Capítulo uno.
Las personas la rodeaban mientras murmuraban en italiano e incluso algún otro idioma que no reconocía en ese momento.
Tenía los ojos rojos y estos le dolían por todas las veces que había estado llorando en el vuelo. Nadie creería que luego de enterarse de la traición de su antiguo novio y la chica que consideraba su mejor amiga, dos años después terminaría perdiendo a sus padres.
Un año después de esa tragedia se encontraba parada en medio del aeropuerto esperando encontrar alguna cara conocida, cosa casi imposible ya que la única persona que tiene viva es su tía Vittoria De Santis.
Su padre, un italiano de una familia adinerada que se enamoró de su madre en unos de sus tantos viajes, nunca le había ocultado sobre su ascendencia italiana. Y no es que no fuera notable, sus rasgos italianos eran tan fuertes como los latinos de parte de su madre.
Su padre se había encargado de enseñarle todo lo que pudo sobre su cultura, eso implicaba su propio idioma. Por lo que no le sería difícil adaptarse aquí.
Lo que veía en extremo complicado sería acostumbrarse, ¿será posible que sea aquí también el hazmereir de todos? En Nueva York lo había sido casi por toda su vida, desde su complicado cabello y piel morena gracias a sus padres, hasta el raro acento ligado de ellos mismos.
Era una mezcla rara nacida de dos personas que no miraron más allá que el amor que se tuvieron al conocerse poco a poco.
—¡Gabriella!
Sus ojos se abrieron en cuanto pudo al encontrar la voz emocionada de su tía, caminó de prisa hasta la mujer que no hacía más que abrir los brazos mientras intentaba sostener el cartel con su nombre en grande.
Se fundieron en un abrazo que había significado mucho para ambas, para Gabriela aquello era una muestra de que aún no estaba sola en el mundo y para su tía Vittoria la muestra de que su hermano la había perdonado por haber sido injusta años atrás.
—Tía.
Intentó decir algo más que esa ahogada palabra, pero no salieron más que sollozos.
—Oh, mia piccola ragazza.
Acarició sus hombros desnudos por la blusa de algodón desmangada que llevaba en esa calurosa tarde, Vittoria observó a la muchacha y no pudo sentirse más culpable al notar la similitudes de su hermano con ella. Desde sus espectaculares ojos cafés oscuros, hasta el característico lunar en la esquina superior izquierda de los labios.
Mismo lunar que ella tenía.
¡No podía creerlo!
Cuando su hermano le contó años atrás de aquel lunar no lo creía del todo, pero la prueba irrefutable estaba ahí. Viéndola como si fuese su única esperanza en el mundo para no sentirse sola.
Se le encogió el corazón de solo pensarlo.
«Sus abuelos la habrían amado, pese a cómo se dieron las cosas para que estuviera aquí», pensó ella.
Era sabido que sus padres esperaban que tanto ella como su hermano se casarán con una persona italiana, pero en el instante en que su hermano y padre de Gabriela posaran los ojos en aquella mujer costarricense, las cosas cambiaron drásticamente. Su padre se volvió exigente en cuanto a la pareja de vida que su hija encontrara, y ella hasta temía que su padre quisiera casarla con alguien solo por capricho.
Gracias a Dios, había encontrado a alguien con quién su padre estuvo de acuerdo para formar una familia, algo que sin duda seguía siendo un tema de qué hablar con su pareja.
—Ellos me dejaron sola, tía.
Las palabras la trajeron a la realidad, la realidad de sostener a su sobrina entre sus brazos mientras la consuela y con la cual intentará arreglar lo que no pudo con su hermano.
—Claro que no, mia piccola. Me tienes a mí, tú y yo.
Eso era todo lo que Gabriela quería escuchar luego de sentirse tan desamparada durante tanto tiempo, sus padres habían sido su apoyo, su calma y su corazón. Y ahora no tenía nada.
Solo un profundo hoyo sin consuelo al dolor donde antes creía tener un sano corazón latiendo.
—Me siento tan sola, tía.
—No lo estás. Ven, vamos a casa. Quiero que conozcas a alguien y... Te prometo hacer todo lo que esté en mis manos para que estés bien, mia piccola.
Una sonrisa pequeña y débil apareció en sus labios ante el nuevo apodo que había conseguido, y quizás no tan nuevo ya que su padre solía llamarle de la misma manera a excepción cuando estaba enojado.
Siento su corazón doler ante el recuerdo. ¿Cómo se supone que vivirá sin ellos a su lado? Se cuestionó mientras acompañaba a su tía a lo que parecía ser un Maserati.
Espera, ¿un Maserati?
🍨🍨🍨
Era sabido para ella que su padre tenía dinero, no habría pasado por ninguna precariedad en su infancia gracias a la posición económica de su padre. Según tenía entendido, su difunto padre tenía hoteles en Italia y un par en Costa Rica.
Fue en uno de los viajes para supervisar el funcionamiento de un hotel en Costa Rica que él había conocido a su madre, una divina y sonriente mujer que lo había hechizado con tan solo una mirada.
¿Cómo no ir detrás de aquello que lo hizo sentir en casa? Había pensado él años atrás porque, por más que Italia era su lugar de nacimiento, su corazón era de Costa Rica y la mujer que lo robó.
Más adelante, en unos de sus viajes juntos habían concebido a Gabriela y fue en Nueva York que decidieron instalarse hasta que la pequeña Gabriela tuviera al menos un par de años hasta que volvieran de nuevo a Costa Rica. Por supuesto, aquel plan fue cambiando al notar el encanto que Nueva York tenía.
Sin darse cuenta vivieron y se instalaron ahí hasta que tuvieron que irse para siempre, dejando a su piccola sola pero no desprotegida.
Gabriela De Santis Castro sería la dueña de cada uno de los hoteles que su padre le había heredado. Ella solo tenía que estar lista para tomar entre sus manos lo que le pertenece por derecho.
—Espero que te guste, de verdad —rió nerviosamente—. Mi novio cree que tengo gustos demasiados extravagantes.