El viernes por la mañana comenzó con una llamada telefónica a las seis y cuarenta y cinco de la mañana, una hora que Samantha consideraba, bajo cualquier circunstancia normal, completamente inapropiada para recibir noticias de cualquier tipo, buenas o malas.
-¿Mamá? ¿Qué pasó? Son casi las siete de la mañana.
-¡Samantha, tenemos una crisis! -La voz de Doña Rosaura sonaba con ese timbre particular de pánico contenido que Samantha había aprendido a reconocer como precursor de situaciones que, invariablemente, resultaban ser considerablemente menos catastróficas de lo que el tono inicial sugería, aunque nunca completamente insignificantes tampoco.
-¿Qué tipo de crisis?
-¡Filomena tuvo un accidente esta madrugada mientras cargaba las primeras cajas de girasoles en su camioneta! Al parecer resbaló con el rocío de la mañana, se torció el tobillo, y aunque está bien, el médico le indicó reposo absoluto durante al menos una semana. ¡Y lo peor, Samantha, lo peor de todo, es que en la caída tiró tres cajas completas de girasoles, y aunque no se murieron todos, quedaron tan maltratados que no van a estar presentables para mañana!
Sander, quien había despertado con el sonido de la conversación telefónica, se incorporó en la cama con una expresión de alarma que reflejaba perfectamente la de su esposa.
-¿Filomena está bien? -preguntó Samantha, priorizando correctamente el bienestar humano sobre la crisis floral.
-Sí, sí, ella está bien, solo un poco adolorida y considerablemente avergonzada por haber arruinado la decoración. Pero, Samantha, ¡tenemos menos de veinticuatro horas y no tenemos decoradora ni suficientes girasoles!
-Mamá, respira. Vamos a resolver esto. ¿Cuántos girasoles quedaron en condiciones aceptables?
-Quizás quince, de los ciento veinte que había ordenado originalmente.
-Está bien, eso es... considerablemente menos de lo planeado, pero podemos trabajar con eso.
-¡Samantha, ciento veinte girasoles eran para el arco ceremonial, los centros de mesa, el ramo de renovación, y la decoración del pasillo! ¡Quince girasoles no van a alcanzar ni para la mitad de esos elementos!
Sander, escuchando el pánico creciente en la voz de su suegra a través del teléfono, se levantó de la cama y comenzó a vestirse con una determinación silenciosa que Samantha reconoció inmediatamente como el inicio de un plan, aunque todavía no tenía claridad sobre cuál sería exactamente.
-Mamá, dame veinte minutos para pensar en una solución, y te devuelvo la llamada. No entres en pánico todavía.
-¡Ya estoy en pánico, Samantha! ¡Esto no puede salir mal, ya invité a toda la familia, al Capitán Ibáñez, al capitán Domínguez, incluso al señor Ferreira, quien por cierto me confirmó esta mañana que va a traer su presentación de fotografías como "regalo sorpresa" para la ocasión, algo que sinceramente me preocupa considerablemente más que la crisis floral actual!
-Vamos a resolverlo, mamá, lo prometo. Te llamo en veinte minutos.
Cuando Samantha colgó el teléfono, encontró a Sander ya completamente vestido, con las llaves del auto en la mano y una expresión decidida que le resultaba extrañamente familiar, la misma que había visto en su rostro momentos antes de idear el discurso improvisado en el restaurante con Joaquín.
-Tengo una idea -anunció-. Pero vamos a necesitar movernos rápido, y probablemente vamos a necesitar la ayuda de algunas personas inesperadas.
-¿Qué estás pensando?
-Primero, vamos a llamar a Valentina. Si mal no recuerdo, hace un par de meses mencionó que su prima trabajaba en un vivero grande en las afueras de la ciudad, especializado en flores de temporada, incluyendo girasoles. Segundo, vamos a necesitar reclutar a toda la familia disponible para una operación de decoración de emergencia esta misma tarde, en lugar de dejar que una sola decoradora maneje todo sola. Y tercero, y esto es lo más importante, vamos a necesitar convencer al señor Ferreira de que cancele su "regalo sorpresa" de la presentación de fotografías, porque honestamente, esa es una crisis potencialmente mayor que la de los girasoles.
Samantha sintió que una sonrisa se formaba en su rostro, esa sensación reconfortante y familiar de ver a su esposo, generalmente asociado con caos y dramatismo desproporcionado, transformarse repentinamente en un estratega eficiente y decidido cuando la situación realmente lo requería.
-Está bien, Capitán Castillo. Guíanos hacia la victoria floral.
-Es exactamente el tipo de misión para la cual mis años de entrenamiento como piloto me prepararon, aunque debo admitir que nunca imaginé que terminaría aplicando protocolos de gestión de crisis a una emergencia de decoración floral.
La llamada a Valentina resultó ser providencialmente productiva. Su prima, Graciela, efectivamente trabajaba en un vivero extenso a las afueras de la ciudad, y después de una conversación telefónica de apenas diez minutos, cargada de explicaciones apresuradas sobre la urgencia de la situación, Graciela confirmó que tenían disponibles suficientes girasoles frescos para reemplazar completamente el pedido original, con la condición de que alguien fuera personalmente a recogerlos esa misma mañana, ya que no contaban con servicio de entrega para pedidos de último minuto.
-Yo voy -se ofreció Sander de inmediato-. Puedo estar allá en cuarenta minutos y de regreso antes del mediodía.
-Yo voy contigo -añadió Samantha-. Necesitamos cargar suficientes flores para reemplazar todo el pedido, y dos personas van a ser considerablemente más eficientes que una.
-¿Y la clínica? Tienes citas programadas para hoy.
-Le voy a pedir a mi colega Ramiro que cubra mis consultas de la mañana. Le debo un favor considerable desde que cubrí sus turnos durante su luna de miel el año pasado.
Mientras Samantha hacía las llamadas correspondientes para reorganizar su agenda laboral, Sander contactó a Valentina nuevamente, esta vez para reclutarla, junto con su considerable talento organizativo, para coordinar al resto de la familia en una operación de decoración de emergencia que se llevaría a cabo esa misma tarde en el salón de eventos.