Al mediodía, con la cabeza latiendo al ritmo de música tecno, decido que necesito escapar de la oficina antes de asesinar a alguien así que salgo a almorzar sola.
Cruzo la avenida y me siento en una mesita en la vereda de un restaurante pituco frente a la plaza. Me pido una limonada con jengibre y menta y una ensalada de rúcula, queso de cabra y nueces. No la pido porque tenga ganas de comer pasto, sino porque después de la sesión de tortura aeróbica a la que me sometió Teo ayer a la mañana en el Rosedal, decidí autoconvencerme de que soy una persona saludable. Que mi cuerpo es un templo. Un templo que en este momento daría la vida por una hamburguesa triple con cheddar derretido, pero un templo al fin. O porque quizá si cuido mi figura, me vería más interesante para un mejor partido de los que me he cruzado hasta la fecha y…el solo pensamiento me hace sentir ridícula. Es decir, ¿estoy comiendo pasto para ver si así encuentro al padre de mi hijo?
Llevo masticando exactamente tres hojas de rúcula húmeda con cara de asco, cuando una pareja joven se sienta en la mesa de al lado. Están tan cerca que podría robarles una papa frita sin estirar el brazo.
Sospecho que hay problemas en el paraíso…
Ambos tienen unos treinta años. Él tiene cara de llamarse Gastón y trabajar en finanzas. Ella tiene cara de llamarse Sofía y estar a dos segundos de revolearle el celular por la cabeza a Gastón.
Están eligiendo sus alianzas de matrimonio desde la pantalla del teléfono. El volumen de su charla no es un grito, pero tiene esa intensidad sorda, ese siseo venenoso de las parejas que se odian un poquito pero ya pagaron el salón.
Él arrastra el dedo por la pantalla y dice, con tono práctico:
—La más barata, Sofi. Es oro liso. No le demos más vueltas.
Ella abre los ojos como dos faroles y suelta el menú del restaurante.
—No quiero la más barata. Quiero la más linda. Esta de acá, la que tiene el relieve mate.
Él resopla, cruzándose de brazos, ofendido.
—Gordi, es un anillo. Es un círculo de metal. A los tres meses está todo rayado con el volante del auto.
Ella se inclina sobre la mesa, con los dientes apretados.
—No es un anillo, Gastón. Es EL anillo. Es el símbolo de nuestro amor y compromiso eterno. Lo voy a tener puesto en el dedo hasta el día que me muera.
Cinco minutos de discusión.
Cinco.
Lo cronometro con mi reloj. Cinco minutos argumentando por tres milímetros de diferencia en el grosor de un pedazo de metal que, estadísticamente y, según mi vasta experiencia en la materia, uno de los dos terminará guardando en el cajón de las medias de la mesa de luz dentro de siete años cuando se peleen por la tenencia del perro.
Y ahí, pinchando un queso de cabra que sabe a tiza, me vuelve a pasar.
Otra vez.
Ese cinismo profesional, esa deformación laboral me invade el cerebro. Empiezo a mirar a las parejas de la calle no como seres humanos enamorados, sino como si fueran electrodomésticos de línea blanca en un supermercado. Heladeras, lavarropas, licuadoras.
"¿Cuánto durarán estos?", me pregunto mirando a Gastón y Sofía.
Dos años, hasta que él le meta los cuernos en un viaje de trabajo a Miami.
Cinco, hasta que se den cuenta de que no se soportan en la convivencia.
Diez años con mucha suerte y mucha terapia de pareja. Lo cual es plata y sale caro.
Toda la vida... casi nadie lo sabe, es una ruleta.
Sin embargo, a pesar de las pruebas empíricas en contra, todos firman contratos, invitan a docenas de parientes que detestan a comer pollo relleno, compran casas con créditos a treinta años, mezclan cuentas bancarias, adoptan mascotas, tienen hijos...
Todo lo hacen apostando ciegamente a que ese sentimiento gaseoso e inestable que es el "amor romántico" va a durar para siempre.
¿Y si no?
La pregunta vuelve a mi cabeza. Sola. Pesada. Como un yunque.
Igual que ayer corriendo en el parque. Igual que anoche cuando no podía dormir.
¿Qué pasa si no? ¿Qué pasa cuando el velo se cae, cuando la fiesta termina, cuando el lino francés se mancha y te das cuenta de que no tolerás cómo respira el otro?
Miro a mi alrededor, paranoica.
En la esquina, hay una pareja peleando a los gritos porque uno se olvidó de comprar algo.
En otro banco de la plaza, hay una pareja besándose furiosamente, ciegos al mundo.
En otra mesa más allá, hay un matrimonio mayor, comiendo en absoluto y lúgubre silencio, mirando cada uno la pantalla de su celular, sin intercambiar una sola palabra en toda la comida.
Pienso en todos los casamientos que organicé en estos años.
Fueron más de ciento cincuenta bodas. Vi más lágrimas, más votos jurando eternidad y más vals con "Perfect" de Ed Sheeran o "Thinking Out Loud" de los que cualquier ser humano debería soportar.
También pienso en los divorcios de esos mismos clientes.
Perdí la cuenta. Son decenas. Hay parejas que seis meses, ¡seis meses! después de haberse gastado los ahorros de su vida en bengalas de humo y una barra de tragos premium, se bloquean mutuamente de Instagram y se mandan cartas documento por la licuadora.
El amor romántico es frágil. Es volátil. Es una estafa piramidal avalada por Hollywood y Disney.
Y entonces, inevitablemente, como un imán gravitacional... aparece Teo en mi cabeza.
Otra vez. Y van mil.
Pero no aparece como novio. Mi cerebro no hace esa asociación porque me daría asco a mí y a él. No aparece como hombre para besar. Bueno, es un bombón, pero yo no le gusto porque prefiere otra cosa entre las piernas.
Aparece como... certeza. Como cimiento. Como el único edificio que sobrevivió al terremoto.
Porque si mañana me peleo con Teo, el mundo directamente deja de girar. Si un día no hablo con él, siento que me falta el aire.
No.
Eso no va a pasar. No nos vamos a pelear de forma definitiva. Nos conocemos demasiado. Nos queremos demasiado, de una forma profunda, incondicional, aburrida pero indestructible.