La pregunta me sale con tanta naturalidad, con un tono tan exasperantemente casual, que hasta yo misma me sorprendo de mis dotes actorales. Intento mantener la vista al frente, imitando su postura, como si estuviera comentando que parece que va a llover a la tarde o que bajó el precio de la palta en la verdulería.
Teo tarda unos segundos en responder. Solo se escucha el sonido rítmico de nuestras zapatillas contra el asfalto del circuito. Tac, tac, tac, tac.
—Sí —dice por fin. Una sola sílaba. Corta. Clara.
Yo asiento despacio. Muevo la cabeza arriba y abajo con la tranquilidad de una monja de clausura que acaba de escuchar una lectura bíblica sin sobresaltos.
—¿Sí? —repito, haciéndome la tonta.
—Sí, obvio. Siempre me imaginé siendo padre. Desde chico, creo.
—Mirá vos. Qué loco.
—Sí. ¿Por qué la pregunta?
—Por nada. Curiosidad antropológica —miento, esquivando una caca de perro en la bicisenda con la agilidad de un ninja—. Vi al tipo del cochecito y me acordé de que nunca te lo había preguntado tan directamente.
Silencio. Seguimos corriendo unos metros más. Pasamos por debajo del puente blanco del Rosedal.
Yo cuento mentalmente hasta diez para no parecer una psicópata desesperada.
Tengo que darle espacio a la conversación para que respire. Uno. Dos. Tres... ya fue, no aguanto.
—¿Y... cuándo? —disparo, casi atropellándome con mis propias palabras.
Él sonríe. Lo veo de reojo. Una sonrisa tranquila, sin urgencias. La sonrisa de un hombre que no tiene una bomba de tiempo biológica incrustada en el útero.
—No sé, Palo. Algún día. Cuando se dé.
—¿Pero es algo que realmente querés? O sea, ¿no es una idea abstracta? ¿Lo querés materializar en el plano terrenal?
—Muchísimo —dice, y esta vez el tono es solemne. Su respiración ni se altera—. De hecho...
Hace una pausa. Una bendita y dramática pausa.
Gira la cabeza y me mira a los ojos.
—Creo que esta vez podría pasar en serio.
Mi estómago da un vuelco tan violento que por un segundo pienso que voy a vomitar el agua que tomé antes de salir. Tropiezo mínimamente con un relieve del asfalto, pero me recupero.
—¿Cómo que podría pasar? —pregunto y la voz me sale una octava más aguda de lo normal, casi como el chillido de un delfín.
—Porque sigo viendo a Nico.
Ah.
Nico.
El famoso Nico. El inefable Nico. El chico del que Teo me viene hablando ininterrumpidamente hace exactamente treinta y dos días.
Nico el abogado. Treinta y cinco años. Especialista en derecho ambiental, porque por supuesto que no iba a ser un carancho saca-presos; no, él salva ballenas y manglares con recursos de amparo. Lindo. Demasiado lindo. Lindo nivel "modelo de catálogo de ropa escandinava". Rubio ceniza, barba de tres días meticulosamente cuidada, ojos que cambian de color según el clima. Educado. Exasperantemente educado. El tipo de persona que le agradece al mozo cuando le alcanzan la sal, que separa la basura reciclable con obsesión clínica y que sabe qué vino pedir en una primera cita sin parecer un snob.
No le encuentro un solo defecto humano normal. No ronca, no tiene deudas, no le manda mensajes a su ex cuando toma. Lo odio un poquito. Lo odio con ese resentimiento mezquino que uno le tiene a la gente que parece tener la vida resuelta mientras uno no sabe cómo hervir un huevo sin quemar la olla.
—¿Va tan en serio lo de Nico? —pregunto, intentando disimular el tono de decepción.
Teo sonríe de esa manera estúpida, babosa y luminosa.
—Creo que sí, Palo. No te quiero quemar la cabeza, pero... es distinto. Es muy distinto a los demás.
—¿Tan bien se llevan?
—Muchísimo. Es inteligente, es divertido, me baja a tierra cuando me pongo neurótico con el trabajo... no sé. Fluye muy bien.
—Por el amor de Dios, Teo, no uses la palabra "fluye" delante de mí, que me da estrés postraumático. Pero bueno, me alegro. ¿Y ya hablan de estas cosas? ¿De paternidad? ¿A un mes de salir?
—No es que nos sentamos con un powerpoint a planificarlo, ¿no? Pero salió el tema. Estábamos cenando en su casa, vino su sobrino, nos pusimos a jugar con el nene y la charla se dio sola. Él también quiere ser padre algún día. Está en sus planes.
—Ah...
No sé por qué ese "ah" me sale tan triste, tan desinflado. Suena como un globo perdiendo el aire en medio de una fiesta infantil.
Bueno. A quién quiero engañar. Sí sé por qué.
Porque estaré condenada a ser la tía solterona que va a ir a los cumpleaños a regalarles juguetes ruidosos a sus hijos perfectos por pura venganza.
Seguimos trotando. El sol empieza a calentar un poco más. Siento una gota de sudor bajándome por la espalda, cruzando la frontera de mi corpiño deportivo y deslizándose hacia lugares oscuros.
Intento cambiar de tema. Me propongo hablar de la nueva temporada de esa serie de asesinos seriales que estábamos viendo… pero fracaso estrepitosamente a los doce segundos.
—¿Y cómo lo harían? —suelto, de la nada.
—¿Cómo haríamos qué? —Teo me mira desconcertado.
—Lo del bebé, Teo. ¿Cómo lo fabricarían? ¿O adoptarían?
—Qué sé yo, Palo. Adoptar, supongo. Hay un montón de chicos esperando familia. Es un proceso largo y burocrático en este país, ya lo sé, pero Nico tiene mucha experiencia en el tema legal, así que por ese lado estaríamos cubiertos.
—Claro. Nico lo resuelve. San Nico. ¿Y nunca pensaste en un vientre subrogado?
Teo gira la cabeza de golpe y casi se choca con un señor que paseaba un caniche. Le pide disculpas con la mano y vuelve a mirarme, frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—Digo... pregunto. Hoy existe de todo en el menú de la biología moderna. Vientre subrogado en el exterior, donación de óvulos, bancos de esperma con catálogo online donde podés elegir si querés que el donante sepa tocar el violonchelo o tenga ascendencia noruega...
—Palo... —me advierte, bajando la velocidad del trote.