¡ He matado a mi marido!

Capítulo 5: El ex que nadie invitó.

El sábado amaneció con ese tipo de luz dorada que parece diseñada específicamente por el universo para las comedias románticas, y Samantha, quien llevaba toda la semana fingiendo que no estaba nerviosa por la "primera cita" con su propio esposo, se encontró parada frente a su clóset a las cuatro de la tarde, rodeada de al menos once conjuntos descartados sobre la cama, con Rodolfo observando el espectáculo desde su percha con un comentario ocasional de "¡bolsas grandes!" que no ayudaba en absoluto a la situación.

-Cállate, Rodolfo, esto es serio -murmuró Samantha, sosteniendo un vestido azul frente al espejo por tercera vez-. Necesito verme bien pero no demasiado arreglada, porque si me veo demasiado arreglada Sander va a pensar que estoy sobrecompensando, pero si me veo demasiado casual va a pensar que no me importa la cita, y estamos hablando del hombre que fingió su propia muerte para llamar mi atención, así que claramente tiene un umbral de dramatismo bastante alto que superar.

El loro, sin captar ni un ápice de la complejidad emocional del monólogo, simplemente respondió:

-¡Cinta adhesiva!

-Gracias, Rodolfo, muy útil.

Finalmente, después de una deliberación que hubiera avergonzado a cualquier diseñador de modas, Samantha se decidió por un vestido verde esmeralda que Sander le había regalado dos años atrás, en un cumpleaños que, sorprendentemente, él había recordado sin ayuda de nadie, lo cual, en retrospectiva, debería haber sido una señal de que las cosas entre ellos todavía funcionaban mejor de lo que las discusiones recientes sugerían.

Mientras tanto, en el otro extremo de la casa, Sander enfrentaba su propia crisis existencial frente al espejo del baño, intentando decidir entre dos camisas que, para cualquier observador externo, eran prácticamente idénticas, pero que para él representaban decisiones de vida completamente distintas.

-Bruno, ¿cuál crees que le guste más? -le preguntó al perro, que estaba tumbado en el suelo del baño observando el proceso con la paciencia infinita que solo un labrador puede ofrecer-. ¿La azul o la que tiene los botones dorados?

Bruno, por supuesto, no respondió, pero su cola golpeó el suelo dos veces cuando Sander se puso la camisa azul, lo cual él interpretó, con la lógica algo cuestionable de un hombre nervioso, como una aprobación canina inequívoca.

-Azul, entonces. Gracias, amigo, eres el único miembro de esta casa cuya opinión no viene acompañada de sarcasmo.

La cita había sido planeada con meticulosidad militar: una cena en Le Petit Jardin, un restaurante francés con terraza que Samantha había mencionado alguna vez, hacía meses, en una conversación casual que Sander, contra todo pronóstico, había archivado cuidadosamente en su memoria para exactamente este tipo de ocasión. Reservación hecha con dos semanas de anticipación bajo el nombre de "Castillo, mesa para dos, ocasión especial", flores esperando ya en el auto -girasoles, porque Samantha odiaba las rosas por considerarlas "predecibles hasta el punto del aburrimiento"- y hasta una lista mental de temas de conversación cuidadosamente elegidos para evitar cualquier mención a horarios de vuelo, sal en la comida, o cadáveres fingidos.

Lo que Sander no había planeado, ni en sus escenarios más pesimistas, era que el restaurante que Samantha había mencionado "hacía meses" era, coincidentemente, el mismo restaurante donde trabajaba como sommelier nada menos que Joaquín Del Valle, el ex novio de la universidad de Samantha, aquel que, según los rumores que Sander había escuchado alguna vez de boca de Valentina en un momento de indiscreción etílica, había sido "el gran amor que se le escapó" antes de que Samantha conociera a Sander.

Y Samantha, quien genuinamente había olvidado por completo ese pequeño detalle geográfico, entró al restaurante del brazo de su esposo sin la menor sospecha de la bomba que estaba a punto de detonar.

-Reservación a nombre de Castillo -anunció Sander con orgullo al anfitrión, sintiéndose momentáneamente como el protagonista de la película romántica que había estado ensayando en su cabeza toda la semana.

-Por supuesto, señor Castillo, síganme por favor.

Los condujeron a una mesa junto a la ventana, con vista al jardín iluminado del restaurante, exactamente el ambiente romántico que Sander había imaginado. Todo marchaba de acuerdo al plan hasta que, minutos después de sentarse, un hombre alto, de cabello oscuro perfectamente peinado y una sonrisa que parecía sacada de un catálogo de dentífrico, se acercó a la mesa con una botella de vino en las manos y una expresión que pasó, en cuestión de segundos, de la profesionalidad ensayada a un genuino asombro.

-¿Samantha? ¿Samantha Reyes?

Samantha levantó la vista, y su rostro atravesó una serie de expresiones tan rápidas -sorpresa, incomodidad, una fracción de segundo de algo que podría haber sido nostalgia, y finalmente pánico- que Sander, sentado justo frente a ella, tuvo tiempo de sobra para catalogar cada una con precisión forense.

-¿Joaquín? Dios mío, no puedo creerlo, ¿trabajas aquí?

-Soy el sommelier principal desde hace dos años -respondió Joaquín, con una sonrisa que, para el gusto de Sander, era considerablemente más amplia y prolongada de lo que la situación ameritaba-. No puedo creer que estés aquí, han pasado, ¿qué, siete años? Te ves exactamente igual, sigues teniendo esa cosa de nunca envejecer que siempre me sacaba de quicio en la universidad.

-Ay, para nada, mírate a ti, todo un sommelier profesional, siempre supiste más de vinos que cualquiera en nuestra clase de química.

Sander, sentado en un silencio que se volvía progresivamente más incómodo con cada intercambio de sonrisas nostálgicas, carraspeó con la sutileza de un elefante en una tienda de porcelana.

-Ejem. Hola. Soy Sander. El esposo.

La palabra "esposo" salió con un énfasis particular, casi subrayada, como si necesitara reforzar su posición en la mesa con la fuerza de un contrato notarial.




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