¡ He matado a mi marido!

Capítulo 9: La guerra de las bromas.

El miércoles por la mañana, exactamente tres días antes de la renovación de votos, Samantha descubrió que su clóset había sido reorganizado durante la noche de una manera tan meticulosamente absurda que tardó cinco minutos completos en comprender qué era exactamente lo que estaba viendo.

Todos sus zapatos, sin excepción, habían sido colocados en parejas perfectamente desiguales: un tacón negro emparejado con una sandalia veraniega, una bota de lluvia con un zapato deportivo, y así sucesivamente, hasta completar una colección de combinaciones tan ridículas que parecían diseñadas específicamente para provocar un colapso nervioso en cualquier persona medianamente organizada.

-¡SANDER!

Su esposo apareció en la puerta del clóset con una taza de café en la mano y una expresión de inocencia tan exagerada que resultaba, por sí sola, una confesión completa.

-¿Sí, querida esposa?

-¿Por qué todos mis zapatos están emparejados incorrectamente?

-No tengo la menor idea de qué estás hablando. Tal vez fue algún duende doméstico con un extraño sentido del humor.

-Sander Castillo, sé perfectamente que fuiste tú. Esto es una venganza por lo del baño, ¿verdad?

-No sé de qué "venganza del baño" hablas.

Pero ambos sabían exactamente de qué estaba hablando, porque la guerra silenciosa que se libraba entre ellos desde el lunes por la noche había comenzado, precisamente, con un incidente relacionado con el baño principal.

Todo había empezado cuando Samantha, todavía procesando las revelaciones sobre el capitán Domínguez y sintiendo que necesitaba una pequeña dosis de venganza inofensiva por los días de tensión acumulada, decidió cambiar sutilmente la configuración del espejo del baño de Sander, inclinándolo apenas unos grados hacia arriba, lo suficiente para que cada mañana, cuando él se mirara al espejo para afeitarse, su reflejo apareciera cortado justo por encima de la barbilla, obligándolo a agacharse en una posición incómoda durante toda la rutina matutina.

Sander había tardado tres días completos en descubrir que el espejo había sido manipulado deliberadamente, y cuando finalmente lo hizo, en lugar de simplemente corregir la inclinación y seguir adelante con su vida, decidió que la situación ameritaba una respuesta proporcional, lo cual, en la lógica particular de Sander, significaba escalar considerablemente el nivel de la travesura.

-Está bien -admitió finalmente, sentándose en el borde de la cama con una sonrisa que no intentaba disimular su satisfacción-. Tal vez tuve algo que ver con los zapatos. Pero considéralo karma acumulado por tres días de afeitarme como un flamenco confundido.

-¡Eso fue una broma inofensiva! ¡Esto -Samantha señaló hacia el desastre organizado de su clóset- es sabotaje premeditado a mi guardarropa!

-Técnicamente no dañé nada. Solo... reorganicé creativamente.

-Tengo que estar en la clínica en cuarenta minutos, Sander, y ahora tengo que volver a emparejar dieciocho pares de zapatos antes de poder decidir qué ponerme.

-Considéralo un ejercicio matutino de coordinación. Muy beneficioso para la agilidad mental.

Samantha entrecerró los ojos, evaluando a su esposo con la misma mirada calculadora que solía reservar para diagnosticar enfermedades particularmente esquivas en sus pacientes veterinarios.

-Está bien, Sander Castillo. Si quieres jugar a esto, jugamos a esto.

-¿A qué te refieres exactamente con "esto"?

-A una guerra. La guerra de las bromas. Quien logre volver loco al otro primero, gana.

Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por el rostro de Sander, el mismo tipo de sonrisa que Samantha había aprendido a temer y, secretamente, a disfrutar durante sus años de matrimonio.

-¿Estás retándome oficialmente a una guerra de bromas tres días antes de nuestra renovación de votos?

-Estoy retándote oficialmente a una guerra de bromas que vas a perder catastróficamente, considerando que soy la persona que casi te enterró vivo por accidente hace dos semanas.

-Ese es un golpe bajo, pero acepto el desafío. ¿Reglas?

-Nada que involucre a terceros inocentes, nada que dañe permanentemente propiedad, y nada que ponga en riesgo la renovación de votos del sábado.

-Reglas aburridas pero razonables. Acepto.

Se dieron la mano con una solemnidad que resultaba completamente desproporcionada para la naturaleza infantil del acuerdo, sellando así lo que se convertiría, en las siguientes setenta y dos horas, en la guerra doméstica más elaborada y absurda que la casa de los Castillo hubiera presenciado jamás, incluyendo el propio incidente del falso cadáver.

La primera jugada oficial de Samantha llegó esa misma tarde, cuando Sander regresó de una reunión breve con el Capitán Ibáñez -quien, para alivio de ambos, había decidido finalmente que el "incidente de las bolsas de basura" quedaría oficialmente cerrado y jamás vuelto a mencionar en ningún contexto profesional- y descubrió que cada aplicación en su teléfono había sido renombrada con nombres completamente absurdos e intercambiados de posición, de manera que encontrar cualquier cosa se había convertido en un ejercicio de arqueología digital.

-¿Por qué mi aplicación de correo electrónico ahora se llama "Guerra de Bromas Nivel 1: Has Sido Vengado" y tiene el ícono de una calculadora?

-No tengo la menor idea de qué estás hablando, cariño -respondió Samantha desde la cocina, sin levantar la vista de la ensalada que estaba preparando, aunque la sonrisa que luchaba por controlar era evidencia suficiente de su culpabilidad-. Tal vez deberías revisar la configuración de tu teléfono más cuidadosamente.

-Esto va a requerir al menos veinte minutos para reorganizar correctamente.

-Considéralo un ejercicio de paciencia. Muy beneficioso para la salud mental.

Sander, lejos de sentirse derrotado, tomó la provocación como el inicio oficial de las hostilidades verdaderas, y esa misma noche, mientras Samantha dormía profundamente después de un día agotador en la clínica, procedió a ejecutar lo que él consideraba su obra maestra: programó el despertador de Samantha, sin que ella lo supiera, para que sonara cada quince minutos durante toda la madrugada, reproduciendo, en cada ocasión, un fragmento distinto de una canción de reggaetón particularmente pegajosa que Samantha odiaba con una pasión que solo rivalizaba con su amor por los animales rescatados.




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