Hasta la última curva

13. El peso de los días

Las semanas empezaron a mezclarse unas con otras dentro de Stoke Mandeville. Los días seguían una estructura precisa: fisioterapia, terapia ocupacional, controles médicos, descansos. Pero a Emily cada vez le costaba más distinguir entre avanzar y limitarse a cumplir con la rutina. Antes, incluso los progresos más pequeños le daban algo a lo que aferrarse. Ahora, cada sesión parecía dejarla más pendiente de lo que todavía no era capaz de hacer que de lo que había conseguido.

Las noches eran peores.

El silencio de la habitación dejaba demasiado espacio para los pensamientos, y la caída regresaba una y otra vez a su cabeza en fragmentos desordenados: la pérdida de equilibrio, el golpe contra el suelo, el pánico, la grúa elevándola lentamente.

Sobre todo la grúa.

Emily odiaba descubrir hasta qué punto la había afectado aquello. A veces cerraba los ojos y todavía recordaba la sensación de estar suspendida, sin ningún control sobre sus propios movimientos, dependiendo de otras personas para simplemente volver a la cama.

Durante esos días, la rehabilitación dejó de parecerle una etapa provisional. Empezó a preguntarse si aquello no era, en realidad, su vida a partir de ahora.

Sarah hacía todo lo posible por impedir que Emily se encerrara demasiado en sí misma. Ajustaba ejercicios, reducía la presión cuando notaba que la ansiedad empezaba a bloquearla y buscaba constantemente pequeñas victorias que le devolvieran algo de confianza.

Algunas veces funcionaba, otras no.

Había mañanas en las que Emily conseguía completar transferencias razonablemente buenas y hasta parecía recuperar pequeños rastros de la determinación que había mostrado antes de la caída. Pero bastaba un pequeño error para que la ansiedad y la frustración regresaran.

El esfuerzo de mantener cierta normalidad empezaba a pesarle demasiado. Hablaba menos, muchas veces tardaba horas en responder los mensajes, dejaba conversaciones a medias y cada vez encontraba menos fuerzas para fingir que todo iba razonablemente bien.

Las sesiones con la psicóloga del centro le permitían poner en palabras algunas de las cosas que llevaba dentro y entender mejor lo que estaba sintiendo. Aun así, el malestar seguía acumulándose, y no siempre encontraba alivio en aquellas conversaciones.

Una tarde, después de una sesión especialmente agotadora en el gimnasio, Emily regresó a la habitación con el cuerpo todavía tenso por el esfuerzo. Se detuvo junto a la ventana mientras una lluvia fina empezaba a cubrir los jardines de Stoke Mandeville . Después tomó el celular de la mesita de noche y pensó en llamar a Fran.

Pero antes de abrir la conversación, el dedo se desvió casi automáticamente hacia Instagram. La primera publicación que apareció era de Carlin.

Sintió un vuelco en el estómago al ver la fotografía: dos pilotos posando frente al monoplaza de Fórmula 3 del equipo para la temporada 2022: Lars Nyström y Jonas Becker.

Emily se quedó mirando la imagen. Ese debía ser su coche, su anuncio. Lars debía ser su compañero de equipo, y la persona que posaba a su lado debía ser ella.

Desplazó la vista hacia Jonas. Lo conocía desde hacía años, cuando coincidieron en karting y después en campeonatos junior. Siempre había sido educado, tranquilo y absurdamente trabajador. Uno de esos pilotos que incluso dentro de un paddock competitivo resultaban difíciles de odiar.

Además, era muy bueno. Emily lo sabía, y eso le impedía refugiarse en la idea de que no merecía estar ahí. Jonas se había ganado aquella oportunidad.

Pero una parte de ella seguía pensando lo mismo:

Ese era mi asiento.

Volvió a mirar la fotografía: Lars sonriendo, Jonas a su lado, los colores del equipo. Todo aquello que había formado parte de su vida seguía allí, intacto, mientras ella estaba en Stoke Mandeville, aprendiendo a transferirse de una cama a una silla de ruedas sin caer al suelo.

Sintió una presión detrás de los ojos y apartó la mirada de la pantalla. Entonces la sensación de pérdida empezó a mezclarse con una culpa corrosiva:

No debería sentir esto.

Porque Jonas no le había robado nada. Nadie la había apartado injustamente ni había hecho nada malo. El accidente había cambiado sus planes, y el equipo tenía que seguir adelante. Lo entendía. No había nada que reprocharle a nadie.

Aun así, cada vez que volvía a mirar la fotografía, algo se le revolvía por dentro.

Bloqueó el teléfono de golpe. El clic seco resonó en el silencio de la habitación.




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