El traslado de Emily al National Spinal Injuries Centre, la unidad de rehabilitación de Stoke Mandeville, ocurrió unas siete semanas después del accidente.
La nueva habitación era distinta a la de la planta hospitalaria. Seguía siendo un espacio médico, pero tenía algo menos impersonal: un escritorio, una pequeña estantería, una butaca junto a la pared y espacio suficiente para maniobrar con una silla de ruedas. Desde el cristal se veían los jardines del centro y, de vez en cuando, a otros pacientes desplazándose entre los edificios con sus sillas o acompañados por algún terapeuta.
La rutina también cambió. Las mañanas empezaban temprano y se repartían entre fisioterapia, terapia ocupacional, ejercicios de equilibrio y prácticas de transferencia, además de las conversaciones constantes sobre autonomía y adaptación que Emily seguía detestando casi tanto como la propia palabra rehabilitación.
Al principio, el gimnasio fue una de las partes más difíciles del día. Por primera vez compartía espacio con otras personas que también estaban aprendiendo a vivir con una lesión medular. Algunos utilizaban silla de ruedas; otros practicaban con andadores o barras paralelas. Lo que más desconcertaba a Emily no era verlos allí, sino la naturalidad con la que afrontaban actividades a las que ella aún no se había acostumbrado del todo.
Sarah se convirtió pronto en una presencia constante. Corregía movimientos, proponía objetivos pequeños y celebraba avances que a Emily le parecían insignificantes. Sin embargo, poco a poco empezó a notar algunas diferencias: las transferencias ya no le resultaban tan imposibles como al principio, podía mantener el equilibrio sentada durante más tiempo y ciertos movimientos comenzaban a exigirle menos concentración.
Nada de aquello significaba aceptación, ni tampoco que la rehabilitación se hubiera vuelto fácil. Seguía habiendo días frustrantes y momentos en los que el esfuerzo parecía desproporcionado para lo poco que conseguía. Pero empezaba a recuperar algo que había echado de menos durante semanas: confianza.
Una confianza que todavía era frágil y dependía de ejercicios sencillos, práctica constante y supervisión. Aun así, algunos objetivos que unas semanas antes le habían parecido absurdos ahora empezaban a parecerle posibles.
Y fue precisamente esa sensación la que la acompañó cuando abrió los ojos una de esas mañanas.
El día anterior había sido razonablemente bueno. Agotador, sí, y frustrante por momentos también, pero bueno dentro de lo que aquella palabra significaba ahora. En el gimnasio, Sarah había vuelto a practicar con ella las transferencias sin tabla durante un rato. Seguían siendo movimientos muy controlados, con ayuda constante y supervisión cercana, pero cada vez le resultaban más fluidos, menos extraños.
Emily permanecía despierta en la cama, mirando distraídamente la claridad grisácea que empezaba a aparecer detrás de la ventana. La silla de ruedas estaba colocada junto a la cama, y el celular descansaba sobre la mesita de noche, conectado al cargador. Al otro lado de la habitación, el portátil seguía abierto sobre el escritorio, donde lo había dejado la noche anterior después de hablar con Fran.
Lo observó durante unos segundos. Normalmente habría esperado a que alguna enfermera apareciera para ayudarla a levantarse, pero aquella mañana no quería hacerlo. Sintió la necesidad de comprobar si podía empezar a resolver algunas cosas por sí misma, aunque siguiera dependiendo de otras personas para casi todo lo demás. No era exactamente orgullo ni impaciencia, sino algo más difícil de explicar, incluso para sí misma.
Solo quería sentarse en la silla. Nada más.
Además, ya había practicado movimientos parecidos con Sarah. Sabía que todavía necesitaba supervisión, pero la mejoría del día anterior seguía presente en su memoria, y la distancia entre lo que había conseguido hacer y lo que quería intentar le pareció, en ese momento, menor de lo que era en realidad.
Respiró hondo y volvió a mirar la silla antes de apartar las mantas.
El movimiento para incorporarse le resultó bastante más familiar que unas semanas atrás. Giró el cuerpo con cuidado y apoyó las manos en el colchón mientras colocaba las piernas en la posición que había aprendido a fuerza de repetir el movimiento. Todo seguía pareciéndole extraño, como si tuviera que dirigir cada parte de su cuerpo de manera consciente, pero consiguió sentarse al borde de la cama.
El corazón empezó a latirle más rápido.
Acercó un poco más la silla y comprobó que las ruedas estuvieran bloqueadas, tal como había visto hacer tantas veces. Después apoyó ambas manos, preparándose para impulsarse.
Dudó.
La advertencia de Sarah le volvió a la cabeza con una claridad incómoda: todavía no sola.
Emily tragó saliva. «Solo es una transferencia corta», pensó.
Se inclinó hacia adelante y trató de desplazar el peso para separarse del colchón. Por un instante, el movimiento pareció salir bien. Sintió que conseguía elevarse apenas, con las manos soportando la tensión y la silla al alcance. Incluso llegó a experimentar una breve oleada de satisfacción: lo estaba haciendo.
Entonces perdió el equilibrio.
Una de sus manos resbaló al intentar reajustar el apoyo y el cuerpo se le venció hacia un lado. Intentó corregir el movimiento, recuperar la posición, encontrar otro punto donde sujetarse, pero todo sucedió demasiado rápido.