Seguimos avanzando, cruzando la Avenida Iraola. Mi respiración ya es francamente patética, pero mi curiosidad morbosa y mi agenda oculta me dan nafta para seguir hablando. Yo sigo excavando el pozo.
—Pero ponele, Teo. Un ejercicio mental. Hipotéticamente hablando.
—Ajá. Me da miedo tu "hipotéticamente".
—Si hicieran un tratamiento de fertilidad asistida con un óvulo donado...
—Ajá. Te escucho.
—¿De quién preferirías que fuera el esperma? ¿El tuyo o el de Nico?
Él directamente deja de correr. Clava los frenos. Frena en seco en el medio del asfalto.
Yo también freno, agradeciendo secretamente al universo la excusa para dejar de mover las piernas. Me apoyo las manos en las rodillas, jadeando.
—¿Perdón? —me dice, con los ojos bien abiertos.
—¡Es una pregunta científica! ¡Logística! ¡De diseño de interiores genético!
—No, Palo. Es una pregunta rarísima. Y bastante desubicada, si te soy sincero.
—¿Por qué? Solo te estoy pidiendo que me digas a quién mandarías al frente de batalla. ¿A tus soldaditos o a los de Nico?
—¡Porque son las ocho y media de la mañana, Paloma! ¡Porque hace un mes que salgo con el pibe, ni siquiera le dejé un cepillo de dientes fijo en su baño y vos acabás de preguntarme cuál de los dos eyacularía en un frasquito para fecundar un óvulo imaginario ruso!
Lo pienso por un segundo. Muerdo mi labio inferior.
Tiene un punto. Visto desde afuera, sueno como una lunática escapada de un asilo.
—Bueno... un poco intensa la pregunta, te lo tomo —concedo, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿Qué sigue? ¿Querés saber cómo se llamarían los mellizos y a qué colegio bilingüe los mandaríamos?
—No estaría mal ir adelantando ese papeleo, sí.
Él larga una carcajada que hace que se doble un poco hacia adelante. Niega con la cabeza, divertido y resignado a mi nivel de locura. Empezamos a caminar. Ya ni siquiera intentamos correr. La caminata es rápida, pero por lo menos no siento que mis pulmones vayan a explotar como pochoclos.
—Supongo que daría igual de quién fuera biológicamente —dice de pronto, ya en un tono más serio, mirando el piso mientras caminamos.
—¿Igual? ¿En serio?
—Sí. Totalmente igual.
—¿No te daría curiosidad egoísta que tuviera tu genética? ¿Que sacara tus ojos, o tu talento para dibujar, o tu manía insoportable de ordenar los libros por orden alfabético y color?
—La genética no hace a un padre, Palo. Un padre es el que se levanta a las tres de la mañana cuando el pibe tiene fiebre. El que le enseña a andar en bicicleta, el que le cura las rodillas raspadas, el que está ahí. Me chupa un huevo si el ADN dice que es mío o de mi pareja. Es mi hijo igual.
Asiento lentamente. Me quedo callada un par de pasos.
Esa respuesta. Esa bendita, hermosa, madura y perfecta respuesta.
Esa respuesta me gusta. Me gusta muchísimo. Me confirma todo lo que ya sé sobre él. Me confirma que sería el mejor papá del universo. Y me genera una mezcla de ternura infinita y desesperación total. Porque lo quiero para mí. O sea, no para mí de manera romántica, obvio que no. Para mí como socio fundador de mi propia familia.
Pero mi boca es un arma letal que no sabe cuándo detenerse. Sigo.
—¿Y si Nico quisiera que fuera hijo biológico exclusivo de él? Por una cuestión de ego masculino o de continuar su linaje de abogados ecologistas, qué sé yo.
—También estaría bien. No me opondría.
—¿Y si vos de repente, en un arrebato narcisista, quisieras que fuera tuyo sí o sí?
—Lo hablaríamos, Palo. Como dos adultos racionales.
—¿Y si no se ponen de acuerdo? ¿Si los dos tienen un ataque de testosterona y quieren imponer sus genes?
—Lo seguiríamos hablando en terapia de pareja.
—¿Y si de repente descubren que el donante del óvulo tenía...
—Palo.
Levanto las manos en señal de rendición pacífica.
—¿Qué?
—¿Estás escribiendo una tesis de maestría en bioética reproductiva y no me contaste? Porque este nivel de interrogatorio parece de la Gestapo.
Me río, un poco nerviosa.
—No. Para nada.
—¿Entonces? ¿Qué te pasa hoy?
—Nada, boludo. Me parece un tema interesante de debate filosófico.
Él niega con la cabeza, cruzándose de brazos mientras caminamos.
—Mentira. Te conozco desde que teníamos veinte años y tomábamos cerveza tibia en vasos de plástico.
—¿Cómo que mentira?
—Cuando vos decís que algo "te parece un tema interesante de debate", en realidad significa que llevás tres días sin dormir obsesionada leyendo foros en internet sobre el tema y maquinando un plan maquiavélico en tu cabeza.
No respondo.
No respondo porque es exactamente, dolorosamente y quirúrgicamente cierto. Tiene la radiografía de mi psiquis pegada en su cerebro.
Pasan unos minutos de silencio. Caminamos bordeando el campo de golf. El rocío sobre el pasto brilla con el sol que ya está más alto. Ya llevamos casi cinco kilómetros de circuito, entre el trote inicial y esta caminata vigorosa. Empiezo a sentir el cansancio físico en los gemelos y en los muslos. Eso, por suerte, también cansa un poco a mi ansiedad mental.
O eso es lo que quiero creer. Porque el monstruo de mi desesperación solo estaba tomando un vasito de agua en mi cabeza para volver al ring.
Hasta que otra pregunta, la más peligrosa de todas, me salta sola de la garganta. Sin filtro.
—Che, Teo...
Él suspira exageradamente, mirando al cielo azul como pidiendo paciencia divina.
—Decime, Descartes. Iluminame con otra de tus dudas existenciales.
—¿Nunca pensaste que es mucho, depender exclusivamente de una pareja romántica para tener un hijo? —Creo que he sonado muy enroscada.
—¿Cómo? No te sigo el razonamiento.
—O sea... imaginate. Ponele. Todo va bárbaro con Nico o con quien sea. Se aman locamente. Compran una casa con jardín en San Isidro. Adoptan un labrador. Tienen al bebé. Hacen el tratamiento, todo hermoso, fotos en Instagram, hashtag #TwoDads. Y después...