El lunes por la mañana llegó acompañado de una lista de pendientes tan extensa que Doña Rosaura la había impreso en tres hojas de papel, plastificado cada una "para que resistiera el caos de la semana", y pegado con cinta adhesiva -la misma marca, notó Samantha con un escalofrío involuntario, que Valentina había usado para el incidente del falso cadáver- en la puerta del refrigerador de su hija.
-Mamá, esto parece el plan de operaciones de una invasión militar, no una renovación de votos -comentó Samantha, repasando con incredulidad creciente los ítems de la lista, que incluían desde "confirmar catorce arreglos florales de girasol (contactar a Filomena antes de las 10am)" hasta "verificar que el señor Ferreira no traiga su presentación de PowerPoint".
-Una boda, renovación, o cualquier evento familiar de importancia REQUIERE precisión militar, Samantha. Así es como sobreviví a organizar tu boda original en menos de cuatro meses, y mira, salió perfecta, salvo por el pequeño detalle de que tu tío Ernesto se cayó en la piscina durante el brindis, pero eso fue culpa del tequila, no de mi planeación.
Sander, que había estado escuchando la conversación desde la cocina mientras preparaba café, se acercó con la lista en las manos, recorriendo los ítems con una mezcla de asombro y terror creciente.
-Doña Rosaura, aquí dice "confirmar asistencia del Capitán Ibáñez y esposa". ¿Invitó a mi jefe?
-¡Por supuesto! Es tu superior, Sander, sería una falta de respeto profesional no invitarlo a un evento tan importante para tu carrera y tu matrimonio.
-Mi jefe todavía tiene fresco en la memoria el reporte que usted le envió sobre bolsas de basura industrial. No estoy seguro de que quiera celebrar nada relacionado con este matrimonio en este momento.
-Tonterías, seguramente ya lo superó. Además, también invité a tu antiguo instructor de vuelo, el capitán Domínguez, porque recuerdo que siempre hablabas maravillas de él cuando estaban recién casados, decías que era como un mentor para ti.
Sander frunció el ceño, intentando ubicar el nombre en su memoria.
-¿El capitán Domínguez? No recuerdo haberle mencionado eso, Doña Rosaura. De hecho, apenas manteníamos contacto en los últimos años.
-Bueno, pues Samantha sí lo recordaba perfectamente cuando le pregunté, ¿verdad, hija? Dijo que había sido una persona muy importante durante los primeros meses de su matrimonio.
Todas las miradas se dirigieron hacia Samantha, quien, con la taza de café a medio camino de sus labios, sintió que el color abandonaba lentamente su rostro con la misma velocidad devastadora con la que había abandonado el de Sander días atrás durante la llamada del Capitán Ibáñez.
-¿Samantha? -La voz de Sander había adquirido ese tono cuidadosamente neutral que, según había aprendido ella en cinco años de matrimonio, era la calma que precedía inevitablemente a una tormenta de preguntas incómodas-. ¿Por qué recuerdas tan bien a un instructor de vuelo que ni siquiera yo recuerdo haber mencionado con tanto detalle?
-Eh... bueno... es una historia un poco complicada.
-Tenemos tiempo. El café todavía está caliente.
Doña Rosaura, sintiendo instintivamente que acababa de detonar, sin querer, una bomba considerablemente más grande de lo que había anticipado, decidió que era momento perfecto para retirarse.
-Bueno, hijos, veo que tienen mucho de qué hablar, así que los dejo. Tengo que ir a confirmar los girasoles con Filomena antes de que se le acaben las existencias. ¡Los amo, nos vemos pronto!
Y con la misma velocidad huracanada con la que solía entrar a las situaciones, Doña Rosaura salió por la puerta principal, dejando tras de sí un silencio cargado de expectativa que Samantha sabía, con absoluta certeza, no iba a poder evadir por mucho más tiempo.
-Samantha -repitió Sander, sentándose frente a ella en la mesa de la cocina con los brazos cruzados y una expresión que combinaba curiosidad genuina con los primeros brotes de esos celos que ella ya había aprendido a reconocer con precisión quirúrgica-, ¿quién es el capitán Domínguez?
-Es... fue mi profesor de una clase de vuelo que tomé hace años. Antes de que nos casáramos.
-¿Tú tomaste clases de vuelo? ¿Por qué jamás me lo mencionaste en cinco años de matrimonio?
-Porque no terminé el curso, y honestamente, fue una etapa bastante vergonzosa de mi vida que preferí olvidar. Verás, cuando empezamos a salir, en nuestros primeros meses juntos, quería impresionarte. Sabía cuánto amabas volar, cuánto significaba para ti tu trabajo, y pensé, en un arranque de romanticismo completamente irracional, que tal vez si aprendía a volar yo también, podríamos compartir esa pasión juntos.
Sander la miró con una mezcla de ternura y asombro que hizo que Samantha se sintiera todavía más expuesta de lo que ya se sentía.
-Samantha, eso es... increíblemente dulce. ¿Por qué nunca me contaste sobre esto?
-Porque fue un desastre absoluto, Sander. Un desastre humillante de proporciones épicas. Resulta que tengo un miedo pánico a las alturas que descubrí de la manera más dramática posible, durante mi tercera clase, cuando el capitán Domínguez me llevó en un avión pequeño para una lección práctica, y en cuanto despegamos, entré en un ataque de pánico tan severo que él tuvo que aterrizar de emergencia porque yo estaba, cito textualmente sus palabras, "gritando como si estuviéramos siendo perseguidos por extraterrestres".
Sander, a pesar de sus mejores esfuerzos por mantener una expresión seria y comprensiva, no pudo evitar que una sonrisa comenzara a formarse en las comisuras de sus labios.
-Espera. ¿Tú, la mujer que me acusó de estar exagerando cuando conté la historia de la turbulencia severa que enfrenté en mi vuelo a Tokio, tuviste un ataque de pánico tan intenso que obligaste a tu instructor a aterrizar de emergencia?
-No te rías, Sander, fue traumático.
-No me estoy riendo. Bueno, sí, un poco. Es que la imagen mental de ti gritando sobre extraterrestres en un avión pequeño es, sinceramente, la cosa más adorable y ridícula que he escuchado en mucho tiempo.