Camila
Una vez en mi casa, Val no tardó ni dos segundos en empezar.
Había venido a hacerme la segunda en esta situación, y yo la necesitaba por si me bajaba la presión. O algo peor.
—Posta, ¿y si estás por vivir un romance adolescente?
—Estoy más cerca de un secuestro, gracias.
—Bueno, ¿y entonces qué se supone que vas a hacer? ¿Vas a cambiar de teléfono de nuevo y ya? O, mejor aún, ¿vas a llamar al fugitivo para pedirle tu teléfono?
—Sh, necesito concretar mis ideas.
Nos sentamos en mi cama y desbloqueé el teléfono. Solo tenía SMS, Google, correo electrónico y las aplicaciones que ya venían instaladas.
No puede ser que no tenga más aplicaciones.
—Ok, el susodicho no es de mucha ayuda —dijo Val mientras me veía examinar el teléfono.
Ella seguía hablando, pero yo no podía dejar de pensar en lo raro que era que no tuviera WhatsApp. Hasta los nenes lo usan.
—No tiene WhatsApp, redes sociales ni...
Una notificación interrumpió mis pensamientos.
Un correo electrónico.
Lo abrí, esperando encontrar alguna explicación para el misterio del teléfono.
«Hola, soy Víctor, el dueño del teléfono que tenés... Creo que había maneras más sencillas de obtener mi número, aunque esta fue una forma creativa de tenerlo, ¿eh? Jaja. Te lo dejo anotado, tranqui».
Me quedé mirando la pantalla.
Primero, quería matarlo.
Segundo, él se había equivocado de celulares, no yo.
Y tercero, definitivamente me estaba volviendo loca.
—Dios, siento que estoy viviendo una película romántica a través tuyo. Me da FOMO y algo de anhelo.
—Val, sos la única que lo vive así. Me asusta.
—Porque vos no sabés disfrutar.
—No, porque vos convertís cualquier situación en una película.
—Bueno, pero admití que esto tiene potencial.
—¿Potencial para qué? ¿Para que me devuelvan mi teléfono?
—Para una historia de amor.
—Por tu culpa no me gustan las películas románticas.
—Estoy segura de que, una vez que vivas un poco, ni siquiera vas a necesitar una película romántica.
—¿Podés dejar de planificar mi vida amorosa? Ni siquiera sé quién es el tipo.
—Mejor. Así tenemos desarrollo de personajes.
Val seguía inundándome la cabeza con sus teorías cuando escuché que Mónica había llegado.
—¡Moni, tu hija tiene novio!
Dios, soy yo, tu humilde sierva. Dame paciencia porque, si me das fuerzas, la MATO.
Y la muy desgraciada de Valentina bajó de mi pieza para buscarla.
—¿Camila con novio? No me contaste nada, hija.
Mientras bajaba la escalera, podía sentir cómo se me sonrojaba la cara.
—Mónica, es toda una historia de amor.
Mi mamá y Val siguieron hablando de mi inexistente novio como si estuvieran organizando mi boda. Yo, mientras tanto, solo podía pensar en que al día siguiente tenía que devolverle el teléfono a ese chico.
Ah, y en que, evidentemente, ellas eran las mejores amigas y yo, la amante en este vínculo.
—Uy, ya me está llamando mamá. Me tengo que ir.
—Te abro, Val.
Val fue a buscar sus cosas y se fue.
Típico de ella. Tirar una bomba e irse. Es peor que Judas.
—¿Entonces? —preguntó mi mamá mientras se sentaba en la silla de al lado.
—¿Entonces?
—Perdiste tu teléfono.
—Voy a recuperarlo, mamá.
—Dios, Camila, tratá de tener cuidado. ¿Ahora qué? ¿Se supone que te vas a juntar con ese chico que solo Dios sabe quién es y qué hace de su vida?
—Si lo decís así, no suena bien, Mónica. Además, lo decís como si hubiera planeado que las cosas se dieran así. No tuve cuidado, sí. Pero el chico accedió al cambio de teléfono. Voy a recuperar el celular.
—Cami, solo te voy a pedir que trates de ser cuidadosa. Solo somos dos ahora y necesito contar con vos, ¿sí?
—Sí, mamá.
La vi levantarse, acercarse a mí y darme un beso en la mejilla antes de subir a su pieza.
Sí, sé que somos dos. ¿Cómo no saberlo?
Después de almorzar, subí a mi pieza, encendí el celular y le respondí.
«Hola. Uy, sí, no sabés, moría, eh. En fin, ¿podríamos hacer el intercambio hoy?».
Mientras se enviaba el mensaje, apareció una notificación de Google Fotos.
«Recuerdos de hace 13 años».
Entré.
No debería estar haciendo esto. Mi moral me lo decía bastante claro, pero... ¿y si Víctor era alguien turbio? ¿Y si ahora yo era su cómplice?
En la primera foto aparecían una mujer, un hombre y una señora con un nene en brazos. No estaba segura de por qué, pero ese nene me recordó a Víctor. Quizás por su sonrisa.
O, al menos, por el vago recuerdo que tenía de él.
Había cinco fotos más de ese mismo día. En todas aparecían las mismas cuatro personas. Parecían una familia amorosa.
Seguí pasando las fotos, una tras otra, hasta llegar a la última.
Mi dedo quedó suspendido sobre la pantalla.
No sabía qué estaba buscando. Ni siquiera estaba segura de querer encontrar algo.
Entonces volvió a aparecer una notificación:
«Uy, no, hoy me es imposible, pero mañana estoy disponible 😉».
...
Dios, qué chobón.
Apagué el teléfono antes de pasar a la siguiente foto.
Era hora de una siesta... Evidentemente, me hacía falta descansar. No tenía tiempo para esto.
Dejé el celular boca abajo sobre mi mesa de luz y me acosté, dándole la espalda, como si así pudiera dejar de pensar en lo que acababa de ver.
Editado: 22.10.2026