Hazme un bebé, por favor

2. Mi mejor amigo gay

—Si mi reloj inteligente me vuelve a felicitar por mi ritmo cardíaco o me tira un cartelito animado con fuegos artificiales diciendo que estoy "quemando calorías", te juro por lo más sagrado que me lo arranco de la muñeca y lo tiro al medio del lago para que se lo traguen los gansos.

Esa es mi frase de bienvenida. Ni "hola", ni "buen día", ni "¿cómo estás?".

Teo frena su trote a medio metro de mí en cuanto se acerca, se saca un auricular blanco de la oreja con una lentitud exasperante y me mira de arriba abajo con una sonrisa ladeada.

—Buen día para vos también, Palo. Veo que te levantaste con la energía de un monje budista.

—Me levanté con la energía de un rehén —le corrijo, apoyando la frente contra la corteza áspera de un árbol inmenso del Rosedal de Palermo—. Después de meses que me insistís con la idea de salir a correr un domingo por la mañana, he aceptado así con escasas virutas de voluntad en mi sangre.

Si alguien me hubiera dicho hace diez años que un domingo a las ocho de la mañana iba a estar usando calzas de lycra chupines, un corpiño deportivo nivel cinco de compresión que me aplasta los órganos internos y unas zapatillas fosforescentes que cuestan lo mismo que un mes de alquiler para salir a correr voluntariamente, le habría recomendado un excelente psiquiatra. O lo habría escupido. O las dos cosas.

Sin embargo, acá estoy. Estirando un músculo de la pierna cuya existencia desconocía hasta hace cinco minutos, mientras espero que mi mejor amigo termine de desperezarse. Me pregunto seriamente si una persona puede sufrir una crisis existencial completa, con llanto y replanteos ontológicos, antes incluso de haber desayunado carbohidratos.

Teo, por supuesto, está intacto. Iniciamos nuestro recorrido propuesto, por mi parte siguiendo sus recomendaciones para una marcha de principiantes porque eso es lo que soy en esto del running.

Lleva tiempo sugiriéndome que mi estado de enloquecimiento permanente se puede ver aplacado con disciplina y si empiezo a entrenar así que haber aceptado que sea mi entrenador gratis por hoy viene acompañado de que también quiere sea mi psicólogo porque tengo ciertos temas en los cuales me gustaría que me aporte su brillante opinión. Temas que decido esperar un poco a poder blanquearle.

Debatimos sobre hábitos saludables, sobre sus rutinas y sobre el cardio. ¡El cardio!

—Sos una exagerada—me suelta sin agitarse ni un poquito—. El cardio hace bien. ¿Dormiste algo anoche? Tenés unas ojeras que te llegan al mentón.

—¿Dormir? Sí. ¿Descansar? No. Son dos conceptos completamente distintos, Teodoro. Podés tener los ojos cerrados durante ocho horas y que tu cerebro decida organizar un simposio internacional sobre todos tus fracasos amorosos, financieros y biológicos desde el jardín de infantes hasta hoy.

—Otra vez pensaste demasiado.

—Mi cerebro no conoce otra configuración.

—Bueno, vamos a apagarlo corriendo.

Trotamos bordeando el lago. El aire de Buenos Aires a esta hora todavía está fresco, limpio, casi crujiente. La ciudad parece un lugar completamente distinto cuando la inmensa mayoría de sus habitantes está terminando aún la fiesta del sábado a la noche o empezando su after en algún antro ilegal. El Rosedal de mediados de agosto ofrece un microclima fascinante. Pasamos por al lado de parejas maduras caminando con perros de raza que parecen tener mejor obra social que yo, grupos de jubilados que hacen tai chi en cámara lenta con una paz espiritual envidiable y corredores profesionales, esos que usan medias de compresión hasta las rodillas y cinturones con botellitas de agua, que nos pasan por el costado a una velocidad ofensiva, resoplando como si fueran locomotoras a vapor.

Mi respiración, en cambio, suena como la de un asmático intentando inflar un globo pinchado.

Y entonces lo veo.

Un hombre joven, musculoso, con gorrita con visera, que inexplicablemente viene caminando en dirección contraria a nosotros. Pero no viene solo. Viene empujando un cochecito aerodinámico de tres ruedas. Y adentro del cochecito... hay un bebé.

Un bebé.

Un bebé con un gorrito de lana, chupando un chupete, mirando el paisaje con una cara de aburrimiento total mientras su padre cumple responsablemente sus obligaciones haciéndome creer que no todo está perdido.

Claro. Por supuesto.

Porque el universo ya ni siquiera intenta ser sutil conmigo. El universo abandonó las indirectas y pasó directamente a la agresión física. Veinticuatro horas después de que mi ginecóloga me extendiera un certificado de defunción para mi fertilidad, la ciudad decide llenarse de bebés en situaciones inverosímiles.

Miro el cochecito pasar. Sigo el movimiento con la cabeza hasta que me tuerzo un poco el cuello.

Después miro para otro lado, hacia los patos del lago, fingiendo demencia.

No pienso hablar del tema. No. Me lo prometí anoche mientras me comía un cuarto de helado de dulce de leche granizado directo del pote. Hoy no se habla de óvulos. Hoy no se habla de maternidad. Jamás. Enterré el tema. Soy una mujer joven, profesional, independiente, empoderada, que corre por los parques y no necesita reproducirse para sentirse completa.

Bueno...

Quizás un poquito. Solo una preguntita. Una sondeada táctica.

—Che... —lanzo al aire, entre dos jadeos.

—Mmm —responde Teo, sin perder el ritmo, mirando al frente.

—¿Vos alguna vez pensás en ser papá?




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