—¿Quién se murió? —me dispara Vicky antes siquiera de que yo termine de arrastrar la silla de madera y metal que chilla contra el piso de la cafetería con el sonido exacto de mi estado mental.
Me dejo caer frente a ella como si fuera un saco de escombros. Llego doce minutos tarde porque, al parecer, descubrir que tus ovarios tienen fecha de vencimiento y están a punto de jubilarse altera levemente la percepción del tiempo, del espacio y de la gravedad. Entré al café con el pelo revuelto por un viento que decidió ensañarse exclusivamente con mi cabeza castaña enrulada, la cartera colgando de un hombro y una carpeta de estudios médicos apretada contra el pecho como si fuera un escudo antibalas.
Apenas me ve cruzar la puerta, Vicky hace ese gesto de mejor amiga que consiste en levantar una ceja, dejar su celular boca abajo sobre la mesa y mirarte fijo durante dos segundos para diagnosticarte sin necesidad de tomografías ni estudios clínicos. Vicky tiene el superpoder de saber si estoy deshidratada, si me bajó la regla o si acabo de tomar una pésima decisión financiera con solo escanear mi postura corporal.
—Mi fertilidad —respondo, soltando la carpeta sobre la mesa con un ruido sordo.
El mozo, un chico que no debe tener más de veinte años y que lleva un delantal de jean que le queda enorme, aparece justo a tiempo para escuchar la frase. Se queda congelado a medio metro de nuestra mesa, con la libretita en una mano y la lapicera en la otra, y casi se atraganta con su propia saliva.
—¿Perdón? —dice el pobre, con los ojos abiertos como dos huevos fritos.
—Un café —le digo retractándome y girando la cabeza para mirarlo con una expresión vacía que seguramente asustaría a Stephen King—. Negro. Gigante. Tamaño balde de albañil, si tienen. Y si le pueden poner un chorrito de esperanza, también se los agradezco.
El chico parpadea, procesando la información. Apunta algo ilegible en su libreta, probablemente "Atención psiquiátrica urgente en la mesa cuatro" y asiente lentamente con una sonrisa protocolar.
—¿La esperanza viene en agregado de crema saborizada para el café? Porque creo que solo nos queda de vainilla y avellana—murmura, visiblemente intimidado por mi aura de tragedia inminente.
—Traelo solo, entonces. Gracias, rey.
Tras el pedido de mi amiga, el chico huye despavorido hacia la barra con una expresión que seguramente va a contar cuando llegue a su casa. «Mamá, hoy atendí a una mujer al borde del colapso que me pidió esperanza con leche. Creo que voy a dejar la gastronomía y
anotarme en ingeniería».
Vicky espera en silencio hasta que el mozo desaparece detrás de la máquina de espresso. Se cruza de brazos y se inclina hacia adelante, invadiendo mi espacio vital.
—Bueno... hablá. Desembuchá ya mismo porque me vas a matar de un infarto.
Abro la carpeta médica con una lentitud dramática. Saco un folleto satinado, brillante, lleno de colores pastel y dibujos de óvulos sonrientes. Sí, óvulos con caritas felices, bracitos y piernitas. Lo dejo sobre la mesa, deslizándolo hacia ella como si fuera un expediente clasificado del FBI.
—La ginecóloga me acaba de decir que no espere demasiado si quiero ser madre—suelto, de golpe, sin anestesia.
Vicky mira el folleto, luego me mira a mí, y hace una mueca que es una mezcla de confusión y horror.
—¿Así nomás? ¿Te tiró esa bomba nuclear y se quedó tan pancha?
—¡Con una sonrisa, Victoria! Eso fue lo peor. Primero me preguntó si pensaba algún día ser mamá y le dije que sí, pero no ahora y ahí vino la bomba: "Palomita, el reloj biológico no perdona. Tus reservas están bajando. Si querés un bebé, yo te diría que vayamos acelerando el trámite".
—¿Y por qué te dice “Palomita”?
—Pensó que así era una forma de solapar la noticia de que me queda poco tiempo de mujer posiblemente gestante.
Vicky suspira, agarra el folleto, lo examina con desdén y lo vuelve a dejar boca abajo, como si la sonrisa del óvulo la estuviera perturbando también.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Querés tener hijos?
La pregunta queda flotando en el aire, densa, pesada, mezclándose con el olor a medialunas tostadas y a café recién molido del local.
Una cosa es responder esta pregunta cuando te la hace tu tía Norma en la cena de Navidad, entre un bocado de vitel toné y un sorbo de sidra caliente, que en realidad no quiere saber de tu maternidad sino que quiere preguntarte por qué carajos seguís soltera a tu edad o si sos lesbiana. Otra muy distinta es contestarla de verdad. Contestártela a vos misma. Bajar al sótano de tu cerebro, prender la luz, esquivar las telarañas de tus traumas infantiles y admitir lo que realmente querés.
—Sí —digo y la voz me sale como un hilito ridículo. Me aclaro la garganta—. Sí.
—¿Mucho?
—Muchísimo. Nivel: veo un pañal cagado y me parece una obra de arte contemporáneo. Sí, Vicky. Quiero ser mamá. Lo sé desde hace rato, pero siempre pensé que tenía tiempo. Que mis ovarios eran inmortales. Que iba a llegar a los cuarenta, iba a conocer al amor de mi vida en un aeropuerto porque nos chocaríamos y se nos caerían los libros al mismo tiempo, y tendríamos gemelos preciosos. Pero resulta que mis ovarios ya están buscando precios de geriátricos.
—¿Y entonces? —insiste ella, con la lógica implacable de quien no está en medio de una crisis hormonal.
La miro como si acabara de sugerirme que me compre un helicóptero para ir al supermercado.
—¿Con quién, Victoria? Te lo ruego, decime, ¿con quién? Iluminame.
El mozo llega en ese preciso instante y apoya mi taza gigante de café negro frente a mí, junto con un vasito de soda. Me mira de reojo, aterrado y se retira caminando hacia atrás despacito, por si decido atacarlo.
Agarro la cucharita, aunque el café no tiene azúcar y la uso para señalar el aire mientras empiezo mi monólogo:
—El último hombre con el que salí, Marcos, ¿te acordás? El gerente de marketing. El señor que usaba sacos de lino en invierno. Bueno, con él salimos seis meses y nos comportábamos como pareja y cuando le planté por primera vez la idea de ser una pareja, me tiró “creo que deberíamos llegar hasta acá, Palo”. ¡Un hijo de puta!