Capítulo cuatro
Víctor
Con el celular ya desbloqueado, solo quedaba una cosa por hacer: revisar.
Bueno, Camila, ¿qué tenemos acá?
Chusmeando sus aplicaciones, encontré WhatsApp, el cual no tengo; Instagram, el cual tampoco tengo, y un montón de redes más que tampoco uso.
Solté un suspiro y busqué el teléfono de Matías, mi amigo, esperando a que el boludo me atendiera.
Mientras el teléfono sonaba, pasé cerca de Juli y agarré uno de esos vasos descartables del dispenser.
—¿Hola? —dijo Matías con voz cansada—. ¿Quién habla?
—Hola, bola, soy yo.
—¿Víctor? ¿Cambiaste de número, boludo? Me asusté. Pensé que me llamaban los de Personal. ¿Viste la hora que es? Es re temprano.
—¿Ya terminaste? Escuchá, perdí el teléfono...
Y Matías me interrumpió.
—¡¿Qué?! ¿Sos pelotudo?
—Pará, qué ansioso que estás, ¿no? ¿Puedo terminar de hablar? Me la hacés muy larga.
—Uh, bueno, seguí.
—Hoy me choqué con una piba.
Y pude escuchar su risa.
—¿Era linda?
—E hicimos un divertido intercambio de teléfonos. Yo ahora tengo el de ella y ella el mío. No me di cuenta hasta que llegué acá con mi abuela.
Dejando de ser el típico adolescente boludo, me preguntó de verdad:
—Ey, pará, ¿y cómo sigue la abuela?
—Y ya sabés... con cáncer.
—Genio, ya sé, pero ¿cómo la ves?
—Ahí anda, pidiendo puchos. Estaba por llevarle un vaso de agua que me pidió, pero me acordé de que, si me llamabas o algo, no iba a poder atenderte, así que preferí avisarte.
—Típico de Rita... —dijo, mientras podía oír cómo se levantaba de la cama.
—Bueno, y eso. Le estoy por mandar un email.
—¿No es irrumpir en la privacidad de una dama? —dijo con ese tono burlón que conocía tan bien.
—Supongo que tengo cosas que saldar con esa dama —dije, divertido—. Además, la hubieras visto, le caí genial. Capaz este intercambio fue nuestro hilo rojo, ¿eh?
—Ja, suena a que te limpiaron peor que a como lo quieren limpiar a Milei.
—Sh, lo último que se pierde es la esperanza. Además, Milei se merece esta limpieza, eh. Bueno, te dejo, vuelvo con mi abuela.
—Listo. Eu, seguro a la tarde paso y te llevo algo para comer.
—Buee, mamá, dale.
—Nada de chicas mientras no estoy, ¿eh? Te dejo un segundo y ya estás de Romeo.
Y corté.
—Bueno, volví —dije, entrando y cerrando la puerta detrás de mí.
—Ya me estaba por deshidratar —dijo, haciéndose la pobrecita mientras agarraba el vaso que le estaba extendiendo.
—Listo —dije y me tiré en la silla que estaba al lado de ella.
Prendí el teléfono. Escribí mi email y puse:
«Hola, soy Víctor, el dueño del teléfono que tenés... Creo que había maneras más sencillas de obtener mi número, aunque esta fue una forma creativa de tenerlo, ¿eh? Jaja. Te lo dejo anotado, tranqui».
Y lo mandé.
—Conectá tu celular a la tele, no quiero ver Elif —dijo mi abuela antes de pasarme el control.
—¿Y qué querés ver?
Entonces, mientras me respondía, sentí cómo vibraba el celular que tenía en la mano. Un email.
«Hola. Uy, sí, no sabés. En fin, ¿podríamos hacer el intercambio hoy?».
Pude sentir cómo se me formaba una sonrisa en la cara.
—¿Y, nene? ¿Me estás escuchando?
—Sí, sí. ¿Pero cuál? —dije, mirándola ahora sí a los ojos.
—Una de esas películas que ves vos, de esos que se disfrazan.
—¿Avengers?
—Ese debe ser, sí.
Y se acomodó mejor en su cama, mientras yo, como esclavo, le ponía la primera película de Avengers.
Aprovechando que la vieja estaba entretenida con la película, volví a agarrar el celular y respondí:
«Uy, no, hoy me es imposible, pero mañana estoy disponible 😉».
—¿Y ese de traje rojo y amarillo quién es?
La voz de mi abuela me sacó de la conversación con Cami.
—Pero, abuela, es Iron Man.
—Uy, bueno, son muchos para recordar. Hago lo que puedo —dijo, cruzándose de brazos.
—Bueno, bueno, tenés un punto.
—Vi, ¿de verdad te quedás acá? ¿No te juntás con Matías o alguno de tus amigos? Hoy el día está hermoso, se puede ver el sol desde la ventana —me decía, con la vista aún en la película.
Vi que tenía los ojos llorosos. Supongo que debe ser fuerte, porque, más allá de ser una señora mayor, tener cáncer y depender de un chico de diecisiete años no debe ser fácil. Pero supongo que es la realidad que nos tocó.
—Sí, abu, hoy no tengo clases y, en vez de quedarme en casa rascándome, planifiqué quedarme acá y robarte las gelatinas que te dan...
La vi reír.
—¡Qué tarado! Esta gelatina es más aguada que estómago, eh. Eso lo sacaste de tu papá; él también comía de todo —dijo mientras se secaba las lágrimas.
—Sí, papá comía mucho, jaja...
Ambos hicimos silencio.
—En un rato viene Mati. Seguro nos trae algo mejor que la gelatina, jaja.
Editado: 22.10.2026