...? ¿Cómo...? Me fui solo cinco minutos —giré mi cabeza, lo que provocó que me mareara un poco, y vi a Marie de cabeza llevándose una mano a la cara.

Tú eres la que está de cabeza.

Ah, sí.

—¿Qué demonios? —un chico desconocido se acercó a nosotros y nos miró desconcertado, casi de inmediato Marie le apuntó con una pistola la cual no tenía idea de su existencia y él hizo lo mismo.

—¿¡Quién eres tú!?

—¿¡Quién soy yo!? ¿¡Quiénes son ustedes!?

—¡Bájalos!

—¿¡Cómo no vieron las cuerdas en el piso!?

Esa es una buena pregunta, en realidad.

Hey, yo sí las vi. No a tiempo, pero las vi.

¿Y eso te sirve de algo ahora?

—¡Bájalos! —repitió Marie.

—¡Baja tu arma primero!

—¡No!

—¡Entonces no los voy a bajar!

No creo que gritar ahora sea buena idea y no solo porque me doliera la cabeza.

—¡Marie, baja el arma por el amor al viento! —le gritó Steph.

Sí por favor, ya no siento mi cerebro.

¿Se puede sentir el cerebro?

Santo cielo.

—¿Hola? ¿Alguien nos va a bajar o...? —pregunté con voz chillona.

El chico resopló y se fue, Marie lo siguió, un tantito irritada.

—¡Oye! ¡Tienes que bajarlos! —escuché que le gritaba.

—¡Eso voy a hacer! ¡Cálmate, demente!

Y después de escuchar al chico maldecir, todos caímos al piso de una manera no muy delicada. De milagro no nos rompimos algo... como el cuello, por ejemplo.

Escuché los pasos apurado de Marie acercándose.

—¿¡Están bien!?

—Define bien —Josh extendió su mano y ayudó a levantarme del suelo.

—¿¡Cómo no vieron las malditas cuerdas en el piso!? ¡Tardé horas en armar las trampas! —el chico exclamó a gritos mientras se acercaba enojado.




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