Capítulo tres.
Al día siguiente, Gabriela notó que Italia era cálida en cuanto al clima. Agradeció tener algunas prendas para tal ocasión, pero estás eran pocas considerando el tiempo que usualmente tiene Nueva York. De igual forma, el pequeño pueblo en el que reside ahora en Costa Amalfitana no era más que hermoso.
Porto Serena era pequeño y cálido, pero tenía su encanto que pronto ella descubriría.
Suspiró mirándose en el espejo, sus complejos sobre su propio cuerpo no eran tan grandes, solo habría deseado menos caderas y trasero y un poco más de tetas. Pero era todo lo contrario, había sido bendecida por la genética de su madre en cuanto a estructura ósea. Caderas perfectas y anchas y una parte trasera que le hiciera honor a su cuerpo. Y no hablar de sus muslos, eran la envidia de cualquier mujer cuando se colocaba unos jeans.
Sus pequeñas tetas no serían un complejo si solo supiera lo que las demás personas piensan de su atractivo.
Chasqueó la lengua, decidiendo quedarse con los pantalones cargo negro y la camiseta de algodón holgada. A pesar del clima en Italia, la casa parecía tener aire acondicionado porque no sentía ningún calor sofocante en ella.
Se miró el pelo de manera interrogante, en la esquina de madera color blanca del espejo había una pegatina de una carita sonriente color rosado. Le gustaban aquellas pequeñas cosas plegables, en su antiguo cuarto tenía un par pegados por doquier, ya sean de bonitas figuras o frases cortas pero con un bonito significado. Cómo la que había pegado frente a su a puerta debajo de la letra G.
Suspiró tomando cada hebra rizada, tomó el cepillo de cerdas anchas y con ese mismo intentó hacer de su cabello un moño imperfecto pero lindo. Un peinado que según aquella aplicación que tanto usa, sería aesthetic.
En cuanto terminó de peinarse, colocó labial en sus regordetes labios; se rizo las pestañas y peinó sus cejas gruesas pero definidas.
Salió de su habitación dispuesta a ayudar a preparar el desayuno, llevándose una sorpresa cuando bajó.
Abrió los ojos en grande al encontrar a Leonardo tomando de una taza negra que tenía un rayo y unos lentes redondos en ellos. Reconoció enseguida los objetos en ella y no pudo sonreír divertida de solo pensarlo.
¿A ese hombre grande y fuerte le gustaba Harry Potter?
—Buenos días.
Seguía hablando en inglés luego de notar que no le importaban en absoluto en cuál idioma hablara, parece que todos hablan inglés sin problemas.
Leonardo levantó la vista de su celular solo para terminar ahogándose con el trago de café, Gabriela corrió a su encuentro preocupada al verlo tan atareado por respirar sin nada obstruyendo sus vías. Golpeó su espalda con suavidad esperando que eso ayudara, en cuanto Leo dejó de ahogarse buscó un pañuelo húmedo y lo pasó por sus mejillas.
«¿Para qué sirve eso?» Se cuestionó de mala gana.
Estando así de cerca, Leo comprendió por qué había terminado casi muriendo ahogándose. Lo que tenía delante de él no era una mujer corriente, era una diosa que había decidido bajar al mundo mortal para hacerlo morir por ella, según su pensar.
Tragó en seco al visualizar esos enormes ojos oscuros preocupados y esas cejas tupidas arqueadas. Sus mechones rebeldes se pegaban a sus mejillas y tuvo la intención de alzar la mano y apartar los cabellos que se pegaban a sus labios gracias al labial brillante de estos.
Caramba, ¿qué tenía en frente de él y por qué no podía dejar de mirarla?
—Lo siento, no quería asustarte.
«¿Asustarlo? Mujer, haz hecho más que eso.» Se dijo a sí mismo, aún sin apartar su mirada de ella.
Su cuerpo reaccionó al toque femenino y delicado de sus manos en la piel tersa y dura de su mandíbula, visualizó por sí mismo las uñas color naranja pálido en estás con un diseño sencillo y suave.
«Naranja, le gusta el color naranja.» Quiso creer él mismo al notar el color en varias prendas que ha usado al igual que accesorios. En su cabeza tenía sentido que le gustara el naranja, por Gabriela De Santis hasta ahora no había hecho más que sorprender a Leonardo con cada acción que hace.
Cómo quién ve a un atardecer esperando algo diferente cuando sabe que no habrá nada más que una apuesta de sol. Espectacular, sublime y perfecto.
—No tienes que disculparte por nada, piccola.
Los ojos de Gabriela finalmente se posaron en los suyos, ella no pudo evitar cuestionarse si le decía pequeña porque tuvo que alzarse demasiado para poder llegar a su barbilla o porque de verdad la veía como una niña.
Aunque, viendo la altura de aquel moreno delante de ella, la primera opción sería la mejor.
Mientras Gabriela pensaba en la altura de su compañero, Leonardo se había inclinado lo suficiente para notar las motas cafés con puntos verdes en ellos y el olor a coco sobresaliente de su piel. Casi gime de satisfacción por el olor de aquella chica.
«Ella huele exquisito.» Se dio cuenta.
—Claro que sí, he interrumpido tu café en la taza que ningún muggle usaría —bromeó para su sorpresa.
Leo no pudo ocultar su asombro ante la broma y ante sus palabras, ella había reconocido la película con solo ver la taza. Cuando sus hermanos ni siquiera hicieron el intento de adivinar cuando se la mostró.
—¿Conoces a Harry Potter?
Gabriela alzó una de sus cejas para luego cruzar los brazos.
—Conocerlo no, pero he visto sus películas —sonrió ante el estupefacto de Leonardo—. ¿Creías ser el único rarito amante a la magia y objetos que hablan? Pues no, bebé.
No sabía que había significado la palabra en español, pero él juraba a Dios que la palabra era lo más sensual que había escuchado. Tragó saliva, intentando salir del hechizo que se encontraba gracias a los enormes ojos y pestañas rizadas delante de él.
—Al parecer, no —logró decir finalmente.
Gabriela asintió dando por terminada la corta conversación, cruzó a un lado de Leo, quien tuvo que sostenerse fuertemente de la encimera para no abalanzarse sobre la chica y hacer algo que podría arruinar todo.