¡ He matado a mi marido!

Capítulo 13: Luna de miel.

Dos semanas después de la renovación de votos, y con el vecindario finalmente comenzando a olvidar -aunque no completamente, gracias a las fotografías del señor Ferreira que insistía en mostrar a cualquiera dispuesto a detenerse más de tres segundos frente a su jardín- el infame incidente del falso cadáver, Samantha llegó a casa una tarde de jueves para encontrar a Sander sentado en la mesa de la cocina, rodeado de folletos turísticos desplegados con la precisión organizativa de alguien preparando una presentación corporativa de alto nivel.

-¿Qué es todo esto? -preguntó, dejando su maletín de veterinaria junto a la puerta mientras Bruno se acercaba a saludarla con su entusiasmo canino habitual.

-Nuestra luna de miel, segunda edición -anunció Sander, con una sonrisa que combinaba orgullo genuino con un dejo de nerviosismo que Samantha reconoció inmediatamente como sospechoso-. Considerando que nuestra luna de miel original hace cinco años consistió en tres días en la playa porque yo tenía que regresar a trabajar, decidí que era momento de compensar apropiadamente esa deficiencia.

-Sander, eso suena maravilloso, pero también sospechosamente elaborado. ¿Qué estás planeando exactamente?

-Bueno, después de mucho pensarlo, decidí que la mejor manera de demostrarte cuánto significan para mí nuestros votos renovados es finalmente cumplir esa promesa que te hice hace dos semanas.

Samantha sintió que un escalofrío de comprensión repentina le recorría la espalda.

-Sander, no te referirás a...

-Vamos a volar juntos, Samantha. Un vuelo corto, tranquilo, solo nosotros dos, hacia un destino paradisíaco donde pasaremos cinco días completos celebrando apropiadamente nuestro matrimonio renovado.

-Sander, aprecio profundamente la intención, pero ya hablamos sobre esto. Mi miedo a las alturas no es simplemente una fase que voy a superar de la noche a la mañana porque decidiste organizar sorpresivamente un viaje.

-Lo sé, lo sé, y por eso quiero que sepas que no tienes que hacerlo si genuinamente no te sientes lista. Pero, Samantha, he estado pensando mucho en esto, y creo que hay una manera de hacerlo que podría funcionar. No sería un vuelo comercial convencional, con toda la ansiedad de multitudes y procedimientos impersonales. Yo mismo pilotaría un avión pequeño, privado, con solo nosotros dos a bordo, hacia un destino relativamente cercano. Estarías completamente segura, conmigo controlando cada aspecto del vuelo, y podrías detenerme en cualquier momento si el pánico se vuelve demasiado abrumador.

Samantha se quedó en silencio por un momento, considerando genuinamente la propuesta mientras Bruno, sintiendo la tensión emocional del momento, apoyaba su cabeza consoladoramente sobre su regazo.

-¿Y si entro en pánico como la última vez? ¿Y si grito sobre extraterrestres otra vez y arruino completamente el viaje?

-Entonces gritamos juntos sobre extraterrestres, aterrizamos en el aeropuerto más cercano disponible, y continuamos el resto del viaje por tierra, en auto, escuchando música terrible y deteniéndonos en cada parador de carretera sospechoso que encontremos en el camino. No hay ningún resultado de este plan que considere un fracaso, Samantha, siempre y cuando terminemos juntos, en algún destino bonito, celebrando nuestro amor de la manera que sea que funcione mejor para ambos.

La ternura genuina detrás de la propuesta, combinada con la flexibilidad considerada que Sander había incorporado ante cualquier posible complicación, hizo que Samantha sintiera que cualquier resistencia residual comenzaba a disolverse gradualmente.

-Está bien -dijo finalmente, sorprendiéndose a sí misma con la decisión-. Vamos a intentarlo. Pero con condiciones específicas.

-Las condiciones que quieras.

-Primero, si en cualquier momento durante el vuelo siento que el pánico se vuelve insoportable, aterrizamos inmediatamente, sin preguntas, sin intentos de persuadirme para continuar.

-Absolutamente de acuerdo.

-Segundo, necesito llevarme a Rodolfo.

Sander parpadeó, genuinamente sorprendido por la condición inesperada.

-¿Al loro? Samantha, estamos hablando de un avión pequeño, no exactamente diseñado para transportar aves parlanchinas con tendencia a gritar frases incriminatorias en momentos inoportunos.

-Rodolfo me da seguridad emocional, Sander. Además, si voy a enfrentar mi miedo más profundo, prefiero hacerlo con mi loro de apoyo emocional presente, aunque eso implique riesgo considerable de que grite algo vergonzoso durante el despegue.

-Está bien, está bien, Rodolfo puede venir. Aunque técnicamente vamos a necesitar conseguir algún tipo de transportadora apropiada para aves antes del viaje.

-Tercero, y esto es no negociable, Bruno se queda con Valentina durante el viaje. No podemos arriesgarnos a que decida que el interior de un avión pequeño es el escenario perfecto para otra aventura culinaria espontánea.

-Completamente de acuerdo con esa condición. Bruno ya causó suficiente caos durante la ceremonia como para arriesgarnos a repetir el espectáculo a diez mil pies de altura.

Con las condiciones establecidas y aceptadas, Sander procedió a finalizar los detalles del viaje durante los siguientes días, seleccionando finalmente un destino costero relativamente cercano, apenas dos horas de vuelo, donde había reservado una pequeña cabaña frente al mar que, según las fotografías que compartió emocionado con Samantha, ofrecía exactamente el tipo de escape romántico y tranquilo que ambos necesitaban después de las semanas caóticas recientes.

El día del viaje llegó acompañado de un nerviosismo palpable que Samantha intentaba disimular sin mucho éxito, especialmente cuando llegaron al pequeño aeropuerto privado donde Sander había organizado el alquiler de una avioneta considerablemente más pequeña e intimidante de lo que ella había imaginado mentalmente durante los días previos.




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